La vida feliz del jubilado don Juan Carlos

EXTRA VOZ

Juan Carlos Hidalgo | Efe

Un año después de su abdicación, el padre del rey tiene ya perfectamente asumido su papel y dedica su tiempo al ocio y a la gastronomía, rodeado de amigos y cediendo todo el protagonismo a su hijo don Felipe

07 jun 2015 . Actualizado a las 05:00 h.

A  los efectos constitucionales procedentes, adjunto el escrito que leo, firmo y entrego al señor Presidente del Gobierno en este acto, mediante el cual le comunico mi decisión de abdicar la Corona de España». Con este breve texto de apenas cuatro líneas, don Juan Carlos de Borbón conmocionó a los españoles el 2 de junio del 2014 y cambió el rumbo de la monarquía española. Aquel era solo el anuncio de un acto que se consumó formalmente el día 18 de junio, cuando el monarca sancionó con su rúbrica la ley orgánica de abdicación, que ponía fin a sus 39 años de reinado, en un acto celebrado en el Palacio Real solo unas horas antes de que su hijo fuera proclamado como Felipe VI. Pero, en realidad, el viejo rey había abdicado tácitamente mucho antes. 

El principio del fin de su reinado comenzó el 18 de abril del 2012, cuando, apoyado en unas muletas, con expresión apesadumbrada y en un triste pasillo del Hospital San José de Madrid, en el que acababa de ser dado de alta tras ser intervenido, pronunció una frase insólita para un monarca que hasta entonces, y a pesar de que el veto a la crítica a los miembros de la Casa Real se había levantado ya mucho antes, nunca dio explicaciones de sus actos. Ni de los oficiales, ni de los privados. «Lo siento mucho. Me he equivocado y no volverá a ocurrir», dijo, sin aclarar si se refería al hecho de que trascendiera que estaba cazando elefantes en Botsuana, al de que se supiera que estaba allí acompañado por una mujer que no era su esposa, la reina doña Sofía, o al de haberse lesionado una vez más practicando una actividad de riesgo.

Lo cierto es que fue ahí, en el pasillo de la cínica, donde comenzó un periplo de retirada que le ha llevado  a ser hoy, un año después de su abdicación, un jubilado de lujo de 77 años que dedica su tiempo a los placeres más mundanos, y muy especialmente al de la gastronomía, sin preocuparse ya del qué dirán. Desde su abdicación, solo puntual y ocasionalmente ha desempeñado algún papel de representación de la Corona en actos oficiales. Sus apariciones públicas son cada vez más escasas, en parte por su afán  de alejarse de los focos y flashes que lo acosaron desde su nacimiento, pero, sobre todo, por su deseo de permanecer en un segundo plano para no hacer sombre ni robar protagonismo a su hijo, sabedor de que el futuro de la monarquía española pasa por que don Felipe no repita algunos de los errores que le llevaron a él a la abdicación. Para remarcar ese paso atrás,  ni siquiera asistió a la proclamación de don Felipe en el Congreso.