La vida feliz del jubilado don Juan Carlos

Un año después de su abdicación, el padre del rey tiene ya perfectamente asumido su papel y dedica su tiempo al ocio y a la gastronomía, rodeado de amigos y cediendo todo el protagonismo a su hijo don Felipe


A  los efectos constitucionales procedentes, adjunto el escrito que leo, firmo y entrego al señor Presidente del Gobierno en este acto, mediante el cual le comunico mi decisión de abdicar la Corona de España». Con este breve texto de apenas cuatro líneas, don Juan Carlos de Borbón conmocionó a los españoles el 2 de junio del 2014 y cambió el rumbo de la monarquía española. Aquel era solo el anuncio de un acto que se consumó formalmente el día 18 de junio, cuando el monarca sancionó con su rúbrica la ley orgánica de abdicación, que ponía fin a sus 39 años de reinado, en un acto celebrado en el Palacio Real solo unas horas antes de que su hijo fuera proclamado como Felipe VI. Pero, en realidad, el viejo rey había abdicado tácitamente mucho antes. 

El principio del fin de su reinado comenzó el 18 de abril del 2012, cuando, apoyado en unas muletas, con expresión apesadumbrada y en un triste pasillo del Hospital San José de Madrid, en el que acababa de ser dado de alta tras ser intervenido, pronunció una frase insólita para un monarca que hasta entonces, y a pesar de que el veto a la crítica a los miembros de la Casa Real se había levantado ya mucho antes, nunca dio explicaciones de sus actos. Ni de los oficiales, ni de los privados. «Lo siento mucho. Me he equivocado y no volverá a ocurrir», dijo, sin aclarar si se refería al hecho de que trascendiera que estaba cazando elefantes en Botsuana, al de que se supiera que estaba allí acompañado por una mujer que no era su esposa, la reina doña Sofía, o al de haberse lesionado una vez más practicando una actividad de riesgo.

Lo cierto es que fue ahí, en el pasillo de la cínica, donde comenzó un periplo de retirada que le ha llevado  a ser hoy, un año después de su abdicación, un jubilado de lujo de 77 años que dedica su tiempo a los placeres más mundanos, y muy especialmente al de la gastronomía, sin preocuparse ya del qué dirán. Desde su abdicación, solo puntual y ocasionalmente ha desempeñado algún papel de representación de la Corona en actos oficiales. Sus apariciones públicas son cada vez más escasas, en parte por su afán  de alejarse de los focos y flashes que lo acosaron desde su nacimiento, pero, sobre todo, por su deseo de permanecer en un segundo plano para no hacer sombre ni robar protagonismo a su hijo, sabedor de que el futuro de la monarquía española pasa por que don Felipe no repita algunos de los errores que le llevaron a él a la abdicación. Para remarcar ese paso atrás,  ni siquiera asistió a la proclamación de don Felipe en el Congreso. 

La otra consecuencia directa y visible de la renuncia de don Juan Carlos al trono ha sido que la separación matrimonial de hecho que mantenía desde hace años con doña Sofía se ha hecho ya evidente y es conocida por todos, aunque continúe sin ser oficial. ¿Y a qué se dedica y dónde vive don Juan Carlos? El monarca emérito sigue residiendo en el complejo de la Zarzuela, aunque él y la reina viven en dependencias separadas, llevan vidas completamente independientes y apenas se saludan cuando se cruzan por los pasillos del palacio. Doña Sofía, de hecho, pasa largas temporadas fuera de España.  

Don Juan Carlos tuvo que abandonar, eso sí, el despacho que ocupaba en la Zarzuela, en el que ahora trabaja su hijo don Felipe, que no obstante reside junto a la reina doña Letizia y sus dos hijas, Leonor y Sofía, en el palacete anexo en el que ya residían los entonces Príncipes de Asturias antes de convertirse en reyes. Resultaba incómodo para ambos que don Juan Carlos mantuviera un despacho de trabajo en la Zarzuela en el que pudiera recibir visitas, dado que cualquiera que acudiera oficialmente a reunirse con el anterior monarca estaba obligado también a saludar a don Felipe. Y por eso se habilitó un amplio despacho para el rey emérito en el Palacio Real, con la idea de que fijara allí su lugar de trabajo. Pero a don Juan Carlos, físicamente recuperado de la operación de cadera, aunque sigue necesitando el bastón, en contra de lo que pronosticó el cirujano gallego Miguel Cabanela que lo operó en el 2013, le produce enorme pereza el desplazarse todos los días a un frío Palacio Real en el que nunca se sintió cómodo. Y, por eso, aunque el despacho oficial está allí, sigue recibiendo a sus amistades en un salón de la Zarzuela alejado del lugar de trabajo de don Felipe.

Excepto contadas gestiones y servicios al país y a la Corona, fruto de su extraordinaria agenda, considerada una de las más completas del mundo,  el ocio ocupa la mayor parte de la vida de don Juan Carlos. Aseguran que ha dejado su relación con Corinna zu Sayn-Wittgenstein, a la que  ya ni siquiera ve, para tranquilidad de los asesores de la Zarzuela, aunque sigue teniendo una intensa vida social, Aunque don Juan Carlos siempre fue conocido por su campechanía incluso a la hora de comer, se ha transformado en un refinado gourmet y ahora no hay restaurante de lujo en España o fuera de ella en el que sus propietarios no tengan una foto de recuerdo dedicada por el rey emérito. Las citas gastronómicas son siempre con grupos de amigos y de ellas suele quedar registro en las cámaras de algunos clientes que se atreven a pedirle un selfie, a lo que él accede sin problema. Asiste también habitualmente a grandes eventos deportivos internacionales, especialmente a los relacionados con el mundo del motor, y ocasionalmente a los toros en España. 

En lo familiar, don Juan Carlos ha roto totalmente su relación con su hija Cristina, a la que a pesar de todo apoya en sus problemas judiciales; se lleva bien con doña Elena y excelentemente con don Felipe. Incluso ha normalizado su relación con doña Letizia, con la que nunca conectó. El monarca se encuentra cómodo en su nuevo papel, pese a haber pasado episodios incómodos, como la demanda de paternidad interpuesta contra él y que finalmente fue desestimada por el Tribunal Supremo. Sabe que las comparaciones entre su forma de reinar y la de su hijo son continuas para lo bueno y para lo malo, pero está resignado a ello. En esa comparación, hay quien destaca que doña Sofía, a pesar de la frialdad de su relación personal con don Juan Carlos, actuó con más profesionalidad que la reina doña Letizia en apoyo de su marido.  Se recuerda, por ejemplo, que don Felipe asistió solo a la final de la Copa del Rey, en la que se sabía que iba a pasar un mal trago por la pitada al himno. Y eso se contrapone a incidentes como el que el anterior monarca  tuvo que sufrir en la Casa de Juntas de Guernika en 1981, cuando un grupo de diputados de Herri Batasuna interrumpieron su discurso cantando el Eusko gudariak.  Allí, junto al rey y pese a que se temía esa encerrona, estaba doña Sofía. 

Se podría decir que don Juan Carlos, una vez asumido su nuevo papel, está disfrutando más que nunca. Mucho más intenso, sin embargo, ha sido el primer año de reinado de su hijo Felipe VI, quien  es consciente de haber asumido el trono en un momento de cambio social y político en España al que no es ajena la figura de monarquía, cuestionada abiertamente por algunos partidos de izquierda. Padre e hijo sabían cuando  hace un año tuvo lugar la abdicación, que esta era necesaria si la Corona pretendía recuperar su prestigio y su arraigo en una sociedad que es muy distinta a la que vivió el 22 de noviembre de 1975 la proclamación de  Juan Carlos I, en momento también crítico para la historia de España. Don Felipe sigue empeñado en cumplir su promesa de instaurar «una monarquía renovada para un tiempo nuevo», pero sabe que queda aún un largo camino para culminar esa tarea.

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