Dory Sontheimer: «Descubrí con 56 años que mi familia había sido exterminada»

Dory Sontheimer descubrió el triste pasado de su familia en siete cajas escondidas por su madre


Nació en Barcelona en 1946, fue educada como católica en la España franquista. Sus padres se había refugiado en la ciudad huyendo de la persecución nazi y tuvieron que negar su origen judío, cambiarse de nombre y adoptar un credo y una lengua que no eran las suyas. A los 18 años le dijeron a su hija que su familia era judía. La vida de esta continuó, se graduó en Farmacia y Óptica, hasta que en el 2002 descubrió en el altillo de su habitación de soltera siete misteriosas cajas, que revelaban un pasado desconocido para ella y a la vez aterrador. «Con 56 años, descubrí que mi familia había sido exterminada por los nazis», afirma. 

-¿Qué sintió cuando sus padres le dijeron que era judía?

-Más que decirme que era judía me dijeron que los orígenes de la familia eran judíos. Yo no conocía absolutamente nada del judaísmo. Lo hicieron de tal forma que no le di importancia y seguí con mi vida como si nada hubiera oído. No me llamó mucho la atención, porque mi padre siempre nos había inculcado que lo realmente importante eran los valores humanos, que el hecho de que fueras una u otra cosa no importaba, que lo importante era la persona, el sentido de la responsabilidad, la ética, la moral. Eso sí, me sentí aliviada de que mi familia no perteneciera al bando nazi. Poco sabía, pero sí que los nazis eran los malos. 

-Sus padres se refugiaron en Barcelona siendo muy jóvenes.

-Mi padre llegó en 1929 porque mi abuelo tenía una filial de su fábrica de porcelanas en Barcelona, una ciudad que frecuentaban. En el caso de mi madre fue un exilio que creían temporal, debido a la situación política que se respiraba en Alemania. Vino en 1934 sola. Se conocieron en Barcelona, mi tía fue quien los presentó, se enamoraron y se casaron. Mi padre estuvo en el bando republicano durante la Guerra Civil, pero en la retaguardia.

-Pero tuvieron que casarse dos veces.

-Los matrimonios civiles de la República no eran válidos. Un cura los ayudó, los convirtió al catolicismo, los bautizó y los casó. Al casarse cambiaron sus nombres.

-¿Qué les podría haber pasado si el régimen franquista hubiera descubierto que eran judíos?

-Desde 1939 a 1945 corrían un peligro inminente porque la Gestapo operaba en Barcelona y había órdenes de que los judíos que estaban allí fueran deportados a la frontera. Con lo cual, que te dejaran en la frontera en manos de la Francia de Vichy y te entregaran a los alemanes suponía acabar en los campos de exterminio.

-Al morir su madre, en el 2002,  descubrió las siete cajas.

-Cuando murió mi padre en 1984 la caída física y mental de mi madre fue un descenso al vacío. Me asombró porque tenía un carácter muy fuerte, pero luego lo entendí porque era la única persona con la que había compartido toda la historia. Tuvo varios infartos cerebrales y se olvidó completamente del castellano, solo hablaba alemán, volvió a su infancia y su adolescencia. Antes de morir gritó «¡ahora viene la Gestapo y se nos va a llevar!». Yo pensé que algo muy grave debía haber ocurrido. Cuando falleció y deshice el piso de mi madre encontré estas siete cajas que estaban en un altillo de mi habitación de soltera.

-¿Hasta el 2002 no sabía que una gran parte de su familia había sido exterminada?

-Ni idea. Yo preguntaba a mis padres por qué teníamos tan pocos parientes y me decían escuetamente que habían muerto en la guerra.

-¿Qué contenían las cajas?

-Lo primero que vi fue un telegrama que decía que mi tía, que había huido de Alemania, había muerto en un bombardeo en Tel Aviv. Me quedé muy impactada. Había archivos clasificados por familias, cartas, sobre todo de los cuatro abuelos, documentos, telegramas, pasaportes, muchas fotos, en las que por detrás estaban anotados los nombres de los que salían y la fecha. Eran nombres que nada o poco me decían porque no tuve la oportunidad de conocerlos. Para mí, fue un rompecabezas durante años.

-Sus abuelos paternos fueron expulsados de su casa y despojados de sus bienes, pero sobrevivieron.

-En abril de 1939 agruparon a las familias judías en pequeños guetos que montaban dentro de las propias ciudades. Los sacaron de su casa con una maleta de mano. Tengo la copia que mi abuelo tuvo que entregar a las SS con todo lo que llevaban. Lo perdieron todo. Mi abuelo era cónsul alemán en Cuba, por la importancia de su empresa, esto le ayudó mucho a obtener un pasaporte y un visado para entrar allí. Su primer intento fracasó porque no tenía el pasaporte, el segundo porque hubo un cambio de régimen político en Cuba y tenían que renovar el visado y a la tercera lo consiguió.

-No así su familia materna.

-Fueron todos exterminados.

-¿Cómo murieron sus abuelos maternos?

-Primero fueron deportados desde Alemania el 23 de octubre de 1940 siguiendo la orden de que todo el territorio de Baden debía quedar libre de judíos. A mis abuelos les dieron dos horas para que hicieran sus maletas, podían llevar 100 marcos y les dijeron que dejaran las llaves de su casa encima de la mesa del comedor. Lo perdían todo. No sabían dónde iban. En su primera carta decían «cuando supimos que íbamos al sur respiramos», porque el miedo era ir hacia el este. Pensaban que en el sur iban a estar más seguros. Fueron a la Francia de Vichy al campo de Gurs, donde estuvieron hasta marzo, que fueron trasladados a otro campo, Recebedou. Aquellos que tenían posibilidad de obtener los visados de salida podían ir a Marsella, el lugar de espera desde donde salían los barcos. Mis abuelos fueron allí. Mis padres desde Barcelona estaban luchando para que consiguieran el visado y el hermano de mi madre, Julius, lo hacía desde Nueva York.

-¿Qué trato recibieron?

-En Gurs fue horroroso, sobre todo porque el campo no estaba preparado para que llegaran 9.000 personas, no reunía las mínimas condiciones sanitarias. No había ni letrinas, tuvieron que construir barracones improvisados.

-Sus abuelos pudieron salvarse, pero la negativa del cónsul español  los condenó.

-Sí, el cónsul Valentín Vía Ventalló les negó el visado durante un año y medio y los llevó a muerte. El Gobierno de Franco no dejaba entrar en España a los judíos askenazis centroeuropeos. Hubo muchos sefardíes que gracias a la labor de algunos cónsules a título individual se pudieron acoger al decreto de Primero de Rivera de 1926 y nacionalizarse españoles que pudieron entrar en España de tránsito. El cónsul alegaba que no llegaban los papeles, que no tenía autorización del ministerio de Asuntos Exteriores. Mis padres estaban desesperados.

-Trataron de que huyeran por otros medios.

-Ante la desesperación de ver que pasaban los meses, que lo que se oía era cada vez peor, de que había rumores de lo que pasaba en el este, intentaron pasarlos a través de los Pirineos con pasadores. Lo intentaron por el valle de Arán y por la Cerdaña, pero no fue posible.

-Sus abuelos envían a sus padres una última carta el 30 de agosto de 1942.

-Es dramática. Se despiden de ellos, les dicen que saben que están en las listas de transporte. Sabían que iban al este. Las deportaciones masivas desde Francia habían empezado en abril de 1940. Mi abuela ya había escrito en una carta anterior que los que van al este no vuelven, desaparecen. En esa última carta le dice a mi madre que debe pensar que es una histérica, «pero no puedes imaginarte la situación que hay aquí». Respondía así porque mi madre le había pedido que estuviera tranquila.

-¿A dónde los enviaron?

-Fueron deportados a Drancy, un suburbio cerca de París donde acumulaban a todos los judíos de los campos franceses y desde allí partían los trenes, casi todos a Auschwitz. A mis abuelos los enviaron allí. Salieron el 7 de septiembre  de 1942 en el convoy 29, donde iban mil personas hacinadas como si fueran animales. Llegaron el día 9. De esos mil llegaron con vida 889, de las cuales 53 fueron seleccionadas para entrar en Auschwitz y el resto fueron llevadas directamente a las cámaras de gas. Mis abuelos fueron asesinados nada más llegar. Lo sé porque en el Museo de la Shoah de París está toda la historia de mis abuelos. 

-Descubrió que tenía una extensa familia en Praga.

-No tenía ni idea de que existiera. De los 20 que eran solo quedaron vivos cuatro, los demás fueron exterminados. Mi abuela paterna era de Praga, eran nueve hermanos, todos profesionales, abogados, médicos, jueces. Una hermana había muerto antes de la Segunda Guerra Mundial, mi abuela se fue a Cuba y los otros siete fueron asesinados en diferentes campos de exterminio. 

-Los aliados sabían de la existencia de los campos de exterminio, pero no hicieron nada.

-Hubieran podido salvar a mucha gente. Me pregunto por qué no bombardearon las vías para que esos trenes no llegaran a los campos de exterminio. Hubo mucha falsedad e hipocresía.

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