¿Se avista otro batacazo eurovisivo?

Esta semana se presentó «Amanecer», la canción con la que Edurne acudirá al festival de eurovisión. Heredera pobre de aquella «Quédate conmigo» de Pastora Soler, parece que no logrará gran cosa en el resultado final


Entre los deportes nacionales más arraigados se encuentra el de rajar de la canción que se presenta a Eurovisión. Han sido tantas decepciones seguidas que, en este caso, jugar a la carta ganadora supone afilar el cuchillo y apuñalar sin piedad. Edurne y Amanecer no se han librado. El estreno de la pieza ha desatado toda una catarata de varapalos, mofas y cuestionamientos. Se trata de una pieza épica, con aspavientos orquestales y hecha para el lucimiento vocal de la artista. Compuesta por Tony Sánchez-Ohlsson, Thomas Gison y Peter Boström, semeja una de aquellas cantinelas guerreras de Mónica Naranjo. Pero a diferencia de ella, Edurne porta un tono de voz más fino, menos poderoso y que se queda un tanto vacilante en medio de esa hipérbole de pasión.

En el currículo de los artífices de la creación se encuentran algunos precedentes eurovisivos. De hecho, la ganadora del 2012, Euphoria de Loreen, les pertenece. Y Quédate conmigo de Pastora Soler lleva la firma de Tony Sánchez-Ohlsson. Sin embargo, Amanecer no llega ni de lejos a la altura de ambas. Con la primera, un torrente dance-pop que mira a la pista de baile con flashes cegadores, no tiene nada que ver. Y al lado de la segunda, de la que parece derivar, palidece sin opción alguna. Sí, hay amor. Hay puño cerrado. Hay búsqueda de clímax. Pero, lástima, también hay mucha pólvora mojada. En cuanto la artista suelta esos «¡ieieio!, ¡ieieio!» la cosa invita ya al sonrojo. 

Salvo que los jurados de los países participantes caigan en la trampa que persigue esa epopeya pop que solo resguarda vacío, todo apunta a un nuevo batacazo. «Uno más», resonará en muchas mentes. Y es que ¿cuándo fue la última vez que España hizo un papel digno en el festival? Si a eso se le llama quedar por encima del puesto diez en la clasificación final, hay que retroceder doce años. 2003, Riga. Entonces fue Beth, una exconcursante de Operación Triunfo, la que con Dime quedó de octava. Cogía el impulso que el año anterior le había dado Rosa López con Europe Is Living a Celebration. Ninguna era para tirar cohetes y todas contaban con ese punto kitsch casi inevitable en el certamen. Pero, por lo menos, evitaron el ridículo en al que, tarde o temprano, vuelve España en el concurso.

Cerca en la memoria y sin necesidad de remontarse muy atrás en el tiempo aparecen casos delirantes, como el vergonzoso Baila el Chiki-chiki de Rodolfo Chiquilicuatre en el 2008 (aún así, fue puesto 16 de 25 participantes). O descalabros sin paliativos como La noche es para mí de Soraya Arnelas, al año siguiente. En el 2006 Las Ketchup terminaron antepenúltimas con Un bloody Mary, así como Son de Sol con Brujería en el 2005. Vamos, un auténtico desastre.

En el siglo pasado tampoco es que fueran las cosas mucho mejor. De hecho, la despedida de la centuria de la mano de No quiero escuchar de Lydia Rodríguez resultó catastrófica: quedó última, lugar en el que también encalló el ¿Quién maneja mi barca? de Remedios Amaya en 1983. Para dar con un secuencia más o menos aceptable hay que remontarse a mediados de los sesenta. Con artistas de primer nivel dentro de la canción española como Raphael, Julio Iglesias o Mocedades se acarició la gloria. Y se alcanzó de lleno en 1968 con el La, la la de Massiel y en 1969 el Vivo cantando de Salomé. 

Quizá obsesionados por dar fuera una imagen brillante a un país lastrado por la dictadura del Franquismo, el gobierno no escatimaba en recursos para lanzar a artistas ganadores. Entre 1965 y 1975 nunca se bajó del décimo puesto. La racha nunca más se volvería a repetir, decayendo el interés por el evento hasta los últimos tiempos en los que se deambula entre lo regular y lo peor. No semeja que Edurne vaya a cambiar nada.

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