La carne que comes deja huella

El impacto medioambiental que genera el consumo de vacuno no pasa inadvertido para el sector, que ya busca soluciones, ni para el consumidor; que tiene en el pollo o la proteína vegetal sus mejores aliadas


Últimamente en el seno del sector vacuno, cada vez que una organización de calado habla, sube el pan. Si hace unos años asestaba el golpe la Organización Mundial de la Salud (OMS) al emparentar el consumo de carne roja con un mayor riesgo de sufrir cáncer, en agosto la ONU alertaba de la necesidad de reducir su consumo para frenar el cambio climático. Pese a que los españoles se gastaron en el 2018 más dinero que en el 2017 en productos cárnicos —según el último Congreso de Productos Cárnicos, concretamente, un 3,3 % más— es cierto que la conciencia verde cada vez gana más aliados. Por eso, y porque un lavado de cara se ha vuelto necesario, este sector se ha comprometido a reducir la huella de carbono un 15 % en diez años. Así lo puso de manifiesto la pasada semana Provacuno, la interprofesional del sector. ¿Seguirán los consumidores sus pasos?

A muchos ciudadanos aún les sonará a chino eso de la huella de carbono. Se trata, para aclarar las cosas, de la totalidad de gases efecto invernadero emitidos de manera directa o indirecta por un individuo. Y la ingesta de un chuletón pasa mucha, muchísima factura. Sin necesidad de lanzarse a un consumo 0 de carne, cada vez más colectivos reclaman que la sociedad tome conciencia del impacto negativo que el consumo de un solomillo, una hamburguesa o un churrasco tienen sobre el medio ambiente. Aunque ni mucho menos, ojo, son los principales responsables del castigo al clima. Según los datos que maneja el Ministerio de Transición Ecológica, el sector ganadero es el responsable del 8 % del total de los gases de efecto invernadero emitidos, mientras que el sector vacuno productor de carne aporta apenas el 3,5 % del total. La lista la encabeza el transporte, que produce el 27 % de las emisiones, seguido de la generación de energía eléctrica, con un 17 %.

Apostar por la dieta atlántica

Esto en España. Pues según maneja el estudio titulado The global impacts of food production y publicado el pasado año en la revista Science por científicos de la Universidad de Oxford, un 25 % de las emisiones anuales de gases de efecto invernadero corresponden al sector de la alimentación. Los expertos se ponen de acuerdo al concluir que lo mejor que podemos hacer en el día a día para hacerle un guiño a la sostenibilidad es, además de consumir menos carne y productos derivados de los animales, como por ejemplo los lácteos, apostar por el consumo de alimentos locales y de temporada.

Estamos de suerte en Galicia. La esquina noroeste peninsular tiene una de las cestas de la compra más ricas y variadas del mundo. Tanto es así que la dieta atlántica ha convertido a los gallegos en los más longevos de Europa. Así lo puso de manifiesto hace unos meses un estudio de la Universidad de Oporto, que resaltaba que el consumo de alimentos de proximidad, frescos y poco procesados, con abundancia de vegetales, pescados y mariscos, uso de aceite de oliva y una preparación culinaria con predominio de la cocción era un aval sino para garantizar la eterna juventud, sí para vivir muchos, muchos años. Y, claro, cuidar el entorno.

La razón principal por la que la ganadería tiene que ponerse las pilas en este terreno se debe principalmente a la deforestación por el cambio de uso de la tierra, debido a la expansión del pastoreo, así como al proceso digestivo de los rumiantes, que generan gas metano, y al almacenamiento y elaboración de estiércol. Explorar cómo lograr un equilibrio ecológico es, sin duda, el reto al que se enfrenta este sector.

El pollo, una alternativa

Sin embargo, por cierto, no todas las carnes generan el mismo perjuicio al planeta. Según el Instituto de Recursos Mundiales son el vacuno, la cabra y el cordero las carnes que más entorpecen la colaboración con el medio ambiente. El pollo, por ejemplo, de bajas emisiones (y más saludable) es una buena alternativa a la hora de iniciarse en un compromiso responsable. También pasarse, para los más drásticos, a la proteína vegetal. Para muestra un botón: la producción de carne vacuna utiliza 20 veces la tierra y emite 20 veces más gases contaminantes que el cultivo de frijoles.

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