Revalorización de la clase presencial y fin de la digitalización a dos velocidades

El año del covid supondrá un antes y un después en la escuela

En la imagen , alumnos del CEIP A Laxe entrando en el colegio a principios de este curso
En la imagen , alumnos del CEIP A Laxe entrando en el colegio a principios de este curso

Redacción / La Voz

Ha sido un año duro en la escuela. De la sorpresa inicial se pasó a la incertidumbre del fin de curso y, tras unas vacaciones mentalmente muy cortas, al enfado por la falta de planificación y al miedo con el nuevo curso. Posiblemente fue en noviembre cuando en Galicia las aguas se calmaron gracias al esfuerzo de todos, y muy especialmente de los alumnos que se han comportado de forma ejemplar, incluso los más pequeños.

Son dos las lecciones fundamentales que se han obtenido en este año tan peculiar: la clase presencial es insustituible y el maestro un pilar fundamental del aprendizaje; y la digitalización se ha completado, especialmente en la escuela pública, que estaba algo más coja.

Esta es la crónica escolar del año covid.

Todo comenzó con un susto, un terremoto, el que provocó Núñez Feijoo al mediodía de un jueves diciendo que a partir del siguiente lunes no habría clase presencial. Cincuenta horas después, Pedro Sánchez compareció en todas las cadenas de televisión y convirtió el anuncio de Feijoo en una bagatela.

Ese mismo fin de semana muchos centros se dedicaron a dos cosas: reunir material que pudiesen donar a los hospitales y hacer un listado de alumnos para ver quién podía conectarse y quién no.

Los primeros días fueron un poco desorganizados, acababa de terminar el cuatrimestre y la Semana Santa estaba a la vuelta de la esquina; se consideraron casi unas vacaciones extendidas. Familias y profesores pensaban en volver a clase tras Pascua.

Un inicio desorganizado

Pero conforme el tiempo iba pasando las cosas cambiaron y llegó la «normalidad» del confinamiento. Las clases telemáticas iguales que las presenciales (que ahora denominamos «espejo») se dieron sobre todo en colegios privados y en menor medida concertados; en los públicos fueron una rareza. Aunque la verdad es que no hubo un patrón único: había profesores que enviaban correos electrónicos a diario con los deberes, otros daban clases en línea, otros mandaban trabajos semanales; algunos lo corregían todo y lo devolvían, otros no lo devolvían; bastantes, tal vez un tercio, estaban «desaparecidos»... Entre el alumnado también había estudiantes ilocalizables, los que no entregaban las cosas y, sobre todo por falta de pericia, los que lo hacían muy mal: a los docentes les llegaban los trabajos escritos en el «Asunto» del correo electrónico; fotos en diagonal y borrosas con los deberes para corregir, correos enviados a las doce de la noche...

Según una encuesta que Confapa hizo a principios de abril, 2 de cada 3 estudiantes de la escuela pública compartía ordenador con hermanos y padres, y un 30% no tenía Internet de calidad. El 80% de los estudiantes podían resolver dudas con sus profesores, pero solo la mitad lo podían hacer en todas las asignaturas. La conclusión de las familias fue muy realista: aprobado raspado en este primer momento de la pandemia.

Descubriendo el aula virtual

Unas semanas más tarde eran los profesores de la escuela pública los que opinaban. Lo hicieron en una encuesta de CIG-Ensino. El 80% no podía contactar con sus alumnos de forma satisfactoria y casi el mismo porcentaje de primaria reconocía que nunca había trabajado en línea con sus estudiantes, una cifra que mejoraba, pero no de forma llamativa, en secundaria (el 40% era novato en la relación telemática con sus estudiantes). Y solo el 25% de los profesores usaba habitualmente el aula virtual; la brecha digital era enorme y tenía varios ejes: secundaria-primaria (con los pequeños apenas se usaba la teledocencia), urbana-rural (la calidad de Internet definía las posibilidades) o jóvenes-mayores (algunos profesores cercanos a la jubilación se vieron incapaces de coger este tren).

A finales de abril (el día 28) una reunión de la ministra Isabel Celaá con los consejeros autonómicos —tenían encuentros casi semanales— decidió las claves del fin de curso: el tercer trimestre iba a ser solo de repaso; todo lo que se hiciese sería para subir, nunca bajar, la nota media de los dos primeros trimestres; y un alumno podría pasar con más de dos suspensas, y solo el claustro reunido en conjunto podía decidir que un estudiante tenía que repetir, y para eso con informes y planes de mejora exhaustivos. Hubo opiniones de todo tipo, aunque en general profesores y familias asumían que la situación no permitía exigencias en ninguno de los extremos. Los datos conocidos hace una semana reflejan lo ocurrido: aumentó un 10% el número de titulados de ESO y un 15% los de bachillerato.

Con mayo llegó la desescalada y para entonces docentes, alumnos y padres estaban agotados. Era difícil mantener el interés de los buenos estudiantes cuando no se avanzaba materia y más difícil todavía atraer a los de bajo rendimiento cuando se sabían con el curso aprobado.

Un verano perdido

Se empezaron a oír voces sobre cómo preparar el año siguiente. El ministerio dio el mes de junio a las comunidades para que diseñasen las normas de septiembre según varios escenarios posibles. Galicia, con elecciones el 12 de julio, hizo caso omiso y no presentó las suyas hasta 48 horas después del resultado, el día 16. En la normativa gallega se decía que infantil y primaria tendrían «aulas burbuja» de hasta 25 niños y de ESO en adelante se mantendría 1 metro de distancia entre sillas y, si no era posible, se usaría mascarilla. Los sindicatos se negaron a aceptar estas indicaciones que, en definitiva, dejaban todo prácticamente como antes de la pandemia, y animaron a las directivas a dimitir en bloque; no tuvieron mucha respuesta.

En paralelo, las familias se plantaron a Educación y dijeron que sin más apoyo económico no podían garantizar los servicios de comedor ni las actividades extraescolares ahí donde las realizaban.

Mientras tanto pasó el mes de julio sin ninguna formación para profesores (solo para los de FP, como siempre) y sin grandes preparativos para la vuelta a clase. Llegó un agosto atípico pero reconfortante y entonces, cuando faltaban unos pocos días para el retorno, estalló la bomba: la conferencia sectorial (ministra y consejeros) decidió el 27 de agosto que la distancia mínima de seguridad entre alumnos sería de 1,5 metros, no 1 como había decidido Galicia en julio. A quince días del inicio de curso, los directivos de todos los centros de secundaria se pusieron a medir: «¡Nunca pensé que medio metro fuese tanto!», la reflexión de Enrique Pazo, director del CIFP Ferrolterra, resumió el sentir de todos ellos. Con las nuevas medidas, los alumnos en cabían en clase y hubo que habilitar otros espacios en los colegios, algo imposible para los más antiguos.

Cae la cúpula de la consellería

El domingo 6, cuatro días antes del inicio de curso, Feijoo cesó a la conselleira de Educación, Carmen Pomar, quien no llevaba dos años en el cargo y venía de un trabajo académico en la universidad. Recuperó para pilotar a toda prisa el inicio de curso al antiguo conselleiro Román Rodríguez, quien por culpa de la pandemia no tenía un gran Xacobeo 21 que dirigir. Y de vuelta a su antiguo despacho, Rodríguez se empleó a fondo: cesó al equipo directivo de la consellería, aplazó una semana el inicio de curso en secundaria y dio más dinero a las familias para que se hiciesen cargo de los comedores.

Fueron semanas muy complicadas. En septiembre, mientras se celebraban a toda prisa cursos de docencia telemática para los rezagados, comenzaron las clases en primaria y con ellas los primeros positivos de covid en los colegios, con cierre de aulas anunciado a bombo y platillo, muchas veces sin que los directivos de las escuelas afectadas tuviesen toda la información. El día 17 comenzó las clases de secundaria en algunos colegios concertados, aunque la norma era esperar al 24; mientras, en los públicos, equipos directivos dimitieron en bloque cuando comprobaron que simplemente no les cabían los alumnos y no compartían la solución de urgencia dada por Educación. Esta era combinar mamparas, turnos de tarde y semipresencialidad a partir de bachillerato. La idea de quedarse en casa aunque fuese parcialmente fue muy contestada y la consellería reaccionó y en un mes fue capaz de encontrar acomodo a todos los estudiantes de bachillerato en las aulas, sin que nadie tuviese que hacer teledocencia. Se hizo en este tiempo y con enormes presiones todo aquellos que tendría que haberse preparado en junio y julio; la gestión de Román Rodríguez y su equipo fue excelente teniendo en cuenta de dónde partían.

Para noviembre las cosas se estabilizaron y los miedos iniciales se rebajaron con la rutina. Solo quedaba un fleco, el de las familias que no envían a clase a sus hijos por miedo a un contagio y que entraban directamente en el protocolo de absentismo. La creación de unas comisiones provinciales para analizar cada caso concreto parece que solucionó al menos gran parte de la polémica; no hay información al respecto, se dará en el Parlamento en unas semanas.

Tras las Navidades y un pico altísimo de 4.000 casos en los colegios —pocos contagios dentro, pero alguno hubo—, el colectivo de profesores ve el futuro con más esperanza ahora que se ha puesto en marcha la campaña de vacunación entre los menores de 55 años. Se inició este programa con bastante descoordinación y sorpresa, pero la perspectiva de estar inmunizados compensó los errores. Queda pendiente saber cuándo se pondrá la vacuna a los mayores de 55, que necesitan la de Pfizer, escasa, y no la de AstraZeneca, de la que hay muchas más dosis pero no se recomienda a partir de esa edad.

LOS TESTIMONIOS

Juan Álvarez, Lois y Xandra Revenga cuentan su experiencia en la pandemia como familia con un hijo en primaria
Juan Álvarez, Lois y Xandra Revenga cuentan su experiencia en la pandemia como familia con un hijo en primaria

las familias: Xandra Revenga

«Fue complicado: los padres tuvimos que hacer de profesores»

Xandra Revenga es la madre de Lois, un niño que en marzo del 2020 cursaba 2.º de primaria en el CEIP Froebel, en Pontevedra. Ella es funcionaria y su pareja, Juan Álvarez, trabaja en un supermercado. El confinamiento les pilló como a todos por sorpresa y con la idea de que serían solo unos días: «No recuerdo si nos adaptamos rápido, cuándo comenzó Lois con las clases y los deberes. Al principio no le di mucha importancia», reconoce. Ella se quedó en casa haciendo teletrabajo mientras su marido sí tenía una labor presencial, y que realmente era lo que más preocupaba a todos en ese momento. Echando la vista atrás, reconoce que el confinamiento fue duro para la familia: «Los padres tuvimos que hacer de profesores», y los niños acusaban el clima general «creo que la situación los descolocó y nosotros los asustamos. Hablábamos de cosas delante de ellos y le entró miedo». Se hizo que los primeros tiempos fuesen más complicados: «Yo no me tengo que preocupar por Lois, que es muy autónomo, pero al principio quería que estuviese ahí con él mientras hacía los deberes, aunque solo fuese mirándole».

Cuando llegó el fin de curso estaban cansados: «No avanzaban y hasta a mí me desesperaba ver que hacía siempre las mismas cosas». Reconoce que al final no había ganas para nada.

«Van con retraso, es cierto»

La vuelta al cole fue de preocupación pero también de ilusión «por ver a sus amigos, claro», puntualiza Xandra. En su caso el retorno a clase fue excelente, Lois se adaptó perfectamente al uso de mascarilla —«lo lleva mucho mejor que nosotros»— y va bien. El primer trimestre de curso sirvió para dar todo aquello pendiente del año anterior: «No sé si les dará tiempo a dar todo lo que pensaban para este año», razona esta madre quien sigue peleando con su hijo con la tabla de multiplicar. «Van con retraso, es cierto, pero se ha perjudicado a todos».

Ella se queda con el tiempo que ha pasado con su hijo, «los niños nunca jugaron tanto con sus padres», y apunta: «Fueron tres meses, y eso no es el fin del mundo, es recuperable».

LOS ALUMNOS: GUILLERMO CASTAÑEDA

«Tuve miedo a que la tercera evaluación me bajase la nota»

Guillermo Castañeda Melo estudia 2.º de bachillerato en el IES Xunqueira II de Pontevedra, y obviamente no olvidará jamás el año de la pandemia. «Al principio —recuerda— pensé que era cosa de quince días y me organicé para llevarlo todo al día para que al volver no se me acumulase el trabajo». Pero entonces llegó la verdad de confinamiento y la situación fue muy diferente: «La verdad es tuve miedo. No sabía cómo iba a quedar el curso, si podía mejorar las notas, si me iba a afectar a la media de bachillerato». La decisión de Educación de que el tercer trimestre no podría restar fue un alivio, y de hecho «la pandemia me ayudó a mejorar las notas, porque todo el trabajo que hice fue para sumar; otro año igual no hubieran sido tan altas».

Aunque no avanzó temario, Guillermo sí le dedicó tiempo a Matemáticas y Química, porque no quería tener problemas en este curso. Aún no sabe qué hacer —«dudo en varias cosas, entre el mundo militar o algo de química, también en el área médica... también depende de qué nota consiga», reconoce— pero por el momento se concentra en el día a día. El principio de curso, ya en el temido segundo de bachillerato, fue complicado: «Por una parte, pensábamos que estaríamos solo un mes y que después volveríamos al confinamiento; por otra, nos costó centrarnos, porque no teníamos esa rutina de estudio». Tuvo que hacer un esfuerzo extra para «enfocarse» y aunque los resultados han sido buenos —ahora salen las notas del segundo trimestre— lo cierto es que Guillermo, dice, también se esforzó.

Reconoce que el 2020 fue «emocionalmente duro para todos nosotros. Estamos bien, y eso es importante, pero con 17 años podríamos haberlo pasado mucho mejor».

«Es mucho mejor la clase presencial»

Tiene la ventaja de que la selectividad mantiene el modelo del año pasado. «Tengo amigos que la hicieron el año pasado y reconocen que poder elegir más preguntas les ayudó mucho». Él por ahora se conforma con practicar las preguntas del examen pero no piensa aún en la prueba: «Prefiero no pensar en eso, ya lo haré en el tercer trimestre. Ahora me concentro en el día a día, para mejorar las notas».

Sobre el balance de este año, Guillermo saca dos conclusiones, muy diferentes pero no contradictorias. Desde el punto de vista académico, «es mucho mejor la clase presencial. En la de a distancia, a veces la imagen no tiene calidad, se corta, no se oye bien, las preguntas no las puedes hacer con la misma agilidad que en persona...»; y en lo personal «he aprendido que hay que aprovechar cada día, el tiempo pasa muy rápido y hay que disfrutar antes de que todo se acabe, que nunca sabes cuándo puede ser».

Cristina Culebras, directora del colegio de infantil y primaria Anxo da Guarda de A Coruña
Cristina Culebras, directora del colegio de infantil y primaria Anxo da Guarda de A Coruña

LOS COLEGIOS: CRISTINA CULEBRAS

«El 100% de los maestros se formó en las primeras semanas»

Cristina Culebras es una de tantas directoras de centro (en este caso, uno público de infantil y primaria en el barrio coruñés de Os Castros), el CEIP Anxo da Guarda, que se encontró de la noche a la mañana con 250 alumnos y unos 20 profesores que coordinar cada uno desde su casa. El centro tenía dos cosas muy importantes a su favor: ya usaba Abalar Móbil (la app de comunicación con las familias) desde hacía años y cuenta con un claustro pequeño y muy compacto. «Mi primera preocupación —recuerda Culebras— era que cada profesor contactara con las familias de su clase, y tengo que decir que hubo una gran coordinación».

El esfuerzo se concentró en los niños de 3.º de primaria en adelante (la relación con los más pequeños era a través de las familias). El 100% de los profesores se formó en los conocimientos básicos de las herramientas en las primeras semanas y enseguida se hizo un trabajo de rutina: los docentes colgaban las actividades cada uno en su blog y usaban el correo electrónico para comunicarse con los estudiantes. Quedaron descolgados unos cuatro niños de los 125 afectados.

El centro se vio afectado por las instrucciones del mes de julio, que limitaban a 25 el número de alumnos en las aulas de infantil y primaria: «Tenemos varios grupos de 26 o 27 niños, y la consellería desdobló todas las aulas y envió profesorado suficiente». Acondicionar espacios fue una tarea complicada en un colegio sin mucho sitio —«en verano no hubo manera de desconectar», reconoce la directora— pero para septiembre estaban preparados. Por ejemplo, entre el centro y el AMPA compraron termómetros y ya entonces medidores de CO2 para las clases.

La actividad está muy bien organizada en el centro, donde ya había papel y jabón en los baños, que se limpiaban cuatro veces durante la mañana: «Tenemos pocos baños y siempre fuimos muy cuidadosos en ese aspecto», dice la directiva. Lo único malo es que no pueden bajar todos los alumnos a diario al patio, y se turnan, teniendo en cuenta que si no hay patio hay clase de Educación Física.

«No contábamos con que estuviésemos en presencial ni un mes»

«Empezamos el curso con incertidumbre y miedo. No contábamos con que estuviésemos en presencial ni un mes, pero nos hemos adaptado muy bien, y tengo que agradecérselo a las familias, a los niños y a los profesores».

¿Qué cosas buenas ha traído la pandemia? «Hay cosas que vamos a dejar, como la entrada directa a las clases, la ventilación y el uso del aula virtual». Todos los profesores siguen colgando recursos y actividades en el servidor para que los niños dominen la comunicación telemática.

Como colegio, han tenido cosas negativas: «Con el nuevo curso perdimos algunos alumnos —explica Cristina Culebras—, niños de familias extranjeras que al quedarse sin trabajo volvieron a sus países de origen»; y «en el confinamiento se agravó la diferencia entre los alumnos según sus familias, a muchos les faltan aprendizajes». El primer trimestre —«menos mal que fue largo»— lo dedicaron a repasar y se centraron en el refuerzo de los estudiantes más vulnerables.

Iria Antas, responsable de recursos humanos de la empresa Laber
Iria Antas, responsable de recursos humanos de la empresa Laber

LAS EMPRESAS EN LA FP: IRIA ANTAS

«Solo dejamos de tener alumnos de FP de abril a junio»

Uno de los grupos estudiantiles más afectados por la pandemia es de los alumnos de FP que se quedaron sin prácticas. Hay que tener en cuenta que son más de 400 horas de formación anual y en muchos casos no las pudieron realizar. Hubo empresas que tenían claro que iban a contar con estudiantes desde el momento en que pudiesen. Fue el caso de Laber, un laboratorio microbiológico de Santiago. Iria Antas, la responsable de Recursos Humanos de la firma, explica que «cuando se decretó el confinamiento, teníamos dos estudiantes de FP en el laboratorio, que habían comenzado en convocatoria extraordinaria (enero-marzo) y que tuvieron que finalizar unos días antes de los previsto la formación. Los siguientes se incorporaron en septiembre, tal y como estaba planeado. La única que no se puedo realizar fue la convocatoria de marzo».

Por las características de su trabajo, en un laboratorio, la participación de los estudiantes fue más o menos la habitual: «Somos empresa de actividad esencial, por lo que el laboratorio sigue trabajando con normalidad y los estudiantes siguen aprendiendo el trabajo profesional, día a día de la mano de nuestros técnicos. Por el covid aumentaron los EPI, las mascarillas y las mamparas faciales que ahora llevan, y se hace más hincapié que nunca en respetar las distancias de seguridad».

Su política de contratación no ha cambiado por la pandemia, y se sigue priorizando a quienes hacen prácticas con ellos: «Son altamente valorados. Traen una base formativa muy buena y luego reciben práctica en el laboratorio. Dar oportunidades laborales a estos profesionales es lo coherente y lógico, se forman en continuidad y profesionalidad, queremos que sigan la trayectoria ascendente y ser algo más que el centro de paso».

Dedicada al control alimentario y sanitario, la empresa tiene más trabajo que nunca: «Continuamos con mucha actividad, incluso diría que más. Así que hemos seguido creciendo en el último año y eso nos ha permitido continuar contratando personal, unas de las últimas incorporaciones son dos estudiantes de FP y que hicieron la parte práctica con nosotros y han seguido». Más o menos, el 25% de los alumnos de prácticas acaban en la plantilla, que es fija en un 83% y con gran presencia femenina (3 de cada 4).

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