El número borrado que impide a Aymen, de 13 años, hablar con su madre

Juan Cano, Fernando Torres CEUTA | COLPISA

ESPAÑA

Juan Cano y Fernando Torres

La llamó desde Ceuta para decirle que estaba bien y no puede volver a comunicarse con ella porque el teléfono anotado en su mano se esfumó

21 may 2021 . Actualizado a las 19:55 h.

Aymen (13 años) tenía anotado en la mano el único cordón umbilical que le quedaba con su madre. Antes de lanzarse al mar, se escribió en la palma su teléfono. Cuando cruzó la frontera, la llamó para decirle que estaba bien. Quiere volver a hablar con ella, pero no puede. Se le han borrado los números y no consigue recordarlos.

En Ceuta se ha normalizado que un adolescente enjuto, con aspecto aniñado, deambule en chanclas con una bolsa de plástico a la espalda sin que nadie le pregunte a dónde va. Por qué no está en el colegio. Dónde están sus padres. Si se ha duchado, ha comido o por qué duerme en el parque. Aymen se acerca a la mesa que ocupan tres periodistas en el bar El Plaza, en pleno centro de la ciudad. Se sienta en el bordillo y pide, con un gesto inequívoco, ayuda para comer. Saida, la dueña, encarga que le preparen un bocadillo de atún. ¿Qué quieres beber? «Da igual, lo que sea», responde el crío, que acaba pidiendo una Fanta.

Touhfa, la camarera, ayuda con el idioma. Aymen es de la ciudad de Castillejos (80.000 habitantes), al sur de Ceuta, y habla dariya, el dialecto local. Toufha tiene dos hijos y un instinto maternal que la supera, igual que Saida y que Blanca, la cocinera. Las tres se rompen al escuchar la dureza del relato del crío. Ellas y todos los presentes.

Aymen sueña con ser futbolista, como muchos chavales de su edad. Sonríe cuando se le pregunta por su equipo, el Real Madrid. Es el mayor de cinco hermanos y, pese a tener 13 años, ya está trabajando. La vida allí no es vida y eso le empujó a salir. No quiere volver y su determinación es tan fuerte que acabó fugándose, dice, de la nave del polígono del Tarajal. Allí están confinados los menores que, como él, han cruzado la frontera a nado y que deben esperar a que se les aplique el protocolo contra el coronavirus.

La travesía fue corta. Apenas 10 minutos frenéticos hasta llegar a la costa, donde el recibimiento no fue el que les habían prometido. A los chavales los sacaron de sus casas, del instituto o del colegio con media verdad y una mentira: en la frontera no hay vigilancia (desde luego que no la había, pero solo en el lado marroquí) y en cuanto lleguéis a Ceuta os vais a la Península en un barco que os estará esperando.

En el cuello le queda la huella de una pelota de goma lanzada, dice, desde el lado español. Toufha va al botiquín en busca de Betadine y se lo cura con la ternura de una madre. «Cada vez que tengas hambre, ven aquí», le dice Saida. Aymen asiente. Solo se come la mitad del bocadillo, pese a la insistencia de los presentes. La otra mitad la guarda en la bolsa de plástico, que conserva como un tesoro porque en ella está todo lo que tiene.

Vagando por las calles

La marea humana que ha inundado Ceuta estos días ha dejado a muchos menores que, como Aymen, vagan por las calles sin saber a dónde ir.

-¿Os arrepentís de haber venido? -«¡No, no, no!», responden al unísono un grupo de chavales que se arremolinan alrededor del periodista en la barriada de Los Rosales, donde está la casa de Sabah, la mujer que abandera una incipiente movilización vecinal para atender las necesidades básicas de los migrantes. «Se sienten decepcionados porque les prometieron que acabarían en la Península, pero al mismo tiempo están satisfechos. Dicen que están dispuestos a pasar hambre o frío, pero que no quieren volver a Marruecos», explica Sabah, que actúa de intérprete.