15M: Legado de desconfianza en el poder

ESPAÑA

Eduardo González Calleja, historiador y catedrático en la Universidad Carlos III; Cristina Monge, politóloga y socióloga experta en movimientos sociales; Julia Ramírez-Blanco, profesora cuyo trabajo gira en torno a los cruces entre arte, utopía y activismo, y Carlos Barrera, profesor de la Universidad de Navarra experto en comunicación electoral y sistemas políticos
Eduardo González Calleja, historiador y catedrático en la Universidad Carlos III; Cristina Monge, politóloga y socióloga experta en movimientos sociales; Julia Ramírez-Blanco, profesora cuyo trabajo gira en torno a los cruces entre arte, utopía y activismo, y Carlos Barrera, profesor de la Universidad de Navarra experto en comunicación electoral y sistemas políticos

El movimiento fue un aviso a las élites del país, que ha desembocado en la actual desafección política al no cumplirse la mayoría de sus propuestas

16 may 2021 . Actualizado a las 09:44 h.

¿Qué supuso el 15M en la vida política y social española? ¿Cuál ha sido su legado? ¿Se han materializado sus demandas? ¿Hay algún partido que se pueda considerar su heredero? Cuatro expertos en diferentes campos, una politóloga, un historiador, una especialista en arte y activismo, y un profesor de periodismo dan sus respuestas a estas preguntas al cumplirse el décimo aniversario de la movilización social más importante del siglo.

¿Qué supuso?

Punto de inflexión, aldabonazo a las élites. Para Carlos Barrera, profesor de Medios de Comunicación y Política en la España Reciente en la Universidad de Navarra, supuso «un aldabonazo a la conciencia dormida de las élites políticas, económicas y sociales ante la magnitud de una recesión de la que, de algún modo, fueron copartícipes». Recuerda que «parecía que en España, a diferencia de otros países de nuestro entorno, nada o nadie se movía hasta que llegó este movimiento». «Se abrió una importante brecha de desconfianza y recelo ante el establishment, sobre todo en cuanto a la relación entre representantes y representados en la vida pública, que alcanzó a otros poderes fácticos como los empresariales e incluso los medios de comunicación», asegura. «Y todavía, aunque algo mitigada y con variantes, esa desconfianza subsiste como telón de fondo», concluye.

«Supuso un grito de indignación ante una crisis múltiple, que al principio fue financiera, transmutó a lo económico y a lo social y finalmente a lo político, en un momento en el que la ciudadanía tenía la percepción de que el sistema no estaba actuando para protegerla, sino en beneficio de los poderosos», señala Cristina Monge, socióloga y politóloga, coordinadora del libro Tras la indignación. El 15M: Miradas desde el presente (Gedisa) y autora de 15M: un movimiento político para democratizar la sociedad (Universidad de Zaragoza).

Julia Ramírez-Blanco, autora de 15M. El tiempo de las plazas (Alianza), afirma que fue «un punto de inflexión en el cual un grupo de personas explicitó su desacuerdo con la visión del mundo y la sociedad imperante y, en concreto, con el relato de la crisis económica y cómo había que abordarla». Sorpresivamente, añade, «los que participaron en las acampadas se vieron secundados por una gran parte de la sociedad y hubo un momento en el que más de un 80 % de la población apoyaba sus demandas».

Dimensión histórica

La gran protesta global del siglo XXI. El historiador Eduardo González Calleja, especialista en movimientos sociales, considera «prematuro fijar la dimensión histórica del 15M porque sus consecuencias aún se siguen viviendo», pero la definiría como «la gran protesta y movilización global del siglo XXI contra la solución neoliberal de la crisis económica del 2008, como fue en su momento mayo del 68». El 15M, explica, se engloba en un «ciclo de protesta» mundial que comenzó con las movilizaciones en Grecia, siguió con la primavera árabe contra las dictaduras y se extendió luego por Europa y Estados Unidos, con «diferentes variantes y mensajes». Y ahora continúa, por ejemplo, con los chalecos amarillos en Francia o el movimiento de las sardinas en Italia. Resalta dos aspectos de estos movimientos: «tomar las plazas, Sintagma de Atenas, Tahrir en el Cairo, Cataluña en Barcelona o la Puerta del Sol en Madrid, como símbolo en la lucha por una democracia participativa y representativa» y la «movilización digital en el espacio cibernético» a través de las redes.

«En cierto modo, el 15M fue nuestro mayo del 68, porque fue también un momento en que parecía que muchas cosas eran posibles y se podían refundar ciertas bases de la sociedad, lo que implicaría no solo un cambio en quién manda, sino en cómo se vive», asegura Ramírez-Blanco.

El legado

Desafección. Para Monge, las lecciones de 15M son que «cuando la política no es útil la gente se indigna y se manifiesta, y, por otro lado, la capacidad de la acción colectiva, por ejemplo para cambiar el sistema de partidos que había sido estable durante cuarenta años». «Formalmente hablando, han quedado las siglas; un movimiento tan heterogéneo y anárquico en sus modos de funcionar no puede permanecer tal cual en el tiempo y busca canales o desaguaderos a través de los cuales hacerse oír», sostiene Barrera. «Sí ha quedado un fondo de desconfianza, resquemor y desafección hacia los poderosos, hacia las instituciones en general, que ahora con la pandemia, por ejemplo, se ha reactivado de alguna forma», explica. «El legado que deja, para quienes se dedican a la cosa pública en general, es que la cultura de la escucha del otro, de los otros, o al menos la actitud de querer escuchar, es imprescindible para ganarse una mínima confianza», concluye.

González Calleja considera que «ha dejado el legado de cuestiones sin resolver, como el cambio de la ley electoral, el derecho a vivienda o la cuestión de las hipotecas, que siguen estando en la agenda política». «Algunas de sus propuestas no se van a poder plasmar en un futuro inmediato», añade. Monge afirma que «siguen existiendo los problemas, la desafección no se expresa en forma de indignación, sino de falta de confianza en la política y la sensación en la ciudadanía de que la política no es útil, aunque, cuando nos llaman, vamos a votar». Y da datos: el 90 % de los españoles no confían en los partidos políticos y el 74 % en el Gobierno, según el Eurobarómetro.