Podemos libra en los comicios catalanes una lucha por su futuro como partido tras el fracaso en Galicia y País Vasco

Pablo Iglesias, el pasado día 7 de julio en una rueda de prensa tras la celebración del consejo de ministros
Pablo Iglesias, el pasado día 7 de julio en una rueda de prensa tras la celebración del consejo de ministros

Madrid / Colpisa

Podemos ha vivido su primer año en el Gobierno de coalición surcando un mar de paradojas. Entraron en el Consejo de Ministros pese a cosechar el peor resultado electoral de su corta historia: 35 diputados. Durante la legislatura han logrado aprobar gran parte de las líneas maestras de su programa electoral, al tiempo que se convertían en una de las voces más críticas contra el mismo Ejecutivo del que forman parte a cuenta de asuntos como la Corona o la reforma de las pensiones. Y, para rizar más el rizo, mientras Pablo Iglesias sacaba adelante reformas de calado en la organización del partido, ya sin voces críticas, la formación morada y sus confluencias dilapidaban su poder periférico en las autonómicas de Galicia y País Vasco, agravando su crisis territorial.

Las elecciones del 14-F vuelven a poner de relieve el delicado equilibrio de los morados. Podemos y su confluencia catalana, En Comú Podem, tienen como objetivo llegar a la Generalitat, pero no ocultan que eso pasa por sumar un tripartito de izquierdas junto al PSC y ERC. Los tres se han entendido en Madrid a lo largo de la legislatura para sacar adelante los Presupuestos, buscar una solución a la cuestión catalana alternativa a la unilateral que defienden desde JxCat o aprobar reformas sociales. Pero las últimas encuestas despiertan recelos entre los socios del llamado bloque de investidura ante lo reñido del resultado de Junts, ERC y el PSC que reflejan los sondeos.

Esta incertidumbre fuerza la siguiente paradoja. Podemos evita hacer fuego amigo al tiempo que trata de marcar un perfil propio. En el inicio de la campaña, Iglesias insinuó que Illa era el «candidato mediático» que «nunca defenderá los intereses de la izquierda». En una maniobra de cara al electorado catalán, también avanzó la siguiente disputa con los socialistas: la futura Ley de Vivienda.

Los comunes, por boca de su candidata, Jessica Albiach, ya han descartado otro de los posibles finales, sumarse a una coalición de fuerzas independentistas, debido a que no consideran su programa compatible con el de los posconvergentes. También han renunciado, por el momento, a apoyar un eventual referendo de independencia, que ya no ven «urgente».

Pero la batalla más crucial que libran los de Iglesias es la propia supervivencia territorial del partido. Un nuevo varapalo, esta vez en Cataluña, contribuiría a aislar a Podemos en Madrid, después de perder prácticamente la mitad de los diputados que tenían en el resto de Comunidades Autónomas. El último sondeo del Centro de Estudios de Opinión (CEO) de la Generalitat, publicado la semana pasada, otorga a la candidatura de Albiach una horquilla de entre seis y ocho escaños. Una cifra, esta última, que obtuvieron los comunes en 2017.

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