Unos 3.500 militares se han desplegado para paliar los efectos de Filomena

La UME realiza una labor clave para despejar las toneladas de nieve acumulada por la ola de frío


Madrid / Colpisa

Es ya una imagen habitual: ante cualquier emergencia un grupo de militares con boinas de color amarillo mostaza se pone en primera línea de combate. En su caso, no se trata de acabar con grupos terroristas o fuerzas insurgentes, sino de enfrentarse a los embates de la lluvia, la nieve o el fuego. Son los miembros de la Unidad Militar de Emergencias (UME), posiblemente el cuerpo del Ejército más apreciado por los españoles. Con picos y palas, UME ha vuelto a tomar los pueblos y ciudades más afectados por la borrasca Filomena para facilitar el retorno a la normalidad lo antes posible.

Un tercio de los 3.500 miembros de la Unidad Militar de Emergencias se han desplegado por todo el país para luchar contra el temporal: 1.200 militares, acompañados por miembros del Ejército de Tierra, que se han desplegado en apoyo de las autoridades civiles para labores básicas tras las nevadas. En Madrid, ellos han limpiado los accesos de los hospitales, de Mercamadrid, de las estaciones de Atocha y Chamartín o del aeropuerto de Barajas, y en Aragón, han despejado carreteras y han abierto camino para llegar a la estación térmica de Castelnou, en Teruel, en la que sus operarios se habían quedado aislados. También han retirado la nieve y el hielo en Toledo y han actuado en Segovia y Albacete.

«Es un orgullo poder ayudar a nuestra gente y notar el calor que recibimos siempre», explica un miembro de la UME. «Cuando llevamos muchas horas de trabajo y alguien viene y nos dice: ‘Muchas gracias por vuestro trabajo' o cuando recibimos un aplauso espontáneo, eso es una inyección de moral que hace que se te olvida el cansancio», relata este militar, que no olvida que durante el temporal, el Ejército de Tierra ha realizado una labor igual de importante que ellos. Pero dentro de la unidad, no se siente héroes, sino personas normales que tiene una misión. «Solo cumplimos con nuestro lema, ‘Para servir', y hacerlo nos llena de orgullo», cuenta este militar, que detalla cómo a diario, los miembros de la unidad reciben agradecimientos a través de correos electrónicos o de las redes sociales.

Cinco batallones

Todo el mundo quiere a la Unidad Militar de Emergencias, que cuenta con cinco batallones en Madrid, Zaragoza, Sevilla, Valencia y León, que les permiten llegar los primeros a cualquier emergencia. Estuvieron en los incendios de Canarias del 2007, en el terremoto de Lorca del 2011 o en las inundaciones de Baleares de octubre del 2018. También han participado en misiones internacionales tras grandes tragedias, como los terremotos de Haití, Nepal o Ecuador y los incendios de Chile y Portugal.

Pero su intervención más trágica llegó con la emergencia sanitaria del coronavirus, cuando, junto a otras unidades del Ejército, participaron en la operación Balmis, desinfectaron residencias e infraestructuras críticas, trasladaron pacientes a los hospitales y custodiaron cadáveres. Ahora siguen presentes en la operación Baluarte, la misión de las Fuerzas Armadas para rastrear a los contactos de los pacientes de covid-19.

En España, donde casi todo se convierte en objeto de controversia, la UME aparece como uno de esos pocos oasis de unanimidad. El pasado martes, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, visitó el batallón 1 de la UME en la base de Torrejón de Ardoz (Madrid) y trasladó su «gratitud y orgullo» a los militares. Lo mismo hizo el líder del PP, Pablo Casado, que rebajó la tensión política al agradecer a la ministra de Defensa, Margarita Robles, la actuación de la UME. El alcalde de Madrid, José Luis Martínez Almeida, reclamó desde el principio de la crisis la presencia de la Unidad Militar de Emergencias en la ciudad y la presidenta regional, Isabel Díaz Ayuso, dijo que la UME, junto con los trabajadores de la comunidad, se habían volcado «para proteger a los madrileños en una situación tan compleja».

Y eso que la UME no cayó con buen pie. Creada en el 2005, la oposición la consideró «un capricho» del entonces presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero. También dentro del Ejército suscitó recelos entre muchos mandos, que la vieron como una especie de oenegé alejada de los principios militares. Quince años después de su nacimiento, esa percepción ha cambiado completamente.

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