Felipe VI busca una estrategia para recuperar la credibilidad de la corona

El primer paso para restaurar la confianza social, apuntan los expertos, es resolver con transparencia y ejemplaridad la crisis en torno al rey emérito

Los reyes Felipe VI y Leticia en visita a Santiago el  25 de julio
Los reyes Felipe VI y Leticia en visita a Santiago el 25 de julio

MADRID / COLPISA

El 22 de noviembre de 1975 se restauró la monarquía y desde entonces se ha enfrentado a retos de todos los perfiles, pero ninguno como el que Felipe VI tiene por delante, recuperar la confianza de los ciudadanos. Los negocios de Juan Carlos de Borbón y su salida del país han colocado a la institución al borde del abismo. Tras la montaña rusa de acontecimientos de los últimos años suena a sarcasmo el mensaje del rey en su discurso de proclamación, cuando dijo que pretendía consolidar «una monarquía renovada». Seis años después, la imagen de la corona está por los suelos.

Juan Carlos I se ganó la bendición social por su papel en la Transición, con su apuesta por la democratización del país; por el rechazo a la intentona golpista de 1981; por su neutralidad en la vida política; y como referente internacional de un nuevo país. Era una figura apreciada por la gran mayoría. Pero todo se fue por el sumidero de la corrupción. En el 2010, el caso Nóos sentó en el banquillo a la infanta Cristina y llevó a la cárcel a Iñaki Urdangarin. Dos años después, en plena crisis económica, llegó el accidente en unas jornadas de caza en Botsuana del rey acompañado de Corinna Larsen. «Lo siento, me he equivocado y no volverá a ocurrir», dijo en una confesión inaudita. En junio de 2014, abdicó en un intento de preservar una trayectoria de 39 años. Pero el destrozo alcanzó la dimensión bíblica al aflorar su fortuna oculta y los negocios privados. El daño reputacional es indudable, pero es difícil calibrar su alcance porque no hay estudios sobre la valoración social de la corona. El CIS no pregunta sobre la monarquía desde abril del 2015, ya con Felipe VI en la Zarzuela, y entonces recibió un suspenso de 4,3, apenas un poco mejor que el 3,7 de abril de 2014, en los últimos días de Juan Carlos I, pero muy lejos del 7,5 de 1994. Sondeos privados, como el realizado por Ipsos el 2018, constataron que la desafección y la indiferencia, lejos de menguar, se ahondan. El 37?% era partidario de la abolición de la monarquía y el 52?% de la ciudadanía era favorable a un referendo sobre su continuidad. No solo apoyaban esta opción los que se identificaban con fuerzas de izquierdas, la tercera y la cuarta parte de los votantes de Ciudadanos y del PP estaban a favor de la consulta sobre su mantenimiento. La Casa Real dispone de encuestas sobre su imagen, pero los resultados se guardan bajo siete llaves.

Pecados originales

A diferencia de su padre, el rey no tiene retos épicos, como la transición del franquismo a la democracia o la respuesta a una intentona golpista, para poner a prueba su valía ante una sociedad descreída. El desafío independentista en Cataluña podría ser un equivalente pero carece de los resortes que tuvo su padre para encararlo. Además, su discurso del 3 de octubre del 2017 le granjeó la enemistad eterna del soberanismo y no concitó el aplauso unánime de las fuerzas constitucionalistas. Juan Carlos I tenía el pecado original de que su legitimidad provenía de un régimen dictatorial pero se redimió tras el 23F. Felipe VI soporta la mácula de una institución devaluada por la corrupción. La tesis de la «monarquía renovada» hace aguas a la luz de los últimos acontecimientos. No por su comportamiento, sino por la incapacidad de la institución para dar una respuesta solvente.

La Zarzuela es un agujero negro informativo. La transparencia ha dado pasos tímidos y limitados a los aspectos más frívolos, como los regalos. Pero se desconoce, por ejemplo, el patrimonio del rey. Los bienes, propiedades y dineros del presidente del Gobierno al último diputado son públicos, no así los del jefe del Estado y su familia. La monarquía es la única institución del Estado que carece de una ley orgánica que regule su funcionamiento. Una ley de la corona, afirma Pablo Simón, profesor de la Universidad Carlos III de Madrid, sería un paso adelante para disipar la opacidad. Una oscuridad tolerada durante décadas por los gobiernos de turno como tributo por su contribución a la consolidación democrática.

 

El primer peldaño para la recuperación de la confianza social en la monarquía pasa por resolver con transparencia la crisis abierta por Juan Carlos de Borbón. Pero la contumacia en esconder el paradero del rey emérito no juega a favor de Felipe VI.

El dique constitucional de los partidos mayoritarios garantiza la perdurabilidad de la Corona. Pero el Rey necesita recuperar la confianza ciudadana para preservar su vigencia.

Las grandes claves de un reinado fecundo

Fernando Ónega
El rey, durante su intervención en TVE que permitió el fin del golpe de estado del 23 de febrero de 1981, el punto clave de su mandato
El rey, durante su intervención en TVE que permitió el fin del golpe de estado del 23 de febrero de 1981, el punto clave de su mandato

La Jefatura del Estado, desde dentro

Está claro que Franco quería que le sucediera un rey en la Jefatura del Estado. Si no lo quisiera, no habría hecho la Ley de Sucesión. Está claro también que siempre quiso seguir la línea dinástica. Si no lo quisiera, no habría convencido al conde de Barcelona de que enviase a su hijo Juan Carlos a formarse en España. Y está claro que tenía que truncar esa línea dinástica, porque a don Juan de Borbón, hijo de Alfonso XIII, que hacía proclamas democráticas y antifranquistas desde Estoril, no lo podía ver ni en pintura. La solución de Franco fue traer a España al niño Juan Carlos con diez años de edad y aventurarse a dirigir su educación, primero en la finca Las Jarillas de Madrid, más tarde en la Universidad y finalmente en la Academia Militar de Zaragoza. No quería hacer un Franco-bis, porque sabía que era imposible, pero sí quería garantizar la mayor continuidad con un heredero que, cuando menos, no desmontara un régimen que, a su juicio, había sido providencial para España.

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