Del niño que debía recuperar la corona al hombre que apoyó la Constitución y tropezó en África

El rey Juan Carlos I ha cerrado el círculo. Nacido en el exilio, cumplió sus objetivos: restaurar la monarquía e instaurar la democracia en España. Pero sus errores han tambaleado los cimientos de la Casa Real. Tras abdicar en el 2014, ahora, a sus 82 años, ha tenido que volver a abandonar su país.

Había una vez un hijo de un rey sin corona, nieto de otro monarca exiliado, que creció en soledad. Y sobre los hombros de aquel niño de diez años, tutelado por Franco con el permiso intermitente de su padre, cargaron la responsabilidad de restaurar la monarquía enmendando los errores de su abuelo Alfonso XIII. Ese niño creció y se convirtió en rey, un monarca al que los Gobiernos europeos de mediados de los setenta -desde el del laborista Harold Wilson en Reino Unido al del presidente francés Valéry Giscard- no auguraban un largo futuro. Pese a haberse esforzado a finales de los sesenta en mantener las distancias con el franquismo, lo veían como un rey «breve» que había sido moldeado para perpetuar el régimen que gobernaba el país desde hacía más de 35 años. Pero aquel rey, adorado por una abuela digna nieta de la influyente Victoria de Inglaterra, sorprendió a todos cuando, como explica el catedrático de Historia Contemporánea de la USC y premio Nacional de Ensayo, Xosé M. Núñez Seixas, decidió apostar por una monarquía constitucional: «Foi visto por algúns como un piloto do cambio cara a democracia».

El rey Alfonso XIII con sus nietos Juan Carlos, de blanco, y Marco
El rey Alfonso XIII con sus nietos Juan Carlos, de blanco, y Marco

Juan Carlos I sabía, añade el historiador, que esa era «a única opción que tiña a monarquía para sobrevivir». Lo habían asesorado bien. A su lado estaba el jurista y presidente de las Cortes, Torcuato Fernández-Miranda, Sabino Fernández-Campo, o el propio Adolfo Suárez, a quien el rey nombró presidente en julio de 1976, tras la dimisión de Arias Navarro, para sorpresa de buena parte de la sociedad. Pero también supo inspirarse en los ejemplos que le brindó la historia. Los tenía demasiado cerca como para no haber aprendido que esa era la única apuesta con visos de «rectificar el desastre acaecido en su familia en 1931», como califica Paul Preston el viaje al exilio emprendido por Alfonso XIII el 14 de abril de aquel año en su libro Juan Carlos. El rey de un pueblo. El precio pagado por su abuelo por haberse alineado con el régimen de Primo de Rivera era el primero de esos ejemplos cercanos que dejaron huella en Juan Carlos. El segundo lo tenía en el rey Constantino II, hermano de la reina Sofía, quien tuvo que abandonar Grecia tras el fallido contragolpe contra la junta militar que había tomado el poder en el país en 1967.

La reunión en el Azor

El Juan Carlos I de 1975 conocía muy bien las consecuencias de esos traspiés. Antes de ser rey, Juanito, un niño criado en el exilio al que, para algunos historiadores, habían usado como una ficha de la oca, haciéndole saltar de país en país con el único fin de prepararlo para recuperar la corona. Había nacido en Roma, se había mudado a Lausana con sus padres, pero cuando ellos cambiaron su hogar a Estoril, el pequeño Juanito permaneció interno por un año en el marianista colegio de Ville Saint-Jean, en Friburgo. Tras ese periplo europeo acabó pisando por primera vez Madrid en 1948. No fue fácil. Su educación en España era un asunto de Estado que culminó después de que don Juan aceptara subirse al yate Azor en el Golfo de Vizcaya para reunirse con Franco y acabar cediendo a su deseo de que Juanito estudiara en Madrid. Fue un año después de que el general diera luz verde a la Ley de Sucesión, una norma que escondía su objetivo de convertir al nieto del exiliado Alfonso XIII en su sucesor, alejando al conde de Barcelona de la corona.

Tras aquel encuentro en alta mar Juan Carlos de Borbón pasó un año en Madrid, antes de que su padre volviera a reclamarlo a Estoril. Pocos meses después, en 1950, don Juan dio de nuevo su brazo a torcer para que continuara sus estudios en España acompañado, esta vez, por su hermano pequeño Alfonso. La instrucción del futuro rey fue estricta, muy pegada a la disciplina militar, algo que no le era ajeno desde muy niño. Y fue esa baza la que jugó en momentos determinantes para el destino del país como la Transición o el golpe de estado del 23F.

La muerte de su hermano Alfonso

Su primer mentor, Eugenio Vegas Latapié, un antiguo monárquico y hombre inteligente y austero, le había enseñado ya el himno de la Legión. Tras acabar el bachillerato pasó por la Academia Militar de Zaragoza, la Escuela Naval de Marín y la Academia General del Aire de San Javier en Murcia. Pero un incidente ocurrido durante las vacaciones de la Semana Santa de 1956 en Estoril, cuando Juan Carlos tenía 18 años, estuvo a punto de frenar en seco el futuro que le esperaba. Fue el disparo accidental que acabó matando a su hermano menor Alfonso y que, más allá de la tragedia familiar que supuso, «debilitó el papel político de don Juan» al privarle, como recoge el libro de Paul Preston, de una alternativa en el caso de que su hijo mayor aceptara contra su voluntad ser el sucesor de Franco.

Juan Carlos de Borbón se despide de Franco en mayo de 1975 tras acabar un desfile conmemorativo de la victoria militar
Juan Carlos de Borbón se despide de Franco en mayo de 1975 tras acabar un desfile conmemorativo de la victoria militar

Esas aguas revueltas pronto volvieron a su cauce. El príncipe continuó su formación y, como buen Borbón, a aquel joven alto y apuesto se le conocieron amigas como María Gabriela de Saboya, hija del exiliado rey Humberto II de Italia, cuya foto paseó de cuartel en cuartel hasta que le ordenaron retirarla de su cómoda. La joven no gustaba ni a su padre ni a Franco. Pronto el círculo de mentores más cercano convino en que había que buscarle una princesa. Y la elegida fue Sofía de Grecia. El anuncio de su compromiso se celebró en Lausana un 13 de septiembre de 1961, ocho meses antes de su boda en Atenas el 15 de mayo de 1962.

Tras el nacimiento de sus hijos —Elena, Cristina y Felipe—, el general Franco lo nombró su sucesor en 1969. Juan Carlos aceptó la petición antes de comunicárselo a su padre, un hecho que abrió una brecha entre ambos.

Preparando el cambio

Pero el futuro rey tenía su propio plan. The New York Times publicó un artículo en el que Juan Carlos descubría sus cartas. No le costó el favor del general, simplemente porque el contenido del artículo no había cruzado el Atlántico. Juan Carlos fue entonces moviendo ficha poco a poco para ganarse a la comunidad internacional y tenerla de su lado cuando llegara el momento. Hasta llegó a entrevistarse con Richard Nixon en 1971. El republicano no dudó en darle la receta que, contra todo pronóstico, le había llevado al poder: ley y orden.

Pero Juan Carlos tuvo que esperar cuatro años más para convertirse en rey tomando la batuta que orquestó el cambio. Supo hacerlo de una forma coherente que, unida a su campechanía, su diplomacia y su habilidad en las distancias cortas, le dio el favor del PSOE e incluso del Partido Comunista. «Durante una comida con Carrillo —cuenta el catedrático de Derecho Constitucional Antonio Torres del Moral— le pregunté: “Pero Santiago, ¿cómo has aceptado la bandera, el himno, la monarquía, todo eso que iba contra los estatutos de tu partido?”. Me respondió: “Porque cuando hablé con el rey y con Suárez me di cuenta de que esto iba en serio”».

«A noite do 23-F mandoulle a Felipe, que tiña 12 anos, que estivera con él. O príncipe preguntoulle ‘qué está pasando'. A súa resposta foi ‘que lle acaban de dar unha patada á coroa e agora está no aire'»

Y tanto. No era ninguna broma. Juan Carlos no solo favoreció las elecciones democráticas de 1977, también la aprobación de la Constitución de 1978 y, pese a las teorías de que estuvo detrás del golpe de Estado de Antonio Tejero durante la investidura de Leopoldo Calvo-Sotelo en 1981, varios son los historiadores que coinciden en que fue él quien lo detuvo. Las palabras que pronunció en TVE son esclarecedoras. Su discurso no era más que una orden lanzada a la junta de jefes del Estado Mayor en la que les mandaba mantener el orden constitucional. Lo hizo aludiendo a su responsabilidad de mantener la unidad de España: «Aquela noite mandoulle a Felipe, que tiña 12 anos, que estivera con él. O príncipe preguntoulle ‘qué está pasando'. A súa resposta foi ‘que lle acaban de dar unha patada á coroa e agora está no aire'», recuerda Núñez-Seixas. Esa noche Juan Carlos I mostró a su hijo qué era aquello de ser monarca.

Su talante diplomático y sus contactos, dice Laurence Debray, autora del libro Juan Carlos de España, la biografía más actual del Rey, le abrieron muchas puertas a España. Hija del filósofo francés Régis Debray, asesor de François Mitterrand, cuenta como «cuando Juan Carlos visitaba a Francia -habla un francés perfecto- conocía a todo el mundo. Y ahí podía conseguir muchas cosas porque se le abrían muchas puertas». Recuerda los tiempos en los que los etarras podían huir fácilmente a Francia. «Él tuvo que hablar mucho con Mitterrand para hacerle ver que no podía ser, que ETA era una organización terrorista y que había que ayudar a España. Lo mismo pasó durante la negociación para entrar en la UE. Francia no quería la integración de España en la comunidad europea por cuestiones agrícolas. Pues Juan Carlos lo logró porque la gente lo escuchaba. Si va, por ejemplo, ahora Pedro Sánchez a pelear, igual no tiene el mismo impacto. No recibes a un rey del mismo modo que a un jefe de Gobierno».

«Juan Carlos logró muchas cosas porque la gente lo escuchaba. (...) No recibes a un rey del mismo modo que a un jefe de Gobierno»

La entrada en la UE fue una de las sendas en las que Juan Carlos acompañó al entonces presidente del Gobierno Felipe González. También los unieron los Juegos Olímpicos de Barcelona, donde la familia real se convierte en protagonista, o la Expo de Sevilla, un acontecimiento que hizo pasar por Sevilla a personalidades tan dispares como Gorbachov, Fidel Castro, Mitterrand o Lady Diana de Gales. De hecho, se llevó mucho mejor con Felipe González o Zapatero que con Aznar. Hablaba con gestos. Era simpático con quien quería serlo. Recuerda Francisco Rodríguez, ex secretario xeral de la UPG, que cuando en 1996 tuvo su encuentro con el rey tras ser elegido diputado por A Coruña en Madrid que se dirigió a Juan Carlos en portugués. El monarca le respondió en el mismo idioma, «aínda que falou cinco minutos nada máis».

Su don de gentes o esa campechanía con la que acabó conquistando hasta al comunista Santiago Carrillo le ayudaron a forjar una popularidad de la que vivió hasta que ya no pudo esconder graves errores que, salvando las distancias, le han llevado a tomar un camino semejante al de su abuelo.

El principio del fin

Hasta que sus yernos comenzaron a mostrar sus tropiezos, la vida privada de la familia real no cruzaba los muros de Zarzuela. No existían las redes sociales. Pero llegó el accidente del 2012, cuando rompió una cadera en Botsuana, adonde había ido a cazar elefantes. Aquel viaje lo dejó en evidencia «Lo ocurrido en Botsuana fue la gota que colmó el vaso [...]. Corinna no era una cuestión de amor como Marta Gayá. Fue algo diferente», comenta el periodista y autor de La soledad del rey José García Abad. El rey quiso enmendar la fractura abierta con un país que estaba al borde del rescate. La imagen de unas vacaciones para abatir elefantes lesionaba además la creciente sensibilidad social por el medio ambiente y la ecología. Un jefe de estado cazando es una imagen del siglo XX. En el XXI ni Vladimir Putin se deja ver con animales muertos a su lado. Y por eso pidió perdón: «Lo siento mucho. Me he equivocado. No volverá a ocurrir».

«Lo ocurrido en Botsuana fue la gota que colmó el vaso»

No había vuelta atrás. La prensa extranjera se cebó con el monarca. Para Aurora García Mateache, escritora y periodista que cubrió la Casa Real y que acaba de publicar La Finca, detrás de los ataques de alguna prensa extranjera al rey por lo ocurrido en África había una especie de revancha por haber logrado para el contrato de construcción del AVE entre Medina y La Meca para empresas españolas. El accidente fue en abril del 2012, la adjudicación del tren (la mayor lograda por compañías españolas en el extranjero) se había anunciado en octubre del 2011, desbancando la oferta francesa, y fue en enero cuando formalizaron el contrato en Riad, un acuerdo al que acudieron los entonces ministros de Fomento y de Exteriores, José Manuel García-Margallo y Ana Pastor. «Detrás de los ataques al rey por lo ocurrido en Botsuana estaba también el interés que habían tenido otros países como Francia por hacerse con el contrato de Arabia Saudí», dice Aurora García.

A partir de entonces su popularidad comenzó a decaer. Laurence Debray pasó dos días con el monarca para hacer un documental: «Estaba un poco harto y cansado. En esa época tenía muchos problemas físicos, se había operado, lo entrevisté sentado y le costaba andar. Arrastraba el peso del estado después de tanto tiempo. No quería aferrarse al poder [...]. Quería vivir. Quería tener su libertad», cuenta. Seis días después de aquella conversación, Juan Carlos I tomó la decisión de abdicar. Fue el 5 de enero del 2014. El día de su 76 cumpleaños. Pero no lo anunció entonces, guardó el secreto hasta el 2 de junio, cuando en un mensaje oficial comunicó que pasaba el testigo a su hijo, que reinaría como Felipe VI.

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