Finales de los años 70. Una casa con jardín en las afueras de Madrid. El servicio abre la puerta y aparece el entonces joven rey. Juan Carlos I está moreno tras varios días recorriendo pequeñas localidades. Cuando no le toca dormir en algún parador, el desplazamiento desde la Zarzuela hasta su destino suele ser en coche. Poco después se aficionaría a pilotar un helicóptero, lo que acortaba mucho los viajes e impresionaba a las señoras. Pero el coche no le libra de la solana y tiene los brazos curtidos y pelo ensortijado rubísimo.

La anfitriona corre a saludar. Por supuesto, se apresura a hacerle la reverencia y le da los besos. Su marido le sigue pero cuando va a bajar la cabeza y a darle la mano, don Juan Carlos la retira. «Perdona, pero es que he saludado a tanta gente estos días que tengo las manos casi en carne viva y me duelen», se excusa. Entonces, muchos se quedaban asombrados por ese joven que había sido capaz de poner de acuerdo a comunistas en el exilio y a ministros de Franco (sectarios y fanáticos) para hacer una constitución y mirar hacia delante; el mismo hombre que en el 2007 firmó la ley de la memoria histórica con la que Zapatero quería recordar que «también mataron» a su abuelo (el capitán Juan Rodríguez Lozano fue fusilado por los sublevados en 1936), desafortunadas palabras que le espetó a Consuelo Ordóñez y a María Jesús González, la madre de Irene Villa, que entonces representaban a las víctimas de ETA.

Puede que ese «también mataron» represente el principio de la ruptura entre españoles y esa dicotomía entre abuelos vencedores y vencidos que hoy divide a muchos ciudadanos. Curioso que una ley que prometía borrar todos los símbolos de Franco fuera firmada por Juan Carlos I, sucesor a título de rey del dictador. Sobre todo porque en su esfera privada (otra cosa eran sus reuniones con políticos a los que permitía cualquier desmán), Juan Carlos I no quería que nadie criticara al hombre que le precedió en la jefatura de Estado. Porque el rey aprendió mucho del caudillo y siguió sus consejos, como que heredaría una España muy diferente a la suya y a la de su padre don Juan y que «debía recorrerla y darse a conocer». Hasta que se le desollara la mano de darla. Esta no es una revelación novedosa para los republicanos. Son las confesiones que el propio monarca hizo a José Luis de Vilallonga en 1995 quien, según reza la leyenda, logró que accediera a que se publicara el libro para evitar que el escritor escribiera las memorias de Marta Gayá, otra de sus señoras.

El rey aprendió mucho del caudillo y siguió sus consejos, como que heredaría una España muy diferente a la suya y a la de su padre don Juan

Lo que no cuenta en el libro el rey Juan Carlos es que Franco le desaconsejó casarse con María Gabriela de Saboya por la reputación casquivana de la familia y le empujó a un noviazgo con Sofía de Grecia, nuestra reina. Sí, el amor es otra de las cosas a las que el rey tuvo que renunciar para ser coronado. Por eso, a nadie puede extrañar que al final de sus días se dejase perder (y el trono con él) por sus amoríos con Corinna Larsen, una danesa con peor reputación que las tres primeras sílabas de esa palabra. ¿La disculpa? El éxito de convertir a España en una democracia homologable a las europeas sin que se derramara una gota de sangre.

Ese «hablando se entiende la gente» que no le funcionaría en 2003 cuando recibió al republicano Benach, presidente del Parlamento de Cataluña por el tripartito. ¿Por qué? A España ya no le bastaba con la diplomacia del tinto con la lata de sardinas picantes Cuca (sus favoritas) con las que había conseguido que muchos países apostaran por nuestros astilleros, nuestras empresas de comunicación o nuestras constructoras. O con la que había conseguido convertirse en una figura de relevancia internacional cuya voz se sugería como mediador de conflictos irresolubles. Tenía experiencia en poner de acuerdo a bandos enfrentados. Jorge Miquel recuerda que cuando preguntó por el rey en vida de Franco apenas contaba con un 10 % de partidarios.

Ya en democracia, «casi el 40 % pedía la celebración de un referendo sobre la institución, y había un 22 % de indecisos. Después de febrero del 81 se disparó la popularidad del rey y de la monarquía». Hasta hacerse tan indiscutible como que la mayoría empezó a identificarse como Juancarlista, algo que sin duda debía halagar mucho al rey, enfermo de esa presunción que le hizo sentirse intocable hasta el punto de descuidar la elección de sus amiguitas y amigotes, su gran perdición. La adulación es un áspid venenoso para la figuras públicas. Entonces nadie se atrevía a decir que el rey estaba desnudo en la cubierta de un barco (lo tuvo que publicar el Oggi italiano) ni quién era «el ya sabes quién» que irrumpió en casa de Bárbara Rey aquella madrugada. Y se dejó ir como nos dejamos ir los medios. Ahora aquello nos escandaliza pero, evidentemente, la amistad heredada de los hermanos árabes suponía, como indican las cosas publicadas, que el rey siempre tuvo en mente ese capitalito en el que se empeñaron muchos monárquicos por si había que salir por Cartagena.

«Fue capaz de poner de acuerdo a comunistas en el exilio y a sectarios ministros de Franco»

También le preocupaba el futuro de sus dos hijas, sobre todo de la infanta Elena, a quien consideraba más vulnerable.

¿El escándalo de estos días? De menor cuantía que el de los Pujol, con los mismos mimbres que Pablo Iglesias (lástima, pensará, que a Corinna no le quitaran la tarjeta sim como a Dina), y seguramente, tan injusto como la vida misma. O que la más alta magistratura del Estado solo sea accesible a una familia. Pero es lo que hay. O lo menos malo. Echaremos de menos al rey Juan Carlos que quizás olvidó demasiado pronto las enseñanzas de Franco. Su hijo no vive los mismos tiempos que vivió él. Quizás lo anacrónico no sean las instituciones sino más bien los hombres. O mejor dicho: sus corazones.

Por Emilia Landaluce Periodista y escritora

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Y las manos desolladas de tanto saludar