Felipe VI, un reinado envenenado

La tormenta perfecta de la pandemia y la ruptura con su padre Juan Carlos I de esta semana es el mejor resumen de seis años plagados de dificultades

Felipe VI, durante la reunión del miércoles con Pedro Sánchez y el Comité de Gestión Técnica del Coronavirus en la Zarzuela el 18 de marzo de 2020.
Felipe VI, durante la reunión del miércoles con Pedro Sánchez y el Comité de Gestión Técnica del Coronavirus en la Zarzuela el 18 de marzo de 2020.

Madrid / colpisa

Será tarea de los historiadores determinar qué rey de España tuvo un comienzo de reinado más difícil, pero es muy probable que Felipe VI ocupe un lugar destacado en esa categoría. No ha tenido que lidiar con guerras dinásticas o de religión ni con derrumbes imperiales ni con intrigas palaciegas, pero desde su proclamación en junio del 2014 se ha enfrentado a los seis años más difíciles para la democracia.

Se puso al frente de la corona acuciado porque la vida privada de su padre amenazaba con hacer un boquete de consecuencias letales para la institución. Juan Carlos de Borbón anunció que abdicaba un 2 de junio del 2014 y 17 días Felipe VI fue proclamado rey en una solemne ceremonia en el Congreso. Anunció que llegaba «una monarquía renovada para un tiempo nuevo». Un tiempo nuevo, sin duda. ¿Mejor? No parece.

En esta última semana, Felipe VI se ha enfrentado a la tormenta perfecta. Una pandemia sin precedentes y una crisis en la corona también sin parangón. La crisis sanitaria motivó el segundo mensaje a la nación de su reinado, pero su intervención, que pasó sin pena ni gloria, llegó lastrada por la ruptura con su padre. Los negocios presuntamente ilegales de Juan Carlos de Borbón añadieron kilos a la mochila del desprestigio. 

Adhesión y desamor

El rey cuenta con la adhesión incondicional de la oposición conservadora, el respeto medido del PSOE, y el desamor creciente entre los nacionalistas y fuerzas de izquierda. El apoyo con matices pero sin apenas fisuras de todo el espectro político que tuvo su padre es pasado. Hay un amplio consenso, aun entre los detractores, en que Felipe VI es el rey mejor preparado para ejercer sus funciones de los últimos siglos. Pero apenas ha tenido posibilidades de mostrar su talla. Cuando llegó a la Jefatura del Estado hace seis años, la caldera política estaba cerca del punto de ebullición.

El proceso independentista en Cataluña ya acreditaba dos años de pulso al Estado; la crisis económica estaba lejos de superarse; nuevos partidos amenazaban el esquema bipartidista con el que su padre estuvo tan cómodo. En el palacio de la Zarzuela también se vivían días de tribulación, y no solo por Juan Carlos de Borbón, la hermana del rey, la infanta Cristina, y su marido, Iñaki Urdangarin, eran investigados por el caso Nóos. La primera acabó en el banquillo, el segundo, en la cárcel. 

El peor tablero político

Lejos de aclararse con el paso del tiempo, el panorama político se enturbió. El independentismo redobló su desafío ante el que el Gobierno de Mariano Rajoy se mostró incapaz de hallar una salida. El separatismo celebró un referendo ilegal el 1 de octubre del 2017. Dos días después, Felipe VI dirigió su primer mensaje extraordinario a la nación. Aquel día perdió el respeto de muchos catalanes, no solo independentistas, aunque se ganara el aplauso de buena parte del resto de España.

Pero antes de aquellos episodios, el sistema de partidos nacido en la Transición saltó por los aires. Tras las elecciones generales de diciembre del 2015 nadie pudo gobernar. Irrumpieron en escena Podemos y Ciudadanos. Aire fresco, se decía, que el tiempo se encargó de demostrar que no. Se demostró que la cultura del pacto era todavía un plato indigesto, y que los nuevos partidos tenían modales viejos. Desde entonces, se han celebrado cuatro elecciones generales, cinco debates de investidura con diez votaciones, una moción de censura y casi dos años de gobiernos en funciones. La combinación de nuevos partidos, populismo, secesionismo irredento, debilidad de los partidos tradicionales y la entrada de la extrema derecha ha moldeado el tablero político más inestable desde la Segunda República, Solo la economía ha dado alguna buena noticia a pesar de no haberse repuesto del todo. Las millonarias cifras de paro siguen igual de aterradoras aunque hayan menguado. Las cuentas públicas no acaban de ordenarse. Desde hace dos años no hay Presupuestos del Estado y no los habrá, con suerte, hasta el 2021.

En definitiva, seis años de reinado envenenado y un horizonte poco halagüeño.

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