Dolores Delgado, una jurista con gran experiencia que naufragó en su traslado a la política

Las polémicas han acompañado la trayectora de esta fiscala «de trinchera», como ella misma se define

Dolores Delgado, en un acto en Madrid en diciembre del 2019
Dolores Delgado, en un acto en Madrid en diciembre del 2019

Madrid / La Voz

Vitalista, enérgica, trabajadora, un punto irreverente, lenguaraz, con gran sentido del humor y capaz de ponerse el mundo por montera. Así describen quienes la conocen a Dolores Delgado García (Madrid, 9 de noviembre de 1962). Ella se define como una fiscala «de trinchera». Más allá de las polémicas que le han acompañado, experiencia no le falta. Licenciada en Derecho por la Universidad Autónoma y máster en la Escuela de Práctica Jurídica, ejerció durante 25 años como fiscala en la Audiencia Nacional, en donde ocupó durante mucho tiempo el área de coordinación de la lucha contra el yihadismo. Ha ejercido también como fiscala en Tribunal Penal Internacional.

Su carrera está muy ligada a la del exjuez Baltasar Garzón, con quien forjó una estrecha amistad cuando él era titular del juzgado número 5, y con el que comparte la pasión en la lucha frente a los crímenes contra la humanidad. Fue la acusadora contra el exmilitar argentino Adolfo Scilingo, que acabó condenado a 1.084 años por el Tribunal Supremo en el 2007. Y también en la operación Temple, dirigida por Garzón, en la que se apresaron 15 toneladas de cocaína y se desarticuló en Galicia la banda de narcos conocida como Los madereros.

En el 2009, cuando aún no era tan conocida, estuvo presente junto a Garzón en la famosa cacería en Jaén en la que participó el entonces ministro de Justicia de Zapatero Mariano Fernández Bermejo, al que la jornada cinegética le costó el cargo.

Pertenece a la Unión Progresista de Fiscales y en abril del 2018 se convirtió en vocal del Consejo Fiscal. Pero muy poco después, en junio de ese año, dio el salto a la política como ministra de Justicia de Pedro Sánchez. Desde entonces, la acompaña la polémica.

Primero fue su negativa inicial a defender al magistrado del Tribunal Supremo Pablo Llarena, instructor del caso del procés, cuando el expresidente catalán, Carles Puigdemont, interpuso una demanda contra él en Bélgica. Una decisión que tuvo que rectificar casi de inmediato. Pero el escándalo llegó cuando, tras negar en el Congreso haberse reunido nunca con él, se difundió un audio de una comida en el 2009 en la que, siendo fiscala de la Audiencia Nacional, acompañaba junto a Garzón al excomisario José Villarejo, que le confesaba haber creado una red de prostitución para extorsionar a políticos y empresarios con «información vaginal». «Éxito garantizado», respondió Delgado, que en la misma cita tachó de «maricón» al entonces juez y hoy ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska. Fue reprobada por ello en el Senado, pero Sánchez la mantuvo en el Gobierno. Y lo mismo hizo cuando en noviembre del 2018 fue reprobada en el Congreso tras ordenar a la Abogacía del Estado acusar solo por sedición a los líderes del procés y destituir al responsable de la acusación, Edmundo Bal, por no acatar la orden.

El 2018 fue un año convulso para Delgado en lo profesional y en lo personal. En octubre se separó del empresario catalán Jordi Valls Capell, con el que estuvo casada 32 años y con quien tiene dos hijos. A Lola, como la conocen todos, le gusta el campo, montar a caballo y también los toros, hasta el punto de que llegó a torear en una capea privada organizada por el matador Enrique Ponce.

El 24 de octubre del 2019, fue la representante del Gobierno en la exhumación del dictador Francisco Franco y viajó en el helicóptero que trasladó el féretro, algo que, según dijo, vivió como «un momento histórico». Así vivirá también su llegada al culmen de su carrera como fiscala general del Estado. Allí le aguarda otra misión polémica. Fijar la posición del ministerio público en todas las actuaciones judiciales que afectan al procés.

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