Madrid / Colpisa

El domingo 23 de noviembre de 1975 hacía un frío de los de antes. Pero el día gélido no arredró a los fieles del régimen. Entre 60.000 y 100.000 personas abarrotaron la gigantesca explanada frente a la basílica del Valle de los Caídos. En torno a la una de la tarde, el féretro de Franco llegó al conjunto monumental erigido en el lugar conocido como Cuelgamuros. A las 14.11 horas, una losa de tonelada y media de piedra blanca selló la tumba con un ruido seco. Este jueves, 43 años, 11 meses y un día después, el ataúd saldrá del templo rumbo al cementerio de Mingorrubio para su segunda sepultura.

Una de las preocupaciones del régimen franquista era la gestión de los días posteriores a la muerte del dictador. Entre esas inquietudes estaba la del entierro. El Gobierno que presidía Carlos Arias Navarro contaba con las recomendaciones de la operación Lucero, un plan diseñado por el Servicio Central de Documentación, los servicios de inteligencia, para garantizar el tránsito institucional sin sobresaltos desde la muerte de Franco a la entronización del rey Juan Carlos. Había previsiones para el sepelio, pero las urgencias precipitaron decisiones que rozaron el esperpento. Franco no había dejado instrucciones sobre qué hacer. Su mujer, Carmen Polo, pidió que lo llevaran al panteón de Mingorrubio, regalo del Ayuntamiento de Madrid a la familia. Pero Arias Navarro impuso la tesis del Valle de los Caídos, refrendada por Juan Carlos I en su primer día de reinado. Al fin y al cabo, era un monumento de Franco erigido a mayor gloria de sí mismo. El historiador Ian Gibson relata que, en vísperas de inaugurar el Valle de los Caídos el 1 de abril de 1959, el dictador visitó el lugar y ordenó al director de las obras: «Méndez, en su día, yo aquí, ¿eh?». Aquí era detrás del altar y delante del coro. Cierto o falso, el caso es que Arias, con las recomendaciones de la operación Lucero, decidió que allí reposarían los restos.

Nadie se atrevió a consultarle

En vida, nadie se atrevió a consultarle. Daniel Sueiro, en su libro La verdadera historia del Valle de los Caídos, reproduce una charla de 1973 entre el presidente del Gobierno, Luis Carrero Blanco, y Arias, a la sazón ministro de la Gobernación. «Habla tú con él, un día que vaya a las obras se lo preguntas», anima Arias a Carrero, que responde: «¿Pero cómo voy a preguntarle yo? Para mí es muy violento». Era el sucesor in pectore. Ninguno dio el paso.

El teletipo que dio cuenta de la muerte tras casi 50 días de agonía saltó a las 4.58 horas del 20 de noviembre. Del hospital de La Paz fue trasladado a El Pardo para que la familia velara al difunto. A las 6.30 del 21 de noviembre se trasladó el cadáver con el uniforme de capitán general al Salón de Columnas del Palacio Real. Durante dos días, desfiló una multitud ante el cuerpo. Se calcula que en las 50 horas que permaneció expuesto pasaron entre 300.000 y 500.000 personas. También se dejaron ver por allí personajes como el general Augusto Pinochet, con sus gafas oscuras y un inquietante uniforme con capa gris, y la filipina Imelda Marcos.

Doble caja

A las ocho de la mañana del 23 de noviembre se cerró la capilla ardiente y 19 minutos después se selló el féretro con una doble caja de zinc y de madera. A eso de las 10.00 el cardenal primado, Marcelo Martín González, ofició una misa.

Para el traslado al Valle de los Caídos en un primer momento se pensó en un tiro de caballos con un armón de artillería, pero se desechó porque había que subir alguna cuesta empedrada y se corría el riesgo de un resbalón de los equinos con el consiguiente espectáculo. El ataúd fue en un camión Pegaso 3050 recién salido de fábrica, primero escoltado por lanceros y después por motoristas. El desplazamiento de 58 kilómetros se desarrolló sin novedades con la carretera jalonada por miles de personas.

A hombros del marqués de Villaverde y del duque de Cádiz

El féretro entró en la basílica a hombros del yerno, el marqués de Villaverde, el duque de Cádiz, y miembros de los tres ejércitos. Tras un responso del abad benedictino, Luis María de Lojendio, y en presencia de los reyes, el Gobierno, la familia, y algunos representantes de otros gobiernos, entre ellos el vicepresidente de Estados Unidos, Nelson Rockefeller, el ministro de Justicia y notario mayor del Reino, José María Sánchez-Ventura, preguntó a las 14.07 a los jefes de la Casa Militar y Civil de Franco si el cuerpo de la caja era el que recibieron en el Palacio Real. «Sí, lo es. Lo juro», contestaron entre sollozos.

A partir de ahí, el enterrador Gabino Abánades trabajó con rapidez. El ataúd se depositó a las 14.09 en el sepulcro de 226 centímetros de longitud, 126 de profundidad y 104 de ancho. Dos minutos después, estaba sellado por la losa con el nombre de Franco y una cruz. Fuera, se dispararon las salvas de ordenanza. Dentro, el rey se acercó a la lápida, bajó la cabeza, rezó, estuvo un rato en silencio y las 14.20 se marchó. Franco estaba enterrado. Hasta este jueves.

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Franco, al director de obras del Valle de los Caídos en 1959: «Méndez, en su día, yo aquí, ¿eh?»