División en la barricada

Grupos de manifestantes pacíficos se interpusieron entre los violentos y la policía para evitar enfrentamientos, en la noche más tranquila desde que comenzó el conflicto


REDACCIÓN / LA VOZ Barcelona / Colpisa

Después de seis noches de protestas, Barcelona es una ciudad cansada. En los aledaños del paseo de Gracia y vía Layetana pocos semáforos cumplen su cometido de regular el tráfico, porque están rotos. El asfalto quemado en cada cruce testifica como una cicatriz las noches de fuego que la ciudad ha vivido en la última semana. El independentismo sigue intentando imponer sus tesis ocupando las arterias de la Ciudad Condal y este sábado las protestas tuvieron como epicentro la plaza Urquinaona, donde la CUP organizó un acto «contra la represión por las personas detenidas», que ya suman 83 en total.

En torno a las seis de la tarde, cuando se iniciaba la convocatoria, pocos auguraban que la noche no fuera a derivar en actos vandálicos, como las cinco anteriores. Mientras los manifestantes empezaban a llenar la plaza, los comerciantes echaban el cierre a sus negocios. Se activaron las alarmas y agentes de los Mossos custodiaban todas las entradas registrando mochilas y bolsos de las personas que querían acceder a la protesta. Como medida de prevención, y a diferencia de otros días, los servicios municipales de limpieza retiraron de la zona los contenedores de basura, el material favorito de los CDR para levantar barricadas de fuego.

En el corazón de Urquinaona, cuatro furgonetas de la Unidad de Intervención Policial de la Policía Nacional eran el centro de las iras de los allí congregados. «¡Fuera las fuerzas de ocupación!», les gritaban en catalán. En ese momento se vivió una escena de pánico cuando uno de los manifestantes arrojó una botella de agua contra uno de los vehículos policiales. Estos avanzaron un par de metros sobre la gente congregada y provocaron una pequeña estampida en la que se vieron involucrados algunos padres con niños. Pero la tensión no fue a más.

Las escenas contrastaban con lo que se vivía a pocos metros de allí, en paseo de Gracia, la milla dorada barcelonesa, donde los turistas paseaban tranquilos con sus compras y al pasar por las calles que conectan con Urquinaona observaban curiosos el despliegue policial y se hacían fotos de recuerdo.

Sin embargo, conforme el cielo oscurecía, las caras de preocupación entre las fuerzas del orden aumentaban. En las jornadas anteriores, desde la publicación el lunes pasado de la sentencia del Supremo, a cada manifestación pacífica le seguía el capítulo de los enfrentamientos callejeros. Pareció confirmar esa teoría la llegada de grupos de encapuchados. La CUP anunció en torno a las ocho que desconvocaba la manifestación, pero la tensión empezaba a crecer y la multitud seguía en Urquinaona. En la entrada a vía Layetana, donde se encuentra la Jefatura Superior de Policía de Cataluña, se empezaron a congregar numerosos independentistas -con una media de edad de entre 17 y 22 años- con clara intención de provocar a los policías y mossos. Sin embargo, una cadena humana se interpuso entre ambos grupos para evitar enfrentamientos. Los antidisturbios amenazaron con cargar y cada lanzamiento hacia la línea policial era respondido con un abucheo. Otro grupo intentó levantar una barricada, pero pronto fue desmontada. Aunque los esfuerzos eran inútiles, la fisura en la trinchera ya era evidente.

Incidentes en Madrid

Mientras eso ocurría en Barcelona, en Madrid la Policía Nacional cargó contra un centenar de manifestantes que intentaron cortar la Gran Vía al finalizar una marcha de 4.000 personas que pedían la «amnistía de los presos políticos». Hubo 13 heridos, tres de ellos policías, y un detenido.

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