Miquel Buch, el poli malo de los colectivos secesionistas

El consejero de Interior de la Generalitat se ha convertido en el blanco de las críticas para los independentistas


redacción / la voz

El de consejero de Interior de la Generalitat se ha convertido en el puesto menos codiciado de la política española. Cuentan quienes conocen los escondrijos del Palau que, tras las cargas del lunes en el aeropuerto de El Prat, la dimisión de Miquel Buch (Premià de Mar, 1975) circuló en un sobre de despacho en despacho hasta que aterrizó en la mesa del presidente Quim Torra. No sabemos si Torra decidió apoyar a su consejero en la intimidad gótica de Sant Jaume o si, sencillamente, ahora mismo no encontraría sustituto para él. Ni el más ambicioso de los tiburones independentistas quiere sentarse en esa poltrona eléctrica. Pero, aunque en público Torra está muy lejos de haber mostrado su respaldo a una de las piezas clave del Govern, lo cierto es que Miquel Buch ha conseguido llegar vivo al fin de semana. Algo por lo que pocos apostaban el martes.

Rueda de prensa fantasma

Ese día, Miquel Buch, abrumado por la situación, decidió convocar a los medios para dar su versión de lo acontecido en El Prat, cuando los Mossos y la Policía Nacional tuvieron que cargar conjuntamente para evitar que los manifestantes tomasen las pistas del aeropuerto en protesta por el fallo del Tribunal Supremo. Pero no se trataba de una rueda de prensa al uso. Solo estaban invitados los periodistas de TV3, Catalunya Ràdio y la Agencia Catalana de Noticias. Por si el llamamiento a los medios afines no garantizase el blindaje ante las cuestiones incómodas, Buch fue más allá y anunció que durante la comparecencia se limitaría a ofrecer una declaración y que no contestaría a preguntas. Curiosa forma de entender un encuentro con los periodistas.

Ante el revuelo que se organizó, desde la Consejería de Interior rectificaron y realizaron una nueva convocatoria a la que ya estaban invitados todos los medios e incluso se aceptaban preguntas. Pero la cita fue pospuesta una y otra vez, hasta que finalmente fue cancelada. Los rumores de dimisión corrieron como la pólvora por las mullidas alfombras del secesionismo institucional.

Ya el miércoles, solo unas horas después de que los violentos montasen en las calles del centro de Barcelona su primer aquelarre separatista con decenas de hogueras y barricadas, Buch salió al ruedo para dar su versión de los hechos. Defendió el trabajo de los Mossos y recurrió a la clásica fórmula del nacionalismo para ofrecer una condena genérica de la violencia «venga de donde venga». Las peticiones de dimisión llovieron sobre él desde las filas soberanistas. ERC, la CUP, Arran, los CDR e incluso miembros de JxC como el candidato al Senado Roger Español -que perdió un ojo por una pelota de goma el 1-O- lo situaron en el centro de la diana como responsable de lo que denominaron «brutalidad policial» contra los manifestantes. Y, mientras esto ocurría, su jefe no encontraba tiempo para reunirse con él y darle unas palmaditas en la espalda. Ese mismo día, Quim Torra prefirió irse a una de las marchas por la libertad y pasear por la autopista AP-7 entre sus fieles.

Pero Buch no se arruga. Este antiguo convergente, que fue alcalde de Premià del 2007 al 2017, inició su vida laboral como portero de discoteca. Así que está curtido en el oficio. Ya sabe que la noche y el día son universos paralelos. Y que, al apagarse los fuegos nocturnos, reaparece Barcelona.

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