Barreiro Rivas disecciona cómo llegan los grandes partidos al 10N

El politólogo analiza los retos a los que se enfrenta cada formación en las próximas elecciones generales

La repetición electoral llega cargada de incógnitas. El próximo 10 de noviembre se librarán muchas batallas en las urnas y los grandes partidos llegan con deberes sin hacer. Muchas dudas, cambios de estrategia, problemas de organización y distensiones que están marcando la precampaña electoral. A todo este tablero, se ha sumado un nuevo interrogante. ¿Cómo afectará al resto de partidos la irrupción del partido de Errejón? La encuesta de Sondaxe para La Voz de Galicia pronostica que Más País irrumpiría en la Carrera de San Jerónimo con 19 diputados y Pedro Sánchez seguiría en la Moncloa y podría construir una mayoría absoluta con el apoyo de Pablo Iglesias e Íñigo Errejón. El politólogo Xosé Luís Barreiro Rivas analiza uno a uno los partidos y su situación de cara al 10N.

PSOE

Lo que parecía imposible en el año 1976 -articular una derecha no franquista, y una izquierda creíble para la gente y fiable para el sistema-, se consiguió en 1977, gracias a Suárez, que atrajo a la UCD a las tecnocracias más cualificadas de la España del desarrollo, y a Felipe González, que aggiornó la memoria mitificada del PSOE, su único capital, con un electorado que supo entender a la perfección dónde estaba la clave de funcionamiento de un sistema que -¡oh, sorpresa!- aún estaba por crear. Poco después, durante la redacción de la Constitución de 1978, se forjó el sistema a la medida de un electorado y un país que, apostando por la estabilidad y la moderación, funcionó en régimen de bipartidismo imperfecto, con un balance muy positivo, hasta finales de 2015.

Aunque UCD no era un partido, sino una aglomeración táctica de grupos de poder e influencia que fueron absorbidos por Fraga en 1982, es evidente que la continuidad del sistema quedó garantizada por dos partidos -PP y PSOE- que concentraban en sus programas y electorados los acuerdos básicos de la transición, y que tenían la cultura democrática suficiente para compatibilizar su voluntad de combatirse, como alternativas, con la necesidad de entenderse, como pilares de un sistema y un país que tuvo con ellos los cuarenta años de libertad y progreso más felices de los últimos siglos.

El PSOE solo está sufriendo una fiebre pasajera En el título de este artículo ya se da a entender que aquel gran PSOE, que los viejos tenemos en la memoria como una pieza fundamental del buen gobierno, está pasando un mal momento, y que más allá de los vaivenes electorales que empezó a sufrir a partir del zapaterismo, el liderazgo de Sánchez ha alterado, en su exclusivo beneficio, las alianzas subyacentes al sistema, que ahora empoderan a minorías extremas, a nacionalistas e independentistas, y a populistas de diversa especie, para que, con sus magras y minifundistas cosechas de votos, estén funcionando como claves de bóveda de la gobernabilidad del país. Y ahí andamos, y andaremos, si no espabilamos aína.

Por lo que a mí respecta, mantengo la opinión de que el PSOE solo está sufriendo una fiebre pasajera, que retroalimenta un electorado transitoriamente abducido por la ola de indignación y revisionismo populista que se expresa, en clave justiciera, contra la crisis y sus efectos sociales. Pero los riesgos que está asumiendo el sistema ya aconsejan tantear las hipótesis de que esta fiebre se quede en una profunda afección del sistema, que tiene buen pronóstico, o que ya estemos entrando en una dinámica de desgobierno e inestabilidad que acabará afectando a los cimientos culturales y sociales de la transición. Por eso conviene que el electorado adopte formas y comportamientos de medicina preventiva, antes de que un colapso multifuncional nos envíe a la tumba, repletos de teórica salud. Y a día de hoy solo se me ocurren dos recetas para salir de esta zozobra: inflar de votos al PSOE, para que gobierne; o dejarlo exangüe de apoyos, para que otro lo sustituya.

 

PP

Si la historia de la ciencia política refleja una confrontación irresoluble entre dos enfoques, la lucha por el control del poder y de los recursos sociales -como creía Marx-, o el esfuerzo por la creación de un marco social de orden y justicia -como pensaba Aristóteles-, también el PP se distingue por ofrecer dos imágenes contradictorias -«las dos caras de Jano», decía Duverger- que resultan muy difíciles de gestionar para el electorado y para sus militantes: la de una organización zaherida y desgarrada por una larga e intensa ola de corrupción, o la del partido que mejor gestiona las políticas de Estado, y el único capaz de reconstruir nuestra fortaleza política y económica cada vez que las crisis, la demagogia o el populismo nos dejan a los pies de los caballos.

Precisamente por eso, porque tiene dos caras, la imagen del PP se debate entre el blanco y el negro, o entre los que piensan que la corrupción de muchos de sus dirigentes debería llevarlo a desaparecer, y los que están convencidos de que su gestión de la economía y su sentido del Estado debería situarlo de nuevo en el palacio de la Moncloa. Debido a que la memoria colectiva es muy débil, y a que la tragedia de la corrupción del PP es reciente, hay mucha gente que cree que la corrupción y contradicción de sus comportamientos son atributos distintivos del PP, sin darse cuenta de que otros partidos de poder -especialmente el PSOE y CiU- pasaron por idénticas etapas, y que en el momento de perpetrar sus fechorías -al final del felipismo y del pujolismo- también estos partidos sobrevivieron porque se les toleraron los saqueos que hacían por lo bien que habían gestionado.

El PP se asienta sobre un pésimo relato, habla lenguajes trasnochados y carece de una estética civil Hoy nadie duda de que el PP es un partido sistémico; es decir, que es necesario para que el sistema funcione, y que no tenemos, ni a medio plazo se vislumbra, quien pueda sustituirlo. Es cierto que pudo colapsar, imitando el suceso de UCD, en las elecciones del 28A, cuando, afectado por la desgraciada conjunción astral entre los procesos penales, la salida de Rajoy y la avalancha de novatos, obtuvo el peor resultado de todas sus versiones desde 1979. Pero muy pronto se vio, gracias a las elecciones autonómicas y locales, que su magnífica estructura organizativa nada tenía que ver con el tinglado que, con el nombre de Ciudadanos, aspiraba a sustituirlo. Y por eso empezamos a vislumbrar que la historia de su previsible recuperación -paralela a la del PSOE-, coincidirá con la vuelta a la normalidad de nuestro vapuleado sistema.

El PP, que se entregó en cuerpo y alma al craso principio de James Carville -«¡es la economía, estúpido!»-, se asienta hoy sobre un pésimo relato, habla lenguajes trasnochados, y carece de una estética civil que le permita convivir con normalidad con esa mitad de españoles que nunca le van a votar. Pero todos sabemos que el peligroso estrés político y económico al que estamos sometidos no va a tener completo remedio hasta que -cuando el respetable lo decida- volvamos a pasarlo por el riguroso tamiz del PP.

Ciudadanos

Aunque la fundación de Ciudadanos (Cs) se remonta al 2006, apenas tuvo relevancia hasta el 2015, cuando el fraccionamiento de la estructura de partidos, la deslegitimación de la Transición y el conflicto independentista le ofrecieron la ocasión de dar el salto a la política nacional, y proponerse como una alternativa ética, liberal y modernizadora al PP. Los teóricos de esta oportunidad -abonada con los fichajes de Garicano, Nart y De Carreras- daban por supuesto que, reblandecido el bipartidismo, y destrozada la condición de bisagra que había monopolizado CiU, se hacía imprescindible un partido liberal que, metido entre el PP y el PSOE, debía convertirse, con 20 o 30 diputados, en el centro del sistema y de la gobernabilidad del Estado.

El plan era tan perfecto, y tenía razones tan poderosas, que tuvo éxito pleno en sus principales objetivos. Primero, creció como la espuma; gozó del beneficio de los tertulianos más yuppies; superó al Podemos que quería asaltar los cielos; se implantó en los niveles autonómico y local; ganó unas elecciones en la Cataluña del procés; y, con personajes como Inés Arrimadas, se convirtió en el paradigma de las nuevas clases políticas que todos querían imitar. Y segundo, más milagroso aún, culminó todas sus expectativas en las elecciones del 28A, al convertirse en el partido bisagra que, con 57 diputados, podía darle la mayoría absoluta al PSOE, y situarse como árbitro de todos los poderes.

El Rivera de hoy apenas es una sombra de lo que quiso ser y en cierta medida fue Pero el diablo, que no duerme, aprovechó la moción de censura del 2018 para romper el saco de ambiciones del voluble Rivera, y para convencerlo de que el control del centro liberal era muy poco para el este Talleyrand barcelonés. Y para eso le hizo creer que la conjunción astral entre un Sánchez embarrado por la mayoría Frankenstein, y un Casado cargado con las mochilas de la caída de Rajoy y las tardías rebabas de la corrupción, eran su oportunidad para -cuando se produjese el inexorable hundimiento del sanchismo- gobernar España.

Y ahí perdió la brújula. Porque, emulando el asalto a los cielos de Iglesias, trazó un cordón sanitario alrededor del PSOE; adelantó al PP, por la derecha, en todo lo referido a Cataluña; coqueteó con el populismo económico en temas tan sensibles como las pensiones y los autónomos; pasó de patriota a españolero; sacrificó a Arrimadas; se alejó de los que le habían proporcionado un caché inmerecido, y se proclamó jefe de una oposición que no le correspondía. Hasta que todo lo que parecía fortaleza, inteligencia y sagacidad empezó a derrumbarse como un castillo de naipes.

El Rivera de hoy apenas es una sombra de lo que quiso ser y en cierta medida fue. Y la única oportunidad que le queda es aprovechar estas elecciones para reconvertirse en la bisagra que pudo ser, y pactar con el PSOE. Pero ahora tiene dos enormes inconvenientes: que todo lo que hace resulta incongruente con todo lo que hizo; y que es posible que la suma del 28A ya no vuelva a repetirse. Porque «hojas del árbol caídas, juguetes del viento son».

Unidas Podemos

La intuición y el sentido de oportunidad que mostró Pablo Iglesias en el 2015, cuya esencia consistía en transformar un movimiento social -el 15M- en un partido político, siguen marcando el presente de Unidas Podemos (UP), que ofrece al analista dos visiones contradictorias. La parte exitosa fue el rápido y sorpresivo crecimiento del nuevo grupo político, que descolocó a los partidos clásicos, inoculó en el electorado el virus de la dispersión y el cuestionamiento del sistema, e instaló en nuestra cultura política un populismo de apariencia social y revolucionaria que le permitió entrar en todos los caladeros de voto y encandilar, con la misma velada inconsistencia, al proletariado revolucionario, a la gauche divine y a los tenientes generales jubilados.

Pero la parte problemática, la que desintegra UP en confluencias y mareas, la que produce más líderes díscolos que hombres y mujeres de Estado, la que utiliza el voto de los inscritos para disimular los ramalazos dictatoriales del clan de Galapagar, y la que no consigue reconducir su revolución regeneradora a un programa para gobernar o pactar con toda normalidad, también tiene la huella genética de aquel movimiento social, cuya naturaleza magmática está destruyendo a Iglesias con la misma velocidad que lo construyó.

El techo y las opciones de UP ya están rebajadas al nivel de sus resultados del 28A Personalmente creo que Iglesias -que se comportó como un politólogo avispado pero con escasa experiencia y madurez-, se dio cuenta desde el principio de que un movimiento como el 15M no era susceptible de transformarse en un partido político sistémico, y que por eso estaba abocado a crecer y enfriarse con la misma rapidez. Y ese fue -no su impaciencia- el motivo que le condujo a la célebre estrategia de «asaltar el cielo» -o intentar el sorpasso al PSOE- cuanto antes. Pensaba Iglesias, con razón, que el poder era el único púlpito desde el que podía lograr la conversión de Podemos en un partido político. Y a ese objetivo apostó todas las fichas que había acumulado en el asamblearismo callejero. Pero este plan, cuyo éxito tocó con los dedos en las elecciones del 2015, fracasó para siempre en el 2016, fecha desde la que el marinero Iglesias intenta navegar por el proceloso mar del Norte pilotando una balsa de rafting.

Pablo Iglesias es un político de raza, inteligente y osado, aunque inexperto. Y por eso le queda -si quiere- mucha vida política. Pero el techo y las opciones de UP ya están rebajadas al nivel de sus resultados en las elecciones del 28A, porque el régimen de la Transición no se hundió, la regeneración moral y política no se produjo, el multipartidismo se convirtió en una plaga, el PSOE está de remontada, y «la gente» ya anda otra vez por donde solía. Y la balsa de troncos en que se ha convertido UP -atiborrada de confluencias, comuneros, ahoras, mareas, personalismo y asamblearismo- ya no es convertible en aquella carabela Victoria con la que Elcano -que sirva esta metáfora a su gloria y recuerdo- le dio, hace cinco siglos, la vuelta al mundo.

Vox

El marco pintiparado para la eclosión de Vox fueron las elecciones andaluzas del 2 de diciembre del 2018 -cuando el desgaste de Susana Díaz y la crisis sucesoria del PP hicieron posible la sorpresa de los doce escaños-, y las posteriores elecciones generales del 2019, cuando la buena estrella del sanchismo, y la guerra civil entre el PP y Ciudadanos por el liderazgo de las derechas, permitieron a Abascal tantear la posibilidad de que los movimientos de la extrema derecha, que modificaron el panorama europeo, empezasen a arraigar en la hasta entonces inabordable -para ellos- política española. Las formas y circunstancias de la transición democrática introdujeron en España una cultura política con fuertes inercias hacia la moderación y el centrismo, y es muy difícil que esta situación cambie de forma sensible si no se produce un colapso total del sistema que solo unos pocos andan buscando.

Pero los resultados de Vox el 28A, que en términos absolutos fueron buenos (24 escaños), quedaron muy lejos de sus mal fundadas esperanzas, y todo indica que el comienzo de la legislatura que ahora se derrumba, y el proceso de negociación de los gobiernos regionales y locales, marcaron el techo electoral de lo que en el fondo sigue siendo una anomalía -circunstancial y pasajera- de nuestro sistema de partidos. Por si la impresión de los primeros días no fuese suficiente, es evidente que el aborto de esta legislatura, que deja a Abascal casi inédito, y que le permitió al PSOE y Unidas Podemos copar toda la atención de este crítico escenario, llevó a muchos ciudadanos a la convicción de que jugar por los extremos en las competiciones políticas es, al contrario de lo que sucede en la Champions, poco rentable y nada ilusionante. Y por eso cabe esperar que el próximo reforzamiento electoral del PSOE y el PP, que todos los sondeos pronostican, le haga a Vox un roto bien visible, del que le será muy difícil reponerse.

La lenta remontada que se le pronostica al PP va a pautar el regreso de Vox hacia su irrelevancia En contra de la crítica fácil con la que muchos analistas trataron de estigmatizar a Vox y a todo lo que Vox tocaba, como si la foto de Colón fuese el contaminante desastre de Chernóbil, creo que Vox se va a hundir -o a fosilizarse- sin necesidad de que nadie le ayude. Su imagen y su proyecto no son congruentes con el momento y el país que estamos viviendo. Su infantil e inmaduro radicalismo resultó insuficiente para ser equiparado al de las extremas derechas de Italia, Francia o Centroeuropa. Y el hecho de cargar las tintas sobre debates menores redujo su identidad a una derechona confusa y antiestética que solo sirvió para debilitar al PP y reforzar a Sánchez, sin abrir ningún espacio electoral susceptible de acoger una posible derecha antisistema. Por eso creo que la lenta remontada que se le pronostica al PP va a definir y pautar el regreso de Vox hacia su irrelevancia, ya que, teniendo en cuenta nuestra historia y nuestro modelo de vida, no parece posible encontrar en España clientes suficientes para una mercancía tan minoritaria y políticamente estéril. 

Más País

Corre el tiempo tan de prisa que hace doce días, cuando inicié la serie Partido a partido, inspirándome en el cristiano y evangélico orden -«los últimos serán primeros, y los primeros últimos» (San Mateo, 19,30)-, aún no se había fundado este sexto pelotón del aquelarre nacional. Aunque el nombre de este engendro -Más País- vale para todo y para nada, para encandilar a todos y todas, para motivar por igual a jacobinos y confederales, y para despertar la mística patriótica y social de la izquierda y la derecha, yo, al ver que los periódicos capitalinos tienen a su joven fundador por el «santo advenimiento», prefiero denominarlo «Más Errejón», porque este sintagma nominal resume con ventaja sus postulados ideológicos, y porque favorece su correcta identificación por los votantes de Podemos que, en pleno frenesí del «sí se puede», quieren emular a Judas Iscariote.

Si hacemos el análisis en perspectiva pluralista, es evidente que el errejonismo, cuyo único objetivo es robar papeletas y capacidad estratégica a Iglesias, no añade nada a la panoplia de opciones que manejamos los votantes, ya que solo sirve para incrementar la ingobernabilidad estructural del último quinquenio; para potenciar los vaivenes retóricos de Sánchez; y para confundir al respetable, y personalizar en un líder con cara de niño bueno lo que quiso ser un movimiento de masas, revolucionario, antisistema, izquierdista y social-populista. Y eso significa que Errejón solo puede aspirar a formar una unidad simbiótica con el sanchismo, para darle algunos folgos, antes de convertirse en un ministro fiable y afiliarse al PSOE.

Errejón solo puede aspirar a formar una unidad simbiótica con el sanchismoDado que la política, como los designios de Dios, es bastante inescrutable, no es fácil saber si la jugada de Sánchez -el Gran Hermano de Errejón- va a disparar el tiro por el cañón o la culata, ya que, entre la infinidad de combinaciones que concentra cualquier trapallada, nunca se puede descartar ni un finis coronat opus, ni un roto para un descosido. Lo que sí se sabe es que este oportunismo enrabietado de Errejón no va a aportar nada bueno para la democracia española, ya que lleva en su ADN todos los defectos que hundieron a Pablo Iglesias: en vez de nacer como un partido, con unidad de acción y programa, se presenta como un conglomerado de opciones definidas por su voluntad de centrifugar el Estado, por su localismo irredento y por su querencia por la desintegración atómica de las confluencias. En su propuesta -que desviste un santo para vestir otro- confluyen objetivos cutres y contradictorios. Y su imagen refleja una ambición personal y un tacticismo extremo que, en la España actual, no tienen ningún sentido.

El sainete resultante es de tal calibre que ni siquiera Manuela Carmena, tan extrañamente endiosada en su inoperancia, quiso poner su foto en tan extemporánea y disolvente taifa. Por eso me siento legitimado para cerrar este análisis con el desesperante arrecendo de un refrán muy popular que he adaptado para la ocasión: éramos pocos, y parió el nieto.

 

Encuesta a 42 días para el 10N: el efecto Errejón dinamita el Congreso

La Voz

La encuesta de Sondaxe refleja que la irrupción de Más País facilitaría una mayoría de izquierda junto a PSOE y Podemos, y una recuperación del PP, que llegaría a 87 escaños

Si España vota el 10N como recoge la encuesta de Sondaxe para La Voz de Galicia, Pedro Sánchez seguiría en la Moncloa y podría construir una mayoría absoluta con el apoyo de Pablo Iglesias e Íñigo Errejón. El PSOE sumaría 119 diputados, cuatro menos que en la cita del 28 de abril, con una caída de intención de voto del 28,7 % al 26,1.

Del nuevo escenario electoral se beneficiaría sobre todo Más País, que irrumpiría en la Carrera de San Jerónimo con 19 diputados, catorce con su propia marca -uno de ellos en Galicia- y cinco procedentes de la alianza con Compromís en Valencia. Juntos acumulan casi el 6 % de los votos.

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