La guerra entre los independentistas catalanes baja el tirón de la Diada

El número de inscritos es el más bajo de los últimos seis años, según la ANC

La presidenta de ANC, Elisenda Paluzie,
La presidenta de ANC, Elisenda Paluzie,

madrid / colpisa

Las cifras que aportó este viernes la Asamblea Nacional Catalana dejan entrever una cierta desmovilización del independentismo, que llega a la manifestación del 11 de septiembre con discrepancias internas sobre la estrategia a seguir y dificultades para preservar la unidad. Los inscritos para participar en la marcha de la Diada han caído un 25 % respecto al año pasado y, de momento, los 37.500 apuntados representan el dato más bajo de los últimos seis años. En el 2013, eran 350.000.

El lema de esta edición es Objetivo Independencia. La ANC, aún así confía en que la manifestación volverá a ser «masiva». Se agarra al dato de venta de camisetas y que ha aumentado un 5 % hasta llegar a las 178.000 (270.000 en el 2017). Además, situó alrededor de 450 los autobuses reservados para facilitar el trasladado a Barcelona (1.500 en el 2017) y atribuyó, en parte, el descenso detectado a que este año no hay sobre el programa ninguna performance que aconseje inscribirse.

En realidad, la cita del 11 de septiembre ha servido tradicionalmente para medir la fuerza del secesionismo y ha logrado algunos de sus mayores picos de inscripciones los años en los que se ofrecía una causa común: la consulta del 9 de noviembre del 2014, las elecciones del 27 de septiembre un año después y las semanas previas al referendo ilegal del 1 de octubre del 2017. Pero en este caso, y aunque la sentencia del Tribunal Supremo por el proceso del 1-O está prevista para principios de otoño, el independentismo no llega como un bloque compacto con una sola idea de cómo reaccionar a la decisión judicial y qué camino adoptar.

La ANC ha redoblado su presión sobre las formaciones independentistas, a las que reprocha haber caído en «luchas partidistas», haber cerrado pactos con el PSC y no haber mantenido una hoja de ruta clara hacia la secesión. En este marco, algunos exconsejeros republicanos, como Josep Huguet y Anna Simó, se descolgaron ya de la convocatoria del 11 de septiembre por la «música antipartidos» y por estar ERC en el foco de la crítica. Las fricciones llevaron incluso al exportavoz en el Congreso, Joan Tardá, a censurar que la entidad se haya inclinado por actuar como un «contrapoder». 

Confrontar frente a dialogar

El último capítulo lo han protagonizado esta semana Oriol Junqueras y Quim Torra. El líder de Esquerra abogó por el diálogo y la negociación con el Gobierno como vía de solución. Y se desmarcó de la estrategia de confrontación que defiende el expresidente Puigdemont. Y, además, aceptó como posible abrir las urnas una vez se conozca la sentencia del Supremo. Apenas 24 horas después, el presidente de la Generalitat hizo suyos los postulados de Puigdemont, llamó a considerar «la desobediencia civil dentro del marco democrático», defendió como un deber no acatar «las leyes injustas» y abogó por retomar el pulso tras constatar que el Ejecutivo central no pactará un referendo de autodeterminación.

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