Ciertos animales fingen estar muertos para salvarse. Algunas serpientes y las zarigüeyas, por ejemplo, logran hacer un cadáver tan perfecto que sus depredadores los dan por amortizados y pasan de largo.

El ser humano también practica el antiguo arte de la tanatosis. James Bond fue entrenado por el MI6 para reducir hasta la nada su frecuencia cardíaca y huir de sus malignos enemigos. Ya sé que no tiene tanto glamur como el 007 de Pierce Brosnan, pero hasta ahora yo nunca había visto a nadie hacerse el muerto con la habilidad de Mariano Rajoy. Y no me refiero a su ya histórico baño en las aguas del Umia, sino a esa capacidad suya para agarrar el joystick del país y congelar la partida en la pantalla. «Medir los tiempos», llamaba él a esa exasperante pachorra que desesperaba a sus rivales y, ya no digamos, a sus compañeros del Partido Popular.

Rajoy llegó a ser un holograma de sí mismo y todos nos preguntábamos si aquel señor del plasma no habría dejado grabado su discurso el día anterior y en realidad no estaba en Génova, sino en Sanxenxo, oteando el horizonte de Silgar desde una hamaca.

Y, cuando pensábamos que esta nueva generación de políticos -todos ellos indomables y llamados a regenerar, depurar o incluso volar por los aires el sistema- había acabado con la desidia y la parsimonia del astuto y sigiloso Rajoy, resulta que Mariano tiene en Pedro a su gran discípulo. Porque Sánchez, al que tanto le irritaba aquel presidente televisado, al final nos ha salido un perfecto imitador de Rajoy. Será la Moncloa, que aplaca la verborrea, pero Pedro Sánchez ha aprendido que, en estos tiempos, lo más sabio es hablar lo justo y difundir los mensajes en dosis homeopáticas. Porque sabe que, para sobrevivir en la pira mediática de esta era de cartón piedra, el dogma de fe es el marianismo: no hacer nada para no cometer errores.

Por eso Sánchez le ha cogido gusto a la tanatosis y, a solo unos días de someterse al debate de investidura, el país contempla algo estupefacto (tampoco demasiado) cómo el presidente se hace el muerto con la misma maestría que Mariano Rajoy, ciertos marsupiales y las culebras de collar.

Aunque yo creo que lo que de verdad sucede es que, tanto Rajoy como Sánchez, lectores voraces, un día descubrieron que tenía razón el poeta Carlos Oroza cuando escribió: «La ociosidad es el estado perfecto para los grandes acontecimientos».

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El presidente se hace el muerto