Arnold Schwarzenegger en el Tribunal Supremo

Algunos pensaban que Carles Puigdemont era el mismísimo John Connor, y que había venido al mundo para salvar a Cataluña de su propia historia

El juicio por los sucesos del otoño del 2017 en Cataluña ha quedado este miércoles visto para sentencia
El juicio por los sucesos del otoño del 2017 en Cataluña ha quedado este miércoles visto para sentencia

Encendí la tele pensando que iba a ver el día del final del juicio y me encontré justo con lo contrario. Echaban el día del juicio final. En lugar de la última sesión de la vista por el 1-O, ponían Terminator 2: el juicio final, la película en la que Arnold Schwarzenegger llega del futuro para combatir a un flamante Terminator T-1000 de metal líquido que amenaza con cargarse al pequeño John Connor.

Cuatro meses, 50.000 folios, 52 sesiones y 422 testigos después, tras rumiar los informes finales de los defensores, los acusados se acogieron al «derecho a la última palabra», que no resulta algo anecdótico en un país donde todo el mundo quiere pronunciar siempre la última palabra. Y resulta que los doce del patíbulo -el original inglés suena más contundente: The Dirty Dozen- trataron de convencer al tribunal de que ellos no eran las diabólicas máquinas que habían puesto en marcha la rebelión contra el Estado, sino la resistencia heroica de un pueblo oprimido por el maligno Leviatán español. Y para ello recurrieron a los versos de Gil de Biedma, a las citas de Sócrates o al traje amarillo elegido para la ocasión por Carme Forcadell (los varones, más temerosos, vistieron prendas oscuras).

Aunque algunos lo llamen despectivamente el Salvaje Oeste, los wésterns nos enseñan una de las lecciones más importantes de la vida: que a partir de los seis años tenemos que asumir las consecuencias de nuestros actos. Los doce acusados y los fugados, envalentonados por la indolencia de Rajoy, se creyeron que podían seguir rompiendo juguetes en los despachos de la Generalitat y que nadie les iba a sentar en la silla de pensar. Pero el Estado siempre acaba por aparecer. Suele hacerlo en solitario, en medio de la calle polvorienta del pueblo, donde todos los lugareños han cerrado las cortinas, y recoge del suelo la placa del sheriff para ponérsela en el pecho. Ante la incomparecencia del Gobierno, ha tenido que salir al rescate el Tribunal Supremo, con el magistrado Manuel Marchena al frente.

En esta última sesión escuchamos a las defensas acusar a los fiscales de «exagerar». Me recordó a esa escena de Apocalypse Now en la que encargan a Martin Sheen liquidar a Marlon Brando (el coronel Kurtz). «Acusar a alguien de asesinato aquí es como poner multas por exceso de velocidad en las 500 millas de Indianápolis», replica Sheen. Exacto.

Este miércoles echamos de menos en el banquillo al prófugo Carles Puigdemont. Algunos pensaban que el expresidente de la Generalitat era el mismísimo John Connor, y que había venido al mundo para salvar a Cataluña de su propia historia. Pero Puigdemont ni siquiera tiene las agallas de Arnold Schwarzenegger, que en el remate de Terminator 2, para evitar el juicio final, se inmola sumergiéndose en una balsa de hierro fundido. Puigdemont ha preferido esconderse en Waterloo.

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