Iglesias lanza una invitación al PSOE con el traje de estadista

Jugó a la moderación con la Constitución en la mano

Pablo Iglesias, durante el debate de TVE
Pablo Iglesias, durante el debate de TVE

redacción / la voz

Lejos queda para Podemos el discurso de la casta. Al menos, queda lejos para su líder que, a falta de corbata, se vistió en el debate de moderado, estadista y constitucionalista. Pablo Iglesias apeló reiteradamente a la Constitución, aunque fuese para insistir en que no se cumplía y aunque, con la Carta Magna en la mano, no dejase de recordar a Nicolás Maduro. Lo hizo con un plan bien estudiado siguiendo dos objetivos; el primero, que frente al discurso subido de tono de la derecha, él era capaz de ofrecer el discurso de la España real. Y el segundo, que a la vez que le tendía a Pedro Sánchez la mano para gobernar, desnudaba las supuestas intenciones ocultas del PSOE de gobernar con Ciudadanos. Para lo primero, afeó a sus compañeros de mesa y contrincantes «determinado lenguaje que deberíamos dejar de lado» y les conminó a evitar la «sobreactuación, los insultos o las grandes declaraciones». Para lo segundo, emplazó a Sánchez varias veces a que dijese si iba a pactar con Rivera «porque los electores de izquierdas quieren saberlo». E interpretó el silencio del presidente del Gobierno como que sí, que era a donde él quería llegar.

La Constitución le sirvió del primer al último minuto del debate. Nada más empezar sus intervenciones, para recordar que no se cumple ni en política fiscal ni social, lo que le dio pie a prometer que Podemos bajaría el IVA, reduciría los impuestos a los sectores más necesitados y obligaría a los bancos a devolver el dinero prestado por los ciudadanos. Todo ello evitando discursos grandilocuentes y poniendo ejemplos de andar por casa: la cesta de la compra, el recibo de la luz...

Incluso cuando llegó la hora de abordar el debate territorial lo hizo desde el respeto a la Carta Magna; en este caso, por interpelación de Sánchez, que le preguntó si solventaría el conflicto catalán desde los parámetros constitucionales, e Iglesias le dijo que sí, a la vez que lamentó que los demás partidos solo se acordasen de la Constitución «para hablar del artículo 155». Y sin quitarse la camisa de estadística, pidió «diálogo, diálogo y diálogo», riñó a sus compañeros y les pidió que se comportaran, que la gente se merecía «un debate sosegado», que tuviesen en cuenta que los estaban viendo «fuera del país». Y recordó que en España había más debates territoriales que el de Cataluña, apelando a los problemas de la España vacía tan presentes en campaña.

Pablo Iglesias dijo claramente que quería gobernar. Dando por hecho que no habrá mayorías absolutas, apeló a «ser humildes, claros y cristalinos». Y enumeró las posibilidades que había: un bloque de derechas, un bloque de izquierdas o un pacto PSOE-Ciudadanos. Él le tendió la mano a Sánchez no sin antes reprocharle sus veleidades con Rivera o su pasividad ante las cloacas del Estado, que utilizó de forma victimista. Pero se la tendió sin ambigüedades. A los desencantados de la política les aseguró que sí, que «sirve para cambiar las cosas». Y una vez más hizo acto de contrición por los errores cometidos en el pasado, pero sacó a la luz su independencia y su integridad: «A nosotros no nos compra nadie», advirtió. El Iglesias más moderado y previsible pidió a los electores «una oportunidad».

LO MEJOR Tuvo claro a qué sector de la población se dirigía y en todo momento marcó distancias con su contrincantes

LO PEOR Demasiado previsible, en su afán por ser moderado no sorprendió ni se salió del guion que tenía preparado

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