Los trapos sucios de los revolucionarios de las sonrisas


Hasta 110 personas han declarado, bajo juramento, que el 1-O y la revolución de las sonrisas que iba a conducir a los catalanes -a todos, los secesionistas y a los que no lo eran- hacia la independencia fue mentira. Que no era un movimiento pacífico y que, bajo el intento de manipulación de los medios internacionales y de supuestos referentes como el ahora detenido Julian Assange y sus 14.000 tuits en tres días, eran las fuerzas de seguridad «españolas» (léase como un insulto) las que habían reprimido las ansias de libertad de los expoliados catalanes, víctimas no de los Pujol, los Torra y los Puigdemont, sino del terrible centralismo madrileño.

110 personas han contado como fueron golpeadas, amenazadas, vejadas, puestas en la diana, aisladas y rechazadas por las hordas violentas alentadas por el discurso xenófobo de la Generalitat e incluso por los medios públicos catalanes, cuyos responsables enfilan también el camino del banquillo.

Ni siquiera el otrora adorado mayor Trapero ha sido capaz de negar lo evidente: la revolución de las sonrisas no era más que una mascarada en la que todos sabían que el final era trágico y que debajo de la mentira solo había más mentira. Y, claro, una senda no hacia la independencia, sino hacia la cárcel. Excepto, los que no han querido asumir sus responsabilidades y que, despreciando a los que sí lo hacen, prefirieron huir a un cómodo retiro pagado por todos los catalanes con la anuencia del Gobierno central.

Dos meses y medio de juicio nos han enseñado los trapos sucios del desafío secesionista. Bajo la grandilocuencia de los que iban en coches oficiales, miles de personas sufrían una opresión digna de una sociedad civilizada. ¿Habrá justicia para todos ellos?

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