La derecha se aferra al voto vergonzante

La opacidad del voto se ha colado como nunca incluso en los discursos domésticos.

Santiago Abascal, ante la estatua de Pelayo en Covadonga
Santiago Abascal, ante la estatua de Pelayo en Covadonga

santiago / la voz

Después de situar la encuesta oficial en el punto de caramelo que precisaba el Gobierno, José Félix Tezanos se ha puesto la venda: «No creo que el PP haya perdido tanto, y Vox puede tener voto oculto». Con un 42 % de indecisos, posiblemente sea la afirmación más certera que haya salido de la factoría CIS en los últimos meses, porque responde más al sentido común que a cualquier corrección científica que puedan aplicar sus cocineros cuando acribillan a preguntas a los que dudan hasta extirparles el llamado voto estimado.

Pero no es suficiente para aventurarse con el resultado final. Por debajo de ese nivel se cuentan por cientos de miles, a veces millones, los votos vergonzantes, los que se ocultan demoscópica y socialmente por temor a sentirse avasallado o etiquetado por los asertos progres, liberales o conservadores, según toque. Son votos que no tenían dueño ideológico hasta que llegaron los populismos, para los que trabajan con silenciosa eficacia. Pero también se benefició de ellos Felipe González en 1993, cuando ya arrastraba casos de corrupción para frenar un AVE a Sevilla; o el PP en comunidades como Madrid o Valencia, donde todo el mundo silbaba mirando hacia arriba mientras depositaba la papeleta de Camps e Ignacio González. Arrasaron.

Los partidos en el poder y los salpicados por el deshonor han sido tradicionalmente los receptores de unos sufragios que valen más por lo que callan, pero para los expertos en sondeos son como un agujero negro: «No es un voto que detectemos a nivel técnico, porque cuando hacemos una encuesta hay gente que de verdad no sabe a quién va a votar, pero los que se niegan a revelarlo son muy pocos», explica Carlos Cigarrán, director de Sondaxe. Y sin embargo existen, y algunos de ellos son los que, precisamente, se niegan a contestar a los encuestadores por teléfono o en la calle, por lo que su opinión no está registrada. «Eu non coñezo a ninguén do meu contorno que vaia votar a Vox, pero hainos», advierte el profesor universitario y politólogo Miguel Anxo Bastos, que centra en el partido de Santiago Abascal y en el PP el grueso de los votos ocultos que no se revelan. Hay motivos: «Vox está estigmatizado, apenas conta con medios ao seu favor e non teñen referentes positivos ou líderes de opinión», y eso achica socialmente, pero no encoge la mano cuando hay que meter el sobre en la urna, como ocurrió en Andalucía.

La sensación de traición es la cuarta pata del voto vergonzante, una experiencia que estuvo a punto de tumbar a los socialistas ante Podemos en el 2016 y que ahora le toca padecer al PP, que cuenta con simpatizantes que llevan cuarenta años por el carril a los que les cuesta horrores verbalizar ante un desconocido que no van a apoyar al partido de toda la vida. A eso se aferra la derecha.

Está caro acertar. La opacidad del voto se ha colado como nunca incluso en los discursos domésticos. En el bar, en el trabajo, a la hora de comer con los cuñados y a la de meterse en la cama con la pareja. Nunca fue tan complicado confesar la opción política sin ponerse colorado.

 

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