La peligrosa política de lo efímero


EEN LA FRONTERA

España se va a jugar su futuro en una concentración de elecciones sin precedentes. En unos meses, los ciudadanos van a renovar el Parlamento y el Gobierno, los ayuntamientos y hasta sus representantes en Bruselas, donde se toman ya la mayoría de las decisiones de las que depende nuestro bienestar diario. Y poco después volverán los catalanes a las urnas, cuando se conozca la sentencia del trascendente juicio por el desafío secesionista. Sin necesidad de caer en la hipérbole, es evidente que los españoles nos jugamos mucho. Van a ser unos meses de saturación política, pero será bueno no sucumbir a la tentación del hastío que nos invadirá en muchos momentos. Para que no nos ocurra como a ese 26 % de los abstencionistas andaluces que, una vez conocidos los resultados, se arrepintieron de no ir a votar. Al igual que los grandes viajes se componen de muchos minúsculos pasos, las grandes transformaciones a menudo dependen de pequeñas decisiones.

España es hoy un país políticamente fracturado, socialmente polarizado. Y no es bueno, porque siempre ha sido la antesala de la tragedia. Vivimos en una sociedad compleja, atravesada por múltiples intereses entrecruzados. Intentar reducirla a la simplicidad de un tuit no solo es una traición a la realidad; es, sobre todo, una peligrosa simplificación que dibuja un mundo en blanco y negro que solo sirve para alimentar las banderías y los enfrentamientos. Conviene también tomar la necesaria perspectiva temporal. La vida no se resuelve en cinco minutos, aunque a veces nos lo parezca. Esa política de lo efímero ha llevado a callejones sin salida como el del brexit. El voto del desahogo tiene un recorrido fugaz, pero unas consecuencias duraderas. Y nefastas. Porque se genera un problema del que después nadie se hace responsable. Es como tirar la piedra y esconder la mano.

Es lo que ha ocurrido también en Cataluña. Unos políticos irresponsables que en lugar de afrontar y resolver los problemas de la crisis, han optado por una estrategia de huida sin retorno, a lo Thelma y Louise, excitando las emociones más profundas de una buena parte de los ciudadanos para prometerles una Arcadia feliz y, con ello, ganar elecciones. Pero el voto a veces es pan para hoy y hambre para mañana. Porque ofrecer lo imposible tarde o temprano acaba desembocando en frustración. Y la frustración, en resentimiento, hostilidad, división y enfrentamientos. Y lo que sirve para los independentistas, a los que les ha traído al pairo las consecuencias de su desafío, sirve también para quienes, desde un trasnochado ultranacionalismo español, se dedican a avivar el fuego para aprovecharse del malestar y excitar los ánimos contrarios. Es una política de tierra quemada que está arrasando puentes y fracturando la sociedad en trincheras irreconciliables.

La política de bloques, en la que al adversario se le niega el pan y la sal, al que se le niega incluso legitimidad moral para ser quien es, solo lleva al desastre. La política presupone discrepancia, conflicto. Pero siempre desde una premisa básica: el reconocimiento del otro. Porque la realidad tiene siempre múltiples facetas, porque los problemas tienen enfoques y respuestas diversas, y porque no existe una verdad única, cada uno tiene sus razones para defender sus propuestas. Eso es lo que hay que discutir, sin vetos, sin invalidaciones personales. España se la juega en los próximos meses. Y para decidir bien quizás convenga tomar la distancia necesaria y la perspectiva adecuada para no dejarnos arrastrar por la vorágine de lo efímero.

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