La peligrosa política de lo efímero

Tino Novoa EN LA FRONTERA

ESPAÑA

27 feb 2019 . Actualizado a las 08:47 h.

EEN LA FRONTERA

España se va a jugar su futuro en una concentración de elecciones sin precedentes. En unos meses, los ciudadanos van a renovar el Parlamento y el Gobierno, los ayuntamientos y hasta sus representantes en Bruselas, donde se toman ya la mayoría de las decisiones de las que depende nuestro bienestar diario. Y poco después volverán los catalanes a las urnas, cuando se conozca la sentencia del trascendente juicio por el desafío secesionista. Sin necesidad de caer en la hipérbole, es evidente que los españoles nos jugamos mucho. Van a ser unos meses de saturación política, pero será bueno no sucumbir a la tentación del hastío que nos invadirá en muchos momentos. Para que no nos ocurra como a ese 26 % de los abstencionistas andaluces que, una vez conocidos los resultados, se arrepintieron de no ir a votar. Al igual que los grandes viajes se componen de muchos minúsculos pasos, las grandes transformaciones a menudo dependen de pequeñas decisiones.

España es hoy un país políticamente fracturado, socialmente polarizado. Y no es bueno, porque siempre ha sido la antesala de la tragedia. Vivimos en una sociedad compleja, atravesada por múltiples intereses entrecruzados. Intentar reducirla a la simplicidad de un tuit no solo es una traición a la realidad; es, sobre todo, una peligrosa simplificación que dibuja un mundo en blanco y negro que solo sirve para alimentar las banderías y los enfrentamientos. Conviene también tomar la necesaria perspectiva temporal. La vida no se resuelve en cinco minutos, aunque a veces nos lo parezca. Esa política de lo efímero ha llevado a callejones sin salida como el del brexit. El voto del desahogo tiene un recorrido fugaz, pero unas consecuencias duraderas. Y nefastas. Porque se genera un problema del que después nadie se hace responsable. Es como tirar la piedra y esconder la mano.

Es lo que ha ocurrido también en Cataluña. Unos políticos irresponsables que en lugar de afrontar y resolver los problemas de la crisis, han optado por una estrategia de huida sin retorno, a lo Thelma y Louise, excitando las emociones más profundas de una buena parte de los ciudadanos para prometerles una Arcadia feliz y, con ello, ganar elecciones. Pero el voto a veces es pan para hoy y hambre para mañana. Porque ofrecer lo imposible tarde o temprano acaba desembocando en frustración. Y la frustración, en resentimiento, hostilidad, división y enfrentamientos. Y lo que sirve para los independentistas, a los que les ha traído al pairo las consecuencias de su desafío, sirve también para quienes, desde un trasnochado ultranacionalismo español, se dedican a avivar el fuego para aprovecharse del malestar y excitar los ánimos contrarios. Es una política de tierra quemada que está arrasando puentes y fracturando la sociedad en trincheras irreconciliables.