«Nadie se ha enfrentado a una situación ni remotamente parecida a esta»

Experiencia previa y una buena formación ayudan a los rescatadores a mantener la calma en situaciones límite


redacción / la voz

Nadie se ha enfrentado a un rescate como el que se está llevando a cabo en Málaga. Lo dice con contundencia Ignacio Rafael, bombero en el parque municipal de Ourense desde 1993. Sus años trabajando en operativos de salvamento y su experiencia previa en espeleología le permiten valorar la extrema dificultad que supone tratar de llegar hasta el pequeño Julen y la tensión que viven los equipos que tratan de rescatarle.

-¿Cuál fue tu primer contacto con el mundo de los rescates?

-Fue antes incluso de hacerme bombero. Yo practicaba un deporte minoritario, la espeleología, y en un momento dado decidí irme a Francia a formarme en técnicas de rescate en cuevas. Era una inquietud que tenía. Luego esa experiencia me la llevé a mi trabajo. Por aquel entonces no era algo muy extendido, hoy ya hay materias de este tipo incorporadas a la formación como bombero.

-¿Cuál es el primer rescate que recuerda como profesional?

-Fue en el año 2000. Yo soy bombero municipal en Ourense y llegó aviso de que en un punto de los alrededores de la ciudad un hombre había caído a un pozo de agua. Era un pozo ancho, nada parecido al de Málaga en el que ha caído el niño. Aquí sí se podía acceder. Fue la primera vez que apliqué técnicas de rescate vertical en mi trabajo. Por desgracia, el hombre había fallecido y solo se trataba de recuperar el cuerpo.

-¿Cuál es el rescate más dramático que has vivido?

-Fue en Melón, en una zona donde el río baja encañonado. Un deportista quedó atrapado bajo una cascada cuando realizaba un descenso. Su compañero dio la voz de alarma. Vino a recogernos al parque de bomberos un helicóptero. Recuerdo el estrés que viví durante el traslado. Íbamos con todo el material pensando que todos los demás equipos ya habían intentando rescatarlo y no habían podido. No sabíamos si seguía vivo, porque había dejado de responder. Nosotros éramos la última esperanza para sacarlo con vida. La descarga de adrenalina fue tremenda. Finalmente conseguimos acceder hasta él y sacarlo. Los sanitarios intentaron reanimarlo, pero no fue posible. No lo lograron.

-¿Cómo se enfrenta uno a una situación así, tan límite?

-Lo importante es concentrarte en el final, no en cuánto queda para llegar hasta la persona. Pensar que, por mucho que quieras que ese momento acabe, necesitas tiempo para alcanzar el punto marcado y debes ir progresando poco a poco sin que te puedan los nervios. Por ejemplo, si tienes que hacer un rescate en una cueva a gran profundidad sabes que te puede llevar días y da igual que el mundo te apremie, tienes que tirar de paciencia y tener claro el objetivo.

-¿Hay algo que le prepare para superar la sensación de agobio que puede provocar este tipo de actuaciones?

-La formación es fundamental. Y haberte visto antes en una situación parecida también ayuda. Si tienes que acceder a un sima estrecha y ya has estado antes en un lugar similar eso te da una relativa tranquilidad. Lo mismo si tienes que acceder a un pozo. Puede ser estrecho, oscuro, pero si ya has descendido a alguno antes resulta más fácil controlar la situación y que los nervios y las sensaciones no se desboquen.

-Eso es justamente lo que no hay en el rescate de Julen: experiencias previas.

-Es que eso es precisamente lo que falta en este caso. A día de hoy nadie se ha enfrentado a una situación ni remotamente parecida a esta. Ha habido que acceder a pozos estrechos, pero nunca con una entrada tan pequeña. No pueden entrar los rescatadores pero tampoco apenas maquinaria. En este suceso, la solución va a venir de la mano de la ingeniería, no de los equipos de salvamento.

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Delicados y con muchas dificultades. Así son, según los expertos, los rescates de personas o animales caídos en pozos. «Lo primero que hacemos es comprobar los accesos al lugar del suceso para analizar qué vehículos de rescate son los más convenientes para llegar a la zona», explica David Grafulla, responsable de la unidad de rescate en altura de la oenegé Bomberos Unidos Sin Fronteras (BUSF). Un vez allí, se realiza un primer reconocimiento para evaluar los riesgos de la acción. «Además de las caídas en altura y los colapsos, el principal riesgo es el tipo de atmósfera que podemos encontrarnos en la cavidad. Puede ser pobre en oxígeno y contener sulfuro de hidrógeno, un gas inflamable y tóxico fruto de la descomposición de materia orgánica», detalla Grafulla. Para comprobarlo se mete en el pozo un analizador de gases. Si se determina que la atmósfera es peligrosa, el rescatador desciende equipado con un sistema de respiración compuesto por una botella de aire comprimido y una máscara.

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