El PP arranca el año pendiente de validar en las urnas el cambio de rumbo marcado por Casado

El endurecimiento ideológico ha transformado el partido

José Luis Martínez-Almeida, portavoz municipal del PP en Madrid, con Pablo Casado
José Luis Martínez-Almeida, portavoz municipal del PP en Madrid, con Pablo Casado

Madrid / Colpisa

La frustración con la que el PP de Mariano Rajoy estrenó el 2018 se ha transformado doce meses después en cautelosa expectativa. Y el viaje ha sido largo, tortuoso e inesperado. Los conservadores llegaron maltrechos al cambio de año del 2017 al 2018, lamentando las heridas del resultado nefasto en las elecciones de Cataluña. No imaginaban entonces que apenas tendrían respiro, que antes de verano el caso Gürtel les barrería, además, de la Moncloa abocando a la formación a un renacimiento. Ahora, solo las urnas calibrarán hasta qué punto mudar de piel ha sido suficiente para frenar el deterioro electoral.

Es incuestionable que el pacto con Ciudadanos para alcanzar la Junta de Andalucía, pese al nuevo retroceso en número de votos, ha proporcionado un impulso anímico al PP, que, sin embargo, no lanza las campanas al vuelo. El surgimiento de dos socios con los que llegar a acuerdos poselectorales y recuperar algunas instituciones genera tanta esperanza como temor. Al fin y al cabo, son dos competidores con potencial para estrechar aún más el espacio que ocupan los populares. «En Andalucía ha salido bien -analiza un veterano de la formación-, pero veremos en otros sitios».

En este escenario, el partido valorará el éxito de la estrategia de Pablo Casado en la medida que logre contener el avance de sus adversarios en el centro derecha y engrasar su habilidad para pactar y recuperar así el poder perdido. Y, desde luego, la hoja de ruta que se maneja en la sede nacional de Génova está diseñada para lograr esos dos objetivos.

De la gestión a las esencias

Más allá de si dará o no resultado, la designación de la nueva cúpula del PP ha supuesto este año un cambio profundo en los nombres, el discurso y hasta el tono. Es decir, además del relevo de dirigentes de la época de Rajoy, la dirección ha endurecido sus posicionamientos políticos y ha apostado por la vehemencia en la forma de trasladar el mensaje. En el entorno de Casado hablan de que su tren es el de la «vuelta a la esencias», pero en algunos sectores creen que en la introspección se apela demasiado a las vísceras. «Hemos extremado nuestras posturas para poder competir y hemos puesto el acento en la derecha», deducen fuentes de la formación conservadora, que señalan el riesgo de que la estrategia para frenar a Vox deje colgados a los electores más moderados.

Cataluña, el terrorismo de ETA, la inmigración o las tradiciones del país -traducidas estos días en «poner el belén», «cantar villancicos» o celebrar la Navidad, la Semana Santa y defender la libre asistencia a los toros- ocupan buena parte de las intervenciones de Casado y su equipo. Todo aderezado con críticas que cuestionan el constitucionalismo del PSOE. Poco tiene que ver con el partido que hace tan solo un año apelaba desde el Gobierno al consenso con los socialistas, medía su intervención en Cataluña ante el riesgo de confrontación en las calles y se aferraba a su gestión como valor diferencial en la contienda electoral. Fuentes del PP apuntan que la ineficacia de esa forma de hacer política, «demasiado centrada en cifras económicas que no emocionaban a los votantes», obligaba a una reforma interna para detener la sangría de votos.

Y tras la renovación, apenas queda rastro de los tiempos de Rajoy. Veinte días después de prosperar la moción de censura, el expresidente del Gobierno se incorporó a su plaza de registrador de la propiedad en Santa Pola. El 10 de septiembre, perdidas las primarias y la posibilidad de tener peso en el nuevo proyecto, Soraya Sáenz de Santamaría, que había sido vicetodo en el Ejecutivo, abandonó la política. Y a principios de noviembre, unos audios del excomisario José Manuel Villarejo abocaron a María Dolores de Cospedal a dimitir.

Fin de ciclo

Pero, además, en el equipo de Casado no han dudado en cuestionar la gestión anterior, especialmente en lo que a Cataluña y la defensa de los valores ideológicos del PP se refiere. El tsunami en el que se ha convertido el 2018 para los populares tan solo deja al partido la esperanza de que la transformación haya servido, al menos, para cortar con el pasado y pertrechar a la formación ante posibles escándalos de corrupción. «Si surgen nuevas informaciones nos seguirán haciendo daño, pero ahora podemos mostrarnos inflexibles e ir ganando credibilidad», argumentan algunas voces conservadoras. Lo que es evidente es que si se ha tomado o no el rumbo acertado solo podrá comprobarse en las urnas en un año intensamente electoral.

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