Vivir con un desaparecido

Más de 6.000 denuncias sin resolver en España esconden el drama invisible de las familias que también son víctimas

Inmigrantes subsaharianos rescatados ayer en el Estrecho
Inmigrantes subsaharianos rescatados ayer en el Estrecho

madrid / colpisa

En el último vídeo de móvil que envió Flyes a su madre, Saidia Krater, le anunciaba la partida de su embarcación. No era una patera, por lo que se veía en las imágenes, sino una lancha ligera con un motor de 85 caballos. En Torrent (Valencia) Saidia memorizó la forma y los colores de la nave, calculó las horas y viajó a Almería a esperarlo. Él la llamó a las 21.30 horas del 16 de enero pasado. Le dijo que atracaría en «playa calva» y que eran 16 los pasajeros. Saidia escuchó su voz por última vez.

Con los desaparecidos, el recuerdo se perpetúa con aquellas últimas veces que no anuncian un final. En España hay 6.053 casos activos de desaparecidos, según el informe de este año del Centro Nacional de Desaparecidos del Ministerio del Interior. Sus familiares, también víctimas, se cuadruplican.

Durante tres días Saidia aguardó su llegada. Visitó los hospitales, la Cruz Roja, Cáritas, los albergues para inmigrantes y los calabozos. Un policía la llevó hasta uno de los detenidos, también recién desembarcado, cuya descripción coincidía con la de su hijo. No era él. Casi se derrumba y el policía la consoló. Pero nadie supo responder por aquella lancha y sus navegantes. «Mi corazón me dice que mi hijo no está muerto», exclama Saidia, que diez meses después aún lo busca en suelo español. «Siempre lo sueño. Viene con un ramo de flores y me dice: ‘‘mamá, toma’’».

Fue a otros puertos en Cartagena y Murcia, y después a cualquier sitio donde asomara la esperanza. Finalmente, también lo buscó en la morgue. No estaba allí tampoco. La denuncia de Saidia se suma a las 146.000 que se han realizado en España desde que se lleva registro. La mayoría fueron resueltas y en solo el 4 % persiste el misterio. El 82 % de los desaparecidos son españoles y el resto de origen extranjero, según Interior.

Cáncer de matriz

Saidia lleva quince años en España y su hijo Flyes, el ausente, es uno de los mayores. Tiene 22 años y permaneció en Argelia con su abuela después que su madre emigrara. Ella había viajado por tierra, atravesado Marruecos, recalado dos años en Melilla, donde tuvo otra hija, y, tras obtener los documentos de residencia, cruzó la frontera. «Me fui para buscarme la vida», dice. «Allá no dejan que las mujeres trabajemos solas. Al llegar me enviaron a un centro de acogida, donde solo quise estar un día». Trabajó en labores domésticas, cada dos meses enviaba 200 euros a su madre y rehízo su vida, hasta que en 2015 le diagnosticaron cáncer de matriz.

Su hijo Flyes decidió emigrar en cuanto supo de la enfermedad. «Yo tengo la responsabilidad», exclama Saidia en una de las sedes de Cruz Roja, que en 2017 atendió más de 1.500 casos de desaparecidos. Según sus cálculos estas «desapariciones o pérdidas del contacto familiar» afectan a más de 4.500 personas cada año. Las lágrimas de Saidia resbalan por su rostro. «Se ofreció a ayudarme, vendría a trabajar en el campo, es muy bueno». De los desaparecidos se habla en presente, aunque la lógica, el tiempo y el silencio contradigan este empeño. «Él venía a ayudarme. Nunca me pidió dinero».

Su hijo, además, no viajó solo. Su prometida, Fátima Ouchat, de 18 años, le acompañaba. «Vivimos o morimos juntos», afirma Saidia que dijo su nuera, como una premonición. Ambos habían ahorrado para pagar el viaje por mar, desde Argelia. «Llegaron, los separaron, porque a las mujeres las llevan a otro centro. Me han dicho que la busque en Madrid. No quiero descansar en buscarlo. Su móvil todavía funciona. Cada vez que puedo, recargo el mío y lo llamo. Si estuviera en el fondo del mar, el móvil no repicaría».

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