Rajoy: Una despedida de altura al chico que pegaba carteles en Sanxenxo

El PP emociona a los suyos con mensajes de grandes mandatarios al Mariano Rajoy más íntimo que se ha visto

Rajoy reconoció desde el atril el apoyo de su mujer Elvira Fernándeza, que se emocionó
Rajoy reconoció desde el atril el apoyo de su mujer Elvira Fernándeza, que se emocionó

madrid / la voz

Que nadie vuelva a decir que los congresos del PP son grises, previsibles, monolíticos y sobrados de fanfarronería, porque nada de eso está ocurriendo en la 19.ª edición, extraordinaria porque, en esencia, nadie se la esperaba. Muchos de los presentes estaban hace un mes y medio apretando ufanos el sí a los presupuestos, y en muy poco tiempo se han visto compuestos y sin líder. De puertas afuera, todos están encantados con el democrático proceso, pero no deja de haber bromitas entre ellos: «Con lo bien que nos ha ido siempre con el dedazo...». La diferencia con anteriores citas es que hay emoción, hay dudas y hay piques sanos, de momento. Que todo el lío sea por un vídeo inoportuno. Esa tácticas de campaña ya no servían ayer, porque ahora la forma de apretar a los compromisarios es teniendo gestos de ganador. Pablo Casado, por ejemplo, se mueve con una cohorte de infantería que va gritando «presidente, presidente» a su paso y que aplaude como si estuvieran guiados por un regidor de televisión. Sáenz de Santamaría está siendo más discreta. Busca el roce, la sonrisa, se mete entre las masas y busca a los suyos, «¿dónde están los de Valladolid?».

El Hotel Auditorium de Madrid es un complejo gigante cercano a Barajas que dice con mucha claridad en su página web que tiene un auditorio para dos mil personas. El PP sabía de sobra que iba a tener al menos a tres mil compromisarios y a decenas de periodistas siguiendo las evoluciones populares. El resultado era evidente: sala llena, bar lleno. En el más cercano al auditorio tuvieron que pinchar no menos de 25 barriles de cerveza, tal es el pajareo que se traen algunos delegados.

También hay tensión, incertidumbre y algunas lágrimas. Ojalá que cualquiera que trabaje cuarenta años en un oficio -lo ha hecho Rajoy por el PP- tenga unos amigos majos que le monten un vídeo tan sentido el día de su despedida. En Génova se gastaron los cuartos con una producción entre sensiblera y política que incluyó llamadas al extranjero para gestionar un montaje de despedida del máximo nivel que se podría esperar. Angela Merkel habló de su «amigo» español, como hizo Theresa May, Juncker, Macri, Santos o Peña Nieto, que tuvieron cariñosas palabras a las que se sumaron improvisados mensajes de ciudadanos anónimos, guapos todos ellos.

Pero Rajoy no estaba allí para hablar como un gran estadista, el tiempo dirá si lo fue o no. Mariano, en un tono íntimo, contó algunas cosas de su carrera desconocidas. Narró cómo en sus inicios en la Xunta llevó la luz y el teléfono a unas cuantas aldeas de Galicia. «Me hice político en las corredoiras, de pueblo en pueblo», una expresión que el auditorio entendió que aplaudió a rabiar. «Usábamos fichas para hablar por teléfono en vez de utilizar el móvil, y no teníamos AVE, conocimos los trenes de carbonilla», siguió enumerando un poco en clave Cebolleta. Pero fue más adentro, y habló, como nunca, de su esposa: «He faltado a fiestas familiares. Me he llevado problemas de trabajo a casa, pero jamás un problema de casa al trabajo, porque alguien con discreción lo arreglaba. Muchas gracias, Viri». Con esas palabras, el PP empezaba a despedir entre sollozos al hombre que, desde hoy, tiene la oportunidad de ser el mejor expresidente de la democracia y que se enganchó a la política «pegando carteles electorales en Sanxenxo», su última frase para la historia.

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