Los últimos zarpazos del presidente

Rajoy, que no tiene pensado dimitir antes de la votación, denuncia un «chantaje» de Pedro Sánchez para llegar al poder y afirma que no abandona, sino que lo echan

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madrid / la voz

Como un viejo león malherido, Rajoy asestó sus últimos zarpazos como presidente del Gobierno desde el rincón en el que mejor se desenvuelve: la tribuna de oradores. Consciente de que las cuentas no le acababan de cuadrar, ofreció un discurso brillante, pero que cada vez sonaba más a líder de la oposición que a jefe del Ejecutivo, en el que dejó claro que ni se marcha, ni abandona, sino que lo echan; y de malas maneras. «Al asalto, con nocturnidad y apresuramiento», dijo, tras acusar a Sánchez de convertir la votación en un «chantaje» a la Cámara en torno a una falacia: «O la corrupción, o yo».

Rajoy repelió todas y cada una de las embestidas procedentes de la bancada socialista. Las del candidato, Pedro Sánchez, y también las del encargado de presentarlo, el secretario de organización, José Luis Ábalos, ambos empuñando solo un arma, pero muy poderosa: la sentencia de la Gürtel, que aunque el PP trató de minimizar desde un primer momento, ha acabado por costarle el despacho en Moncloa. Ayer Rajoy volvió a intentar evadir cualquier tipo de responsabilidad al respecto, detallando que tan solo afectaba a dos ayuntamientos de la periferia madrileña y que ni uno solo de los miembros de su Gabinete había sido salpicado. De inmediato pasó al ataque: «¿Acaso el partido socialista está limpio? ¿Hay alguien de su partido en la cárcel por corrupción? Cuando llegue la sentencia de los ERE, ¿se van a poner una moción de censura a sí mismos? ¿Son acaso Teresa de Calcuta?», ironizó.

Mariano Rajoy, algo más que un gallego impasible

pablo gonzález

El ya expresidente se va tras afrontar las mayores crisis económica y política de la historia reciente española

«¡Esto es intolerable!». Mariano Rajoy salió de su habitación en el parador de Pontevedra con La Voz de Galicia en sus manos, abierta y doblada por la página en la que estaba una de las noticias bomba de la campaña de las autonómicas gallegas del 2009. El BNG, que en aquel momento compartía poder con el PSOE en la Xunta, había desviado un autobús lleno de jubilados que iban de excursión a Portugal hacia un mitin que los nacionalistas celebraban en el hotel Glasgow, de Oia. Aquel día Rajoy cambió su agenda de campaña. Llamó a Rafael Louzán, y en cuestión de un par de horas le organizó un mitin donde no había ni un sitio libre, en el mismo hotel donde el Bloque había perpetrado su polémico acto electoral el día anterior. Sabía dónde y cómo hacer daño, con una intuición innata para reconocer los momentos álgidos. Quizás por eso se especializó en dirigir las campañas electorales del PP.

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El viraje con los Presupuestos

El todavía jefe del Ejecutivo, al menos hasta que Sánchez obtenga la confianza de la Cámara en la votación de este mediodía, denunció que este intento por despojarlo de la Presidencia no era más que «una tomadura de pelo», una simple excusa del líder de la oposición para instalarse en el poder sin pasar por las urnas. «Tal vez ha pensado que un golpe de efecto podía solucionar sus problemas. He aquí la única razón de la moción, su poca confianza en llegar a la Presidencia como llegamos los demás, ganando unas elecciones», le reprochó a Sánchez.

Rajoy también criticó con dureza el interesado viraje de última hora de Ferraz en materia de Presupuestos, que a pesar de haberlos rechazado la pasada semana, a partir de ahora los asumirán como suyos, tan solo uno de los múltiples peajes que tendrá que asumir su futuro Gobierno para amarrar el apoyo de los cinco diputados del PNV, que una vez más se han vuelto a tornar en decisivos. Unas cuentas que gustan mucho a los nacionalistas, pero que son repudiados por Podemos, otra de las formaciones que le han garantizado su voto. Así lo recordó el propio Rajoy, que llevaba la lección muy bien preparada y tiró de hemeroteca para poner en la mesa algunos de los descalificativos empleados por la formación morada para referirse a los mismos: «Los Presupuestos de las migajas sociales, de la estafa, y que consolidan un modelo de la extrema desigualdad. ¡Pues se los van a tener que comer con patatas!», exclamó entre los aplausos de su bancada. 

¿Por qué no dimite Rajoy?

T. N.

Una vez consumado el cambio de postura del PNV, es difícil que volviera a cambiar por la renuncia del presidente

Se lo preguntó reiteradas veces Pedro Sánchez. Se lo pidió insistentemente Albert Rivera. Pero Mariano Rajoy se negó a utilizar el as que tenía en la manga para frenar la moción de censura, la de presentar la dimisión. 

¿Puede aún dimitir?

Sí. Hasta el momento mismo del inicio de la votación de la moción de censura -lo que está previsto para las 13.30 horas de hoy, aunque puede variar en función de la duración del debate-, el presidente del Gobierno puede renunciar al cargo, lo que haría decaer la moción porque no habría nadie a quien censurar, ya que el censurado es siempre el presidente del Ejecutivo, que es a quien elige el Congreso en la investidura, y por lo tanto, como consecuencia, es a quien el Congreso le retira su confianza en la moción de censura. 

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Compañeros de viaje

Precisamente Rajoy empleó su mejor repertorio en poner en duda la naturaleza de los apoyos sobre los que Sánchez ha edificado su triunfo, unos compañeros de viaje que ponen «los pelos como escarpias». Así, rescató unas palabras no muy lejanas de Ábalos: «Los independentistas no pueden ser aliados nuestros ni en una moción de censura», redundando en esa idea de que el único objetivo del PSOE es pisar la Moncloa, cueste lo que cueste. «Aquí de lo que se trata es de que el señor Sánchez llegue al poder. ¿Con quién? ¡Qué más da! ¿El programa? ¿A quién le importa? ¿Los Presupuestos? ¡Hasta los del PP!», exclamó el jefe del Ejecutivo, antes de bromear que precisamente las cuentas de su equipo, que tanto rechazo habían generado en los socialistas, constituyen ahora «el único punto de su programa».

Un cadáver que volvió a resucitar

Enrique Clemente

El líder socialista ve cumplida su ambición de ser presidente del Gobierno, de la mano de los secesionistas

Hace algo más de un año y medio, Pedro Sánchez (Madrid, 1972) era un cadáver político. Ahora es el hombre que ha hecho caer a Mariano Rajoy y será, si todo marcha según lo previsto, el próximo presidente del Gobierno. No le ha importado llegar a la Moncloa con el apoyo de los populistas de Unidos Podemos y los independentistas catalanes, a los que previamente había dedicado gruesas descalificaciones, porque, para él, la marcha de Rajoy era su prioridad y lo ha logrado aprovechando la demoledora sentencia del caso Gürtel.

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Como era de esperar, también jugó la carta del miedo, su favorita. Tras presentarse como el paladín de la recuperación económica, Rajoy auguró que la moción tendrá el mismo efecto que «un frenazo brusco», y que los principales índices del país ya se están resintiendo: «Cuando abren la boca, se dispara la prima».

Por último, el presidente alertó sobre el desafío secesionista, dejando en el aire que Sánchez pueda haber obtenido el apoyo «de los que quieren romper España» a cambio de concesiones, por lo que le formuló preguntas que quedaron sin respuesta, como sus pasos con la acusación de la Fiscalía, o si va a apoyar el derecho a la autodeterminación.

 

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