La degeneración de la política


Parece imposible, pero en este país incluso lo más malo es susceptible de empeorar. Hace dos años, los españoles asistíamos atónitos a un espectáculo políticamente lamentable: el desistimiento de los partidos de su obligación de formar Gobierno. Ha pasado el tiempo y en muchos aspectos la situación es aún más lamentable. Hay un Ejecutivo, sí, pero ha renunciado a gobernar. Pensábamos entonces que el vacío político era de corto recorrido, unos pocos meses a la espera de que se repitieran las elecciones. El de hoy no tiene horizonte temporal definido. Da la impresión de que Rajoy está tan a gusto que es capaz de agotar la legislatura sin Presupuestos y sin aprobar un solo proyecto de ley más. La tormenta Ciudadanos arrecia y parece buena idea esconderse a la espera de que escampe. Si es que escampa, claro, porque no siempre le va a funcionar a Rajoy la estrategia de dejar que los problemas desaparezcan por sí solos. Sea como sea, los populares se arrastran para intentar llegar vivos al próximo período electoral. Como sea y al precio que sea, incluso aunque sea secuestrando los intereses de los españoles. Las reformas que tanto se necesitan (educación, Justicia, instituciones y demás) siguen siendo un sueño imposible; de la nueva financiación autonómica, que debería haber sido aprobada hace cuatro años, sigue sin saberse nada. Y Cataluña, en el limbo.

Es cierto que no todo es culpa exclusiva del Gobierno. Especialmente el vacío catalán, solo atribuible a la irresponsabilidad de los secesionistas. En el resto de los asuntos, la oposición contribuye decisivamente a la paralización política del país. Por su incapacidad para entenderse. O, peor aún, por su guerra abierta para posicionarse como líderes de la alternativa al Gobierno. Pero, en última instancia, es a este a quien debe exigírsele liderazgo e iniciativa. Aunque todos contribuyan a la degeneración de la política.

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