Y ETA comenzó intentando silenciar a la prensa

La banda atenta contra periódicos en una escalada que le llevaría pronto a los asesinatos

Entierro en Malpica del agente de la Guardia Civil, José Antonio Pardines Arcay, primera persona asesinada por ETA
Entierro en Malpica del agente de la Guardia Civil, José Antonio Pardines Arcay, primera persona asesinada por ETA

Redacción / la voz

La primera inclinación de totalitarios y revolucionarios, es decir, de quienes quieren imponer una particular concepción de la sociedad, es controlar a los medios. Y ETA, la banda que sembró el terror y tiñó de sangre el último medio siglo de la historia de España, no ha sido una excepción. Antes de iniciar conscientemente una cadena de crímenes que la ha llevado a matar a más de 800 personas de toda índole personal, social, económica e ideológica, la aún endeble organización se dedicó a colocar bombas para intentar silenciar a la prensa. «Los pobres periódicos», como se quejaba Diario de Barcelona en un editorial para condenar las bombas colocadas por ETA la noche del 13 de marzo de 1968 en las instalaciones de ese periódico y en las de La Vanguardia, también catalán, y en las de El Correo Español-El Pueblo Vasco, en Bilbao.

Las bombas empezaban a formar parte del lenguaje habitual de ETA. Con ellas, en este caso, expresaba su malestar por las informaciones publicadas sobre la detención de dos etarras. La violencia contra la palabra. Algo que se convertiría en una constante de la banda para intentar silenciar todo aquello que no le gustaba. «Dijimos casi la verdad en cada asunto y nos arriesgamos en algunos. El que quiera puede estudiar las querellas y las notificaciones contra periódicos y periodistas», fue la respuesta de Diario de Barcelona. Eran años duros para los medios de comunicación, sometidos a la férrea vigilancia del régimen franquista, que no dudaba en castigar duramente, con multas y hasta la cárcel, a quienes osaran levantar un poquito su voz para escribir algo que no gustara a los jerarcas del franquismo. La libertad de expresión era una utopía.

En el contexto político de la dictadura franquista, las primeras acciones de ETA fueron recibidas por muchos incluso con satisfacción. En aquellos tiempos, las actividades de la banda se limitaban fundamentalmente a actos de sabotaje y atracos para financiarse. Pero no habría que esperar mucho para que alcanzara el punto de no retorno con su primer asesinato.

El punto sin retorno

Habría de ser el resultado de una escalada fruto de la estrategia de acción-represión-acción, aprobada en la IV Asamblea de la banda, celebrada en la primavera de 1965, e incluida en una ponencia titulada Bases teóricas de la guerra revolucionaria. La V Asamblea, desarrollada en dos partes, una a finales de 1966 y la segunda en marzo de 1967, supondría el final del camino de una evolución ideológica que había partido del nacionalismo vasco más tradicionalista, que bebía en las fuentes originarias de Sabino Arana, para acabar abrazando el espíritu de los movimientos de liberación colonial que proliferaban por el mundo en los años sesenta.

ETA era hija de un mortecino PNV, aletargado en la clandestinidad e incapaz de dar una respuesta a los tremendos cambios socioeconómicos que estaba experimentando el País Vasco, con la llegada de una oleada de inmigrantes, fundamentalmente gallegos, andaluces y extremeños, atraídos por el crecimiento industrial de la región. En 1952, un grupo de universitarios crearon una asociación de debate para recuperar las esencias del nacionalismo de Arana. Tras una serie de coqueteos con la rama juvenil del PNV, rompen definitivamente con esta organización y el 31 de julio de 1959 -aniversario de la fundación de aquel partido y festividad de San Ignacio de Loyola, de especial tradición en Guipúzcoa- constituyen ETA, que en su primera asamblea, celebrada en mayo de 1962, queda definida como «movimiento revolucionario vasco de liberación nacional».

Tras unos primeros años de endeblez organizativa y continuos enfrentamientos ideológicos, que llevan incluso a la marcha de algunos de los fundadores, todo cambia en 1968 cuando, el 7 de junio, es asesinado el guardia civil José Pardines, natural de Malpica. Es el primero de una larga lista de crímenes que se prolongarían hasta el 16 de marzo del 2010.

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