Garzón pide revisar la alianza entre IU y Podemos para que regresen los «desmovilizados»

Exige un nuevo pacto de cara a las elecciones locales del 2019


madrid / la voz

Alberto Garzón va en serio. El coordinador federal de IU volvió a reclamar ayer más protagonismo dentro de la sociedad que conforma con Podemos de cara a las elecciones locales del 2019. Apenas unas horas antes de que Pablo Iglesias reaparezca, tras el batacazo en Cataluña, con motivo de la reunión del consejo ciudadano, el dirigente comunista ha contribuido a caldear el ambiente de cara al encuentro en Madrid de los 80 miembros del máximo órgano de dirección entre asambleas. Todavía con el eco de las acusaciones de la cúpula de Podemos contra la prensa, a la que culpó de ser la principal responsable de la actual situación de crisis por la que atraviesa el partido, Alberto Garzón exigió a Podemos que realice un ejercicio de «autocrítica» para estudiar posibles aspectos a mejorar.

Coincidiendo con este consejo ciudadano, IU celebra también hoy la reunión de su coordinadora federal, en la que su máximo dirigente presentará un informe en el que concluye que el espacio político acordado en el 2016 mediante el pacto de los botellines del que nació Unidos Podemos sufre un «estrechamiento» y que resulta necesario reformular esta sociedad de cara a la recuperación de la confianza de al menos un millón de «progresistas desmovilizados» que han perdido por el camino. Para ello, plantea un revisión de esta alianza a nivel estatal. Un nuevo «acuerdo-marco» para todos los territorios sobre el que más adelante se podrán estudiar excepciones. Garzón basa su tesis en que IU posee una estrategia que mantiene «coherencia en todo el país», unas declaraciones que interpretadas en clave interna sonaron a una crítica muy similar a la opinión expresada un tiempo atrás por la diputada gallega Carolina Bescansa, quien reclamó un Podemos que les hablase a «todos los españoles».

De trampolín a carga

Lo cierto es que a Podemos no dejan de crecerle los enanos. Poco o nada queda ya de aquel partido revolucionario que destilaba frescura al que un barómetro del CIS llegó a situar como favorito para ganar las generales. Era noviembre del 2014, y la extraordinaria fortaleza que exhibía por entonces fue empleada por Iglesias para tejer una intrincada red de alianzas por el Estado con tratos siempre favorables para sus siglas, aprovechando esa posición dominante con la que se llegaba a todas las negociaciones.

Las tornas han cambiado. Podemos desprende de todo menos frescura. Incapaz de zanjar sus problemas internos y en caída libre en intención de voto, las formaciones satélites que hasta hace poco acataban empiezan a percibir debilidad en el partido morado; como si hubiese pasado de ser ese trampolín desde el que tomar impulso a convertirse en una pesada carga. Por ello, cada vez con más fuerza, exigen un nuevo reparto de cartas. En Galicia, en Cataluña y hasta IU, que parecía condenada tras aquel pacto de los botellines. Garzón quiere tomarse otra cerveza, pero en un bar distinto y analizando bien qué parte de la cuenta le corresponde.

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