La vía eslovena, una solución para otra época

Puigdemont se mira en el espejo de la historia europea para ganar tiempo, obviando que ni la comunidad internacional ni la geografía ni la geopolítica respaldan su declaración de independencia en diferido


Una hora tarde, y con mucho suspense, Puigdemont subió a la tribuna para soltar el discurso más importante de su vida. Nadie sabía a ciencia cierta lo que iba a pasar, pero a lo largo de la jornada del 9 de octubre cogió fuerza una hipótesis, los independentistas dejaban de mirarse en el espejo nórdico -la mítica Dinamarca del Mediterráneo- y buscaba un nuevo referente en los Balcanes, en Eslovenia.

Hoy miembro de la Unión Europea, Eslovenia fue el primer país en independizarse de la antigua Yugoslavia a principios de los 90, en otro contexto geopolítico completamente diferente, el surgido de la caída del Muro de Berlín y de la descomposición del imperio soviético. El Estado que dirigió durante cuarenta años el mariscal Tito sufría enormes tensiones internas. Y las autoridades de Ljubliana aprovecharon la oportunidad para celebrar un referendo independentista. Tuvo garantías democráticas y exigía un apoyo mínimo del 50 % de los votos emitidos.

Los secesionistas lo ganaron con holgura. Pero no contaban con reconocimiento internacional ni con el beneplácito de Belgrado, por lo que no proclamaron de forma inmediata la independencia, la suspendieron, como Puigdemont.

Bajo una ley de transitoriedad y la apariencia de un proceso de diálogo para pactar una nueva consulta, los secesionistas eslovenos ganaron tiempo hasta que las circunstancias les fueran favorables. Seis meses después, el escenario había cambiado casi por completo: había respaldo alemán y las autoridades yugoslavas tenían la atención centrada en Croacia. Ambas repúblicas hicieron sus respectivas declaraciones unilaterales el mismo día, el 25 de junio de 1991. Belgrado respondió con la fuerza. Empezó una guerra que duró diez días, provocó decenas de muertos y alarmó a la comunidad internacional.

La UE intervino y envió una troika a negociar. La mediación funcionó en Eslovenia, pero no en Croacia, que servía de colchón geográfico con el resto de la antigua Yugoslavia, convertida en un avispero y en escenario del peor conflicto bélico desatado en Europa tras la Segunda Guerra Mundial. Las tropas serbias no podían llegar a territorio esloveno. Y la independencia se convirtió en un hecho. En la segunda mitad del 91 empezaron los reconocimientos internacionales. Y en 1992 llegó el de los países de la Unión Europea, que aceptaron a Eslovenia en el club comunitario 12 años después.

El ejemplo esloveno ha sido la inspiración para la maniobra de Carles Puigdemont en el Parlament, pero para precisar la comparación conviene resaltar tres factores que son completamente diferentes:

1. Yugoslavia no era miembro de la Unión Europea ni de la OTAN y era un Estado en desintegración. Sus aliados no se encontraban en su mejor momento. E internacionalmente nadie con peso cerró filas con ella.

2. El contexto fue el rey. Eslovenia logró la independencia surfeando con éxito a lomos del tsunami que provocó la caída del muro de Berlín. Fue un buen momento para los nacionalismos, que llenaron el vacío de poder que dejó la URSS. Aún no había llegado la globalización. Y Europa tampoco había avanzado tanto en su unión.

3. Belgrado no pudo dedicar recursos a la cuestión eslovena. Tuvo que hacer frente a la vez a la independencia de los croatas y al problema bosnio. Eligió la guerra. Y no compartía frontera con el territorio controlado por Ljubliana. Croacia de colchón, de valla de separación. Lo pagó con sangre, pero abrió la puerta a una rápida independencia eslovena.

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