Cataluña sacude el tablero político español

El desafío secesionista pone de manifiesto las tensiones internas y las contradicciones en el discurso de las distintas fuerzas políticas


Madrid / La Voz

A la espera de que Carles Puigdemont decida mañana en el Parlamento catalán si quiere arrojarse definitivamente al abismo o tratar de buscar una salida a una crisis que hasta hace 24 horas parecía irreconducible, de lo que no cabe ya duda es de que, suceda lo que suceda, su anacrónico delirio independentista ha sacudido el tablero político y ha abierto en canal a los partidos, desnudando en algunos casos sus tensiones internas y en otros sus abiertas contradicciones. En el PP, la crisis ha puesto de manifiesto una vez más que Mariano Rajoy controla el partido de una manera personalísima y con mano de hierro. Pese a la fuerte presión del aznarismo, que ha querido aprovechar la crisis para debilitarle, pero también en este caso de la mayoría del PP, incluidos algunos colaboradores cercanos, para que aplicara ya el artículo 155, lo que habría sido un paso sin retorno, Rajoy ha recurrido una vez más a su receta de no arrojar la última carta hasta que sea ineludible y de esperar a que sea el enemigo el que se suicide cometiendo un error fatal. El riesgo asumido ha sido grande, pero lo que se demuestra es que, para bien opara mal, Rajoy gobierna sin tener demasiado en cuenta a su propio partido.

En el PSOE, la crisis catalana no solo ha puesto de manifiesto que los socialistas cerraron el falso su último cisma interno y que siguen totalmente fracturados, sino también que Pedro Sánchez carece de un proyecto para España capaz de unificar al partido. El discurso de la nación de naciones, con el que pretendía ubicarse como árbitro entre el nacionalismo y el PP, ha dejado a Sánchez en tierra de nadie en el propio PSOE, atrapado entre un PSC que le presiona porque teme ser aniquilado en Cataluña si se suma a la foto del bloque constitucionalista y un felipismo que, por más que fuera derrotado en las primarias, se niega a arrojar por la borda la imagen de partido de Estado que ha cultivado en los últimos 40 años.

Cataluña ha desnudado también a Podemos y sus confluencias al evidenciar que lo que une a esa multitud de fuerzas dispersas no es un proyecto político, sino el deseo de acabar a toda costa y por cualquier vía con el actual sistema político. Arrastrado por una batalla que nunca fue la suya, y después de intentarlo con la crisis y luego con la corrupción, Pablo Iglesias trató de agarrarse a la crisis en Cataluña para forzar un movimiento de masas que obligue a la apertura de un proceso constituyente. El resultado, sin embargo, ha sido que la ambigüedad de su discurso ha hecho que su liderazgo sea abiertamente desafiado en Cataluña y en otros territorios de España y que, en un escenario polarizado como el catalán, Podemos no ocupe uno de los extremos, que es el espacio en el que juega habitualmente y en el que se encuentra cómodo, lo que resta fuerza a su voluntad rompedora.

Y Cataluña, por fin, ha forzado a Ciudadanos a volver a sus orígenes. Tras coquetear con ser un progresista moderado y luego un liberal con sentimientos, Rivera vuelve a centrarse en ser el abanderado del antinacionalismo y el más duro contra los independentistas, pero en toda esta crisis ha dado muestras de cierta precipitación e inexperiencia, lo que puede lastrar su futuro.

La bandera de España ya no es solo de derechas

El independentismo catalán ha conseguido lo que no habían logrado más de 40 años de democracia: que millones de españoles pierdan el miedo a declararse orgullosos de su país, que la bandera de España haya dejado de ser el patrimonio de la derecha y de las fuerzas más reaccionarias para pasar a ser exhibida con orgullo por ciudadanos de todas las ideologías sin temor a ser tachado de facha, y que defender la unidad de España no sea considerado un discurso trasnochado. En Madrid, la cosa empezó como un tímido goteo en los barrios de clase alta, pero hoy es imposible pasear por cualquiera de sus calles sin observar que cada día hay más banderas de España colgadas en las terrazas.

¿Tiene sentido que Mas esté inhabilitado y su sucesor no?

¿Tiene algún sentido que el ex presidente de la Generalitat Artur Mas esté en este momento inhabilitado para ejercer un cargo público y pendiente de pagar una multa millonaria por su responsabilidad en la consulta independentista del 9N y que Carles Puigdemont siga siendo presidente de la Generalitat sin estar siquiera imputado por sedición tras haber consumado una ilegalidad mucho mayor, como es el referendo independentista del 1 de octubre? De consumarse la más que probable hipótesis de que haya nuevas elecciones en Cataluña, podría darse el caso de que Mas, que quiere ser candidato, no pueda serlo, y Puigdemont, que dice que no quiere serlo, esté al menos en condiciones de poder presentarse.

Puigdemont no puede volver a la ley, como le pide Rajoy

El Gobierno está convencido de que, incluso en el caso de que Carles Puigdemont consume mañana la locura de dejarse arrastrar por la CUP y declare la independencia unilateral de Cataluña, la situación ha dado un vuelco total tras la decisión de las grandes empresas catalanas de soltar amarras con el procés al comprobar que les llevaba a la ruina. Aún así, Rajoy quiere cerrar la crisis de la manera menos traumática y por eso invita a Puigdemont a dar marcha atrás y «volver a la legalidad», dando a entender que, de hacerlo, no habría consecuencias graves para él. El problema es que cuando se comete un delito ya no se puede volver a la ley, sino que es necesario responder por ello ante la justicia.

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