El mensaje de la banca: «Así no, president»


Naturhouse, Eurona, Oryzon... pero antes los hoteles Derby, Uber o la matriz de Manpower. El goteo de mudanzas de medianas empresas catalanas se ha ido colando poco a poco entre los damnificados del procés. Sus repercusiones prácticas han sido pocas. Simbólicas, todas.

Ahora bien, la banca es otra cosa. Hablamos de los ahorros.  

Los bancos catalanes, es decir, CaixaBank y el Sabadell, dos gigantescas empresas con sensibilidades políticas internas de todo tipo, han comenzado a expresar en público lo que antes comentaban (eso fue un error) privadamente: que si hay independencia ellos se van. Se tienen que ir. Por varios motivos. El principal, que tienen que garantizar a clientes y accionistas que seguirán bajo el paraguas del euro y del BCE, mensaje que la plantilla está lanzando desde sus oficinas, en muchos casos con escaso éxito. El miedo es libre; y el dinero es propio. Por eso está habiendo salida de depósitos; en qué magnitud, se desconoce. La mayoría de los que lo han hecho, apelando a las tripas antes que a la cabeza.  

Trasladar a Oviedo (afinidad por negocio), Alicante (afinidad por proximidad y sensibilidad mediterránea) o Madrid (por pura eficiencia) la sede del Sabadell; o a Baleares (por lo mismo que Alicante) la de CaixaBank, tiene un profundo simbolismo, aunque poca relevancia práctica: los miles de trabajadores de las sedes centrales de Barcelona seguirán ahí, en sus rascacielos de la Diagonal. El traslado blinda jurídicamente a las entidades porque se quedarán en una ciudad de territorio español, sin duda alguna sobre quien resguarda el negocio: el BCE. Igual que la sede del Santander está en la ciudad que lleva por nombre; la del BBVA en Bilbao; la de Bankia en Valencia; la de Abanca en Betanzos. Pero sus servicios centrales (y el grueso de sus plantillas) en Madrid, o en A Coruña.  

Ese cambio, además, se puede ejecutar de forma instantánea: aprobación del consejo, comunicación a la CNMV y nota al Registro Mercantil. Los estatutos de todos los bancos españoles contemplan incluso una salida fuera de territorio nacional, después de incorporarlo en los últimos años por ley.

Pero el movimiento desliza un mensaje claro a la Generalitat: «Así no, president». Las palabras de anoche de Carles Puigdemont, sin atisbo alguno a una marcha atrás, han terminado de remover el escenario. La imaginaria república catalana nacerá sin contar siquiera con una moneda propia o un servicio de supervisión y control al sector financiero. Se cae por su propio peso. Internamente y en sus oficinas, estas dos entidades están sometidas a una enorme presión y nerviosismo; es un momento complicadísimo y complejísimo para dos instituciones que resistieron de forma sobresaliente los embates de la crisis bancaria, que han ganado negocio con varias integraciones, que no vivieron crisis como la de las preferentes ni dolorosas movilizaciones de empleados o afectados ante sus oficinas. No. Es que ahora están ante una situación peor. Solo les quedaba reaccionar. Lo que hagan traerá consecuencias: no van a satisfacer a toda su clientela. Pero saben una cosa: la mayoría de su mercado está fuera de Cataluña.

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