«Han pasado 30 años, pero me sigue doliendo cada día, me cortaron la vida»

Las víctimas reviven el atentado en el Hipercor de Barcelona, el más sangriento de ETA

De izquierda a derecha, Roberto Manriqye, Jordi Morales, Xavier Valls y Joel
De izquierda a derecha, Roberto Manriqye, Jordi Morales, Xavier Valls y Joel

barcelona / colpisa

El sol cae a plomo. Son las cuatro y ocho minutos de la tarde. La misma hora en la que aquel 19 de junio de 1987 ETA convirtió en un infierno el Hipercor de la avenida Meridiana de Barcelona, llevándose la vida de 21 personas e hiriendo a otras 45 en el atentado más mortífero en la historia de la banda terrorista. Tres jóvenes y un adulto charlan a las puertas del centro comercial. «¿Quiénes son?», pregunta un chaval de unos veinte años. «Víctimas del atentado», es la respuesta. «¿Qué atentado?», repregunta antes de quedarse de piedra al enterarse de lo que aquí ocurrió hace ahora 30 años. «No se debe ocultar la historia, pero aquí estamos empeñados en olvidarlo». Habla Jordi Morales. Aquel coche bomba mató a sus padres, María Teresa Daza y Rafael Morales, y a su futuro hermano, ya que su madre estaba embarazada. «Habían ido a Hipercor a llenar la nevera para San Juan», afirma Jordi. Ahora tiene 37 años. Asegura que el atentado, además de arrebatarle lo que más quería, le robó casi un año y medio de memoria. «A mí me cortaron la vida de golpe. Me sigue doliendo cada día a pesar de que han pasado 30 años. Lo llevo muy dentro. Mi padre, mi madre, mi hermano. Estaba iniciando una vida que no me dejaron vivir». Las palabras se agolpan en su mente, aunque reconoce que en ese cerebro no ha sido capaz de guardar una sola imagen de sus padres vivos, a los que solo reconoce ya por fotos.

El tema de los recuerdos parece torturarle. Hipercor -explica- le ha costado ya tres décadas de terapia y «mucha rabia». «Yo no perdono. Tengo rabia. No me pongas delante a ninguno de los cuatro [etarras condenados]. Siento rabia por lo que hicieron con mis padres, por lo que me han hecho sentir, por los meses de mi vida que borraron en mi cerebro».

Roberto Manrique mira a Jordi como si fuese un hijo. Trabajaba en la carnicería del centro comercial y sobrevivió de milagro con heridas gravísimas. Ahora se dedica a atender a las víctimas. Él fue quien «encontró» a Jordi hace once años en un partido de fútbol. Hasta entonces el huérfano no había sido «ni siquiera considerado víctima del terrorismo».

«Había cambiado el turno»

Manrique, que llegó a reunirse con uno de los terroristas (Rafael Caride) en el 2012 en el 25 aniversario de la matanza, usó la ayuda a otras víctimas casi como terapia propia, pero no olvida. Su recuerdo sí que es muy vivo. «Ese día acepté cambiar a un compañero el turno de tarde». Estaba despachando lomo, «y de pronto, me estaba cociendo. Pensé que había explotado el gas de la cámara frigorífica. Alguien me metió en un taxi con otras víctimas. Me enteré de que había sido un atentado tres días después cuando me estaban llevando al quirófano para intentar salvarme el brazo», apunta.

«¡Vaya mierda de juicio!»

Manrique, por supuesto, admite que el atentado le cambió la vida, pero recuerda otro momento clave, que, asegura, casi casi fue más importante en el rumbo que tomó su vida. Fue en junio de 1989, cuando se juzgó a los dos primeros etarras por el atentado, Josefa Ernaga y Domingo Troitiño. «Ni siquiera nos avisaron. Me enteré por la prensa. Y allí me planté. ¡Vaya mierda de juicio! ¡Vaya pantomima! ¡Vaya farsa! ¡No hubo víctimas para contar lo que habíamos vivido y lo que seguíamos viviendo!». Fue entonces cuando comenzó su particular cruzada con los supervivientes.

Su hijo, el biológico, Joel Manrique, tenía tres años cuando el atentado le «cambio la vida». También tiene una guerra en contra del «olvido». «Una cosa es tender puentes para acabar con ETA y otra es que se pueda olvidar», denuncia. Xavi Valls lleva el nombre de su padre, un famoso arquitecto catalán que murió en el atentado con 49 años. Tenía 9 años cuando todo sucedió y ha tardado más de 20 en poder hablar sin eufemismos de la muerte de su progenitor. «Me ha costado mucho decir que a mi padre lo mataron. A principio me limitaba a decir mi padre murió en Hipercor». «¿Perdón a los asesinos?. No necesito perdonar».

Veintiún muertos y 45 heridos en la masacre

m. s. p.

La banda terrorista explosionó un coche bomba en el aparcamiento del centro comercial

El comando Barcelona sabía que no era un coche bomba más. Que la potente mezcla con la que habían cebado aquel Ford Sierra (30 kilos de amonal, cien litros de gasolina y grandes cantidades pegamento y escamas de jabón) iba a tener los efectos del napalm. Que aquel artefacto, explosionado en un lugar cerrado como era la primera planta del aparcamiento de Hipercor, iba a desatar una tormenta de fuego y sustancias hirvientes que haría que la temperatura subiera a cerca de 3.000 grados, derritiendo a todo el que estuviera cerca. Así fue. La onda expansiva rompió el techo de aparcamiento y extendió por los pasillos del centro su ola calcinadora. Quince personas murieron aquel 19 de junio de 1987 quemadas vivas o asfixiadas. Seis más, los días sucesivos. Cuatro menores fueron asesinados. 45 personas resultaron heridas, muchas de ellas con gravísimas lesiones y quemaduras.

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