Convergència ha perdido tres de cada cuatro militantes tras su deriva secesionista

Esquerra capitaliza el declive del partido que fundó Jordi Pujol, que ha pasado en 4 años de 50.000 militantes a tener solo 12.000


barcelona / colpisa

La manifestación de la Diada del 2012, con la que arrancó el proceso secesionista, supuso el principio del ocaso de Convergència. Artur Mas interpretó mal la voluntad popular, se subió a la ola independentista, convocó elecciones pensando que capitalizaría el descontento de la calle, pero se encontró con el primer gran retroceso de su partido. La entonces CiU pasó de 62 escaños a 50. Y Esquerra empezó a coger músculo (dobló resultado) y a sentar las bases para ser la fuerza de referencia del soberanismo, con posibilidades reales, como las que tiene en la actualidad, de ganar los comicios catalanes.

El expresidente de la Generalitat pensó en el 2012 que las personas que salieron de manera masiva a reclamar un referendo y a reivindicar la independencia votarían a CiU y le darían la mayoría absoluta. Se dejó llevar por un cierto mesianismo (toda la oposición se lo reprochó por la foto del cartel electoral en la que aparecía con los brazos abiertos y mirando al horizonte), cometió su primer error de cálculo y a partir de ahí la formación que fundó Jordi Pujol en 1974 inició un declive imparable. Venía de ser el partido casi hegemónico de la política catalana. Entre el 2009, en pleno segundo Gobierno tripartito del PSC, Esquerra e ICV, que era todo menos un ejecutivo cohesionado, y el 2012, Convergència tenía unos 50.000 militantes. Hoy, cuatro años después del inicio del proceso independentista, esa cifra ha caído a 12.000. Tres cuartas partes de las bases del partido han abandonado el barco: unos por la deriva independentista de la formación, y otros por el retroceso económico, por la crisis general de credibilidad que afecta a los partidos tradicionales, por el caso Jordi Pujol, la presunta corrupción del 3 % o porque la militancia ya no se lleva. 

Pérdida de referencias

El caso es que han pasado tantas cosas en los últimos años, que ni el partido es el mismo. Ya no se llama Convergència ahora que se ha refundado en el PDECat, tampoco tiene la misma sede después de venderla para afrontar las deudas, ni forma coalición con Unió, ni tiene el mismo presidente fundador, Jordi Pujol, que tuvo que renunciar al cargo honorífico después de reconocer en el 2015 que había mantenido una fortuna oculta al fisco durante tres décadas. Todo un terremoto en el partido, que perdió así a su gran referente.

En lo que respecta al apoyo electoral, este hundimiento de la antigua Convergència también ha sido significativo. Tras perder 12 escaños en los comicios del 2012, la caída empezó a ser vertiginosa. Esquerra logró el sorpasso en las europeas del 2014. Un año después, Ada Colau arrebató la alcaldía de Barcelona al convergente Xavier Trias. Y en las catalanas del 27S, planteadas como plebiscitarias, Convergència tuvo que pergeñar un pacto con Esquerra para concurrir de forma conjunta bajo la fórmula de Junts pel Sí, que trataba, entre otras cuestiones, de disimular un descenso electoral que aún no ha tocado suelo.

Mas se equivocó al no convocar elecciones tras la consulta del 9N del 2014, tras la que salió reforzado respecto a Oriol Junqueras. Prefirió esperar un año y estirar la legislatura. Después de los comicios del 27S del año pasado, volvió a errar en un par de ocasiones. El primer fallo fue presentar el resultado de Junts pel Sí (62 escaños sobre 135) como un gran triunfo y como una victoria suficiente para desconectar de España. El expresidente de la Generalitat ha empezado a rectificar y ya reconoce que las fuerzas secesionistas necesitan un mayor apoyo electoral para alcanzar la independencia.

El expresidente cedió el control de la gobernabilidad a un partido antisistema

El otro error de Artur Mas que no le perdonan los más moderados de su partido es haber cedido el control de la gobernabilidad a la CUP, un partido anticapitalista y antisistema que está en las antípodas ideológicas de la Convergència burguesa y de orden de toda la vida. Entre los sectores más conservadores del nacionalismo catalán se considera que la formación se ha dedicado en exclusiva al proceso secesionista, y a contentar a Esquerra y a la CUP, y que ha dejado abandonado su espacio tradicional. Algunos de estos sectores, como el que lidera el exconsejero Antoni Fernández Teixidó, preparan ya un partido que pueda aglutinar al centro derecha soberanista, pero no independentista.

Rabell acusa a la CUP de no aguantar la presión por apoyar los presupuestos

El presidente del grupo de Catalunya Sí Que Es Pot, Lluís Rabell, considera que la CUP hará un «voto avergonzado» facilitando la tramitación en la Cámara catalana de los Presupuestos de la Generalitat para el 2017, al no haber «aguantado la presión» de hacerles «responsables de descarrilar el proceso». Rabell aseguró que entre su grupo y la CUP hay un «acuerdo profundo y convencido» en cuanto a las políticas fiscales, como ponen de manifiesto diferentes votaciones en el Parlament en esta materia, a diferencia de un Gobierno que «no ejerce todo su potencial tributario». 

Proyecto continuista

Según Rabell, «la CUP se ha visto atrapada en la dialéctica del proceso y confrontada al miedo. «‘Si no tragáis, peligra el proceso, y seréis responsables ante la opinión pública’, les han dicho. La presión ha sido muy fuerte, y no la han aguantado», El político catalán señaló que su partido presentará una enmienda a la totalidad al proyecto de Presupuestos de la Generalitat, porque son «continuistas», «poco ambiciosos socialmente» y no abordan una reforma fiscal en profundidad. El presidente del grupo parlamentario de la formación afín a Podemos advirtió al ejecutivo catalán y a la CUP de que sin una política tributaria «adecuada» es «imposible» hacer frente a todas las políticas sociales. Rabell insiste en que su partido defiende una reforma fiscal progresiva gravando a las rentas más altas, -que solo afectaría a un 4 % aproximadamente de los catalanes-, lo que permitiría ingresar, según sus cálculos, unos mil millones de euros adicionales que se podrían hacer servir para una renta mínima garantizada, una de las banderas del programa de Catalunya Sí Que Es Pot y que también comparte la CUP.

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