Bloqueo


La situación política es de bloqueo. Al menos, se evitó el inmovilismo con el fallido intento de investidura de Pedro Sánchez. Esa ha sido la única, pero muy importante, virtud de un debate que deja la impresión de que la llave del desbloqueo está en unas nuevas elecciones. Como todo en la vida tiene su envés, los beneficios del mayor pluralismo se pueden ver contrarrestados por un equilibrio de fuerzas que derive en esta parálisis política. Especialmente si hay incentivos perversos que alimentan unas expectativas subjetivas de mejoría respecto de la situación actual. Esto explica que los partidos se hayan instalado en una estrategia ultradefensiva, un catenaccio en el que importa más no cometer errores, en previsión de unas nuevas elecciones, que arriesgar en acuerdos. Buscar una segunda oportunidad en las urnas es posible, pero supondría despreciar el mandato de los españoles, a los que se les traslada el mensaje de que votaron mal el 20D.

Tras las elecciones, los diputados debían elegir entre continuidad, cambio y ruptura. Rajoy tiene derecho a defender su acción de gobierno, pero tiene un problema: para eso no lo apoya nadie. En el otro extremo, Pablo Iglesias, aunque hable de Gobierno de izquierdas, lo que plantea, en el fondo y en la forma, es una ruptura con el sistema. Y eso no lo va a aceptar el PSOE. Queda la opción reformista, que, aunque fracasada ayer, es la única con alguna opción de prosperar en los dos próximos meses. Para ello tendría que moverse Rajoy, tendrían que moverse en Podemos. Pero no parece que vaya a ser así mientras piensen que el 26J quizás puedan conseguir lo que no lograron el 20D. Pero sorpresas da la vida y quizás volver a las urnas no sea la solución que algunos esperan y todo quede más o menos como ahora. ¿Y entonces qué?

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