Una jornada tranquila que dará paso hoy a la dura refriega política

A Rajoy se le veía muy incómodo con su papel de segundón, y la grada de Podemos se lo pasó en grande


Madrid / La Voz

Era su gran día. Y, por momentos, dio la impresión de que la responsabilidad atenazaba a Pedro Sánchez. El suyo fue un discurso algo deslavazado en lo que afecta a la redacción y declamando con cierto grado de nerviosismo. La intervención careció desde luego de la retórica y la grandilocuencia con la que se suelen adornar los candidatos a la investidura cuando se saben seguros ganadores. Consciente de que este es solo el primer paso de una larga carrera de fondo, Sánchez optó por un discurso mucho más pegado a la calle y revestido de una notable humildad. La grandes palabras las guarda el líder socialista para cuando tenga la mayoría suficiente en la mano, si es que llega ese momento.

Pero Sánchez no era el único atenazado por los nervios. El debutante Albert Rivera mostraba en su escaño un gesto permanentemente tenso, atento a cada palabra del candidato para detectar posibles desvíos sobre la ortodoxia del acuerdo firmado y comentando constantemente la jugada con su número dos, Juan Carlos Girauta. En la grada de Podemos, debutantes todos también, casi nadie disimulaba que se lo estaban pasando bien. A Pablo Iglesias, ansioso por estrenarse hoy desde la tribuna, no se le borraba la sonrisa de la cara e incluso se arrancó a aplaudir con sorna a Albert Rivera cuando Sánchez lo colmó de elogios. Algunos de sus compañeros, por cierto, no captaron la ironía y dudaron si sumarse o no a la entusiasta ovación. Íñigo Errejón, a su lado, daba réplica por lo bajini a cada una de las propuestas del líder socialista, como si estuviera todavía en plena tertulia televisiva.

La sesión era un gráfico contraste entre la nueva y la vieja política. El número de diputados entregados al tuiteo con sus móviles se multiplicaba de forma exponencial. Y en la grada de invitados, Duran i Lleida se resistía a salir de una vez de la escena. Pero también es cierto que, derribando todos los prejuicios, sorprendía el asombro de algunos novatos ante el descaro y la mala educación con la que algunos resabiados veteranos rompen el protocolo y lanzan improperios y hasta insultos al orador.

Entre la alta cocina y la paella

Entre las chanzas posteriores a la intervención de Sánchez triunfaba su referencia culinaria a la «alta cocina» a la hora de analizar el problema catalán. Y no eran pocos los que apuntaban que lo que planteaba el candidato socialista al tratar de juntar ingredientes tan dispares como Ciudadanos y Podemos era más bien una paella de chiringuito.

Todo un poema era ver a Mariano Rajoy, presidente en funciones, reducido al papel de actor secundario, recibiendo una catarata de reproches sin poder contestar y deseando pasar el trago cuando antes. Se quejaban algunos diputados populares de la agresividad y el mal estilo de Pedro Sánchez a la hora de atacar de forma despiadada al líder popular. Pero, muy probablemente, lo que ayer se vio en el Congreso se quedará en unos juegos florales respecto a la tormenta política a la que asistiremos hoy. Las refriegas de Sánchez con Rajoy y Pablo Iglesias echarán chispas.

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