Apestado


Rajoy tiene un problema: los hechos van más rápido que sus reacciones. Siempre tardías, siempre insuficientes, siempre superadas por la tozuda realidad. Y aunque se revuelva contra Pedro Sánchez, quien le hace daño no es el dirigente socialista sino los jueces. En plural. Porque son varios los que escudriñan entre las sombras de la financiación del PP. Decía ayer mismo que la corrupción no merma sus opciones para la reelección. Pero más bien parece la expresión de un deseo. Porque solo unas horas más tarde, la Guardia Civil volvía a la sede de su partido. La semana pasada fue la Comunidad Valenciana. Ayer, Madrid. Dos de las comunidades en las que el partido ha sido más poderoso desde hace ya muchos años. Sus propuestas de regeneración quedan inmediatamente sepultadas bajo un alud, el del fango de la corrupción. La reiteración de casos minan su ya escasa credibilidad y respuestas tan improcedentes como el blindaje de Rita Barberá la acaban de hundir. La sucesión de corruptelas han convertido al PP en un apestado del que los demás partidos huyen. Y ese es el verdadero obstáculo para que Rajoy pueda gobernar.

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