Malos tiempos para la (alta) política


La actual crisis catalana tiene una causa inmediata, la deslealtad y actitud desafiante de quien pisotea la ley, y una razón de fondo: la incomunicación en que han vivido los agentes políticos. Ahora se suma otro problema: el período electoral. Un momento inoportuno para resolver problemas profundos, porque todos tienden a afrontarlos con la vista puesta en las urnas, pendientes más de los votos que da o quita cada decisión que de las soluciones reales. Al PP, sabedor de que su cosecha del 20D en Cataluña va a ser escasa, le viene bien polarizar la campaña en el resto de España sobre el tema catalán, porque ahí sí puede ganar y, de paso, le permite ocultar otros asuntos en los que se siente más débil.

Un terreno en el que Ciudadanos se siente fuerte, y que le lleva a sobreactuar buscando agujerear el terreno en el que se mueven los socialistas, su otro adversario junto a los populares. Los cinco puntos del pacto propuesto por Albert Rivera son tan rígidos que apenas dejan espacio para la discusión y la negociación. Así que tienen toda la pinta de obedecer más a una estrategia electoral que a un intento de avanzar en una vía de solución al problema.

Y Pablo Iglesias sigue a piñón fijo. En su día elaboró un discurso que le ha sido muy útil para llegar a donde está y ahora intenta que la realidad no se lo estropee, aunque para ello tenga que obviar los hechos. Y los hechos son que hay un desafío a la democracia. Su capacidad para asentar nuevas metáforas con las que establecer marcos alternativos de la realidad está demostrada. Eso es efectivo en términos de discurso, pero no resuelve los problemas reales. Su intervención quizás habría servido hace un año, pero ayer sonó a filosofía barata. El timing al que tanto aludió ya es otro. Ya no se habla de referendo sino de saltarse la ley por las bravas. Sobre la respuesta a este desafío no dijo ni una palabra. No sirve mirar para otro lado, los problemas hay que encararlos, Su actitud es más inmovilista que la de aquellos a quienes tacha de inmovilistas.

Lo dicho: malos tiempos para la alta política, aquella en la que los intereses generales se sobreponen a los particulares de cada partido.

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