Los catalanes vuelven a decidir... y ya son 25 veces


Los catalanes acuden hoy a las urnas para decidir una vez más su futuro. Será la vigesimoquinta vez en 40 años. Lo han hecho ya en diez ocasiones para decidir con el conjunto de los españoles el futuro de España. Once veces han votado para resolver cuestiones que les afectan solo a ellos. Y otras tres han dado el visto bueno, en referendo, al conjunto de reglas del juego que regulan nuestra convivencia y aquello que se puede hacer y cómo se puede hacer. Así que hoy no van a hacer nada especial, van a hacer lo que vienen haciendo con absoluta naturalidad desde hace 40 años. Hoy les toca elegir a sus representantes para los próximos cuatro años. Y si tal elección tiene una trascendencia especial no es por el hecho en sí, sino por el uso que algunos pretenden hacer de ese voto.

Por mucho que los teóricos analicen las campañas como un espacio de debate del que resulta un voto informado y reflexivo, la realidad es que votamos con el corazón. Votamos a los nuestros, aunque a menudo nos fallen, y en contra de los otros, a los que nos les damos ni agua. Votamos con el cabreo, pero también con la necesidad de creer en que las cosas nos van a ir mejor. Por eso, las campañas han ido degenerando en un mercadillo persa en el que se miente más que se habla y parece que nadie se preocupa en comprobar si lo que promete es factible. Un vulgar juego de seducción en el que se busca el voto a cualquier precio, sin importar lo que pase después. Lo probó González en el 82, se ha ido perfeccionando hasta el programa-trampa de Rajoy en el 2011 y los soberanistas lo han convertido en obra de arte. Han invocado el sentimiento identitario como si fuera único o aplastantemente mayoritario en Cataluña, lo que está muy lejos de ser real, y como si con eso bastara para solucionar todos los problemas, de los que, además, culpan a terceros. Prometen algo, la independencia, que saben inviable y que venden como una Arcadia feliz que no existe más que en su imaginación. Quizás les sirva para ganar, pero al precio de generar una ola de frustración que puede anegar la política española durante años. Porque la realidad no se cambia por decreto.

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