Lo que llega tarde, siempre llega mal, aunque sea la verdad


Lo decía Josep Borrell en la entrevista que publicó el domingo La Voz: no hay debate racional, solo una guerra dialéctica en la que los hechos se desprecian. Los independentistas han huido de ellos porque los datos son tozudos y les desmontan, como también decía el exministro, el cuento de hadas con el que quieren ganar las elecciones del domingo. Y quienes están en contra de la secesión, simplemente han evitado el debate. Unos porque no se han tomado en serio la amenaza, otros porque han preferido no significarse para no perjudicar sus intereses, y otros, como el Gobierno, porque han rehuido la política y se han atrincherado en el mantra de la ley.

Este silencio ha favorecido a los secesionistas, que han visto el terreno abonado para propagar durante estos últimos años su idílica visión de una Cataluña independiente sin que prácticamente nadie la pusiera en cuestión. Y lo que al principio era muy fácil de desarmar ahora cuesta muchísimo más. Porque una vez que un determinado relato se instala en el inconsciente colectivo de una comunidad adquiera la fuerza de un mito. Y ya se sabe que para desmontar los mitos hay que apelar a las emociones, no a las razones, por poderosas que sean. Las cifras de los secesionistas sobre la economía de una Cataluña independiente son un cuento chino que ni ellos mismos se creen. Por eso rehúyen el debate racional y lo llevan al terreno que les conviene. Así, les resulta fácil travestir nuevamente la realidad para hacerla pasar como un ataque a Cataluña. Lo de siempre. Lo malo es que les sigue funcionando. Porque lo que llega tarde, siempre llega mal, aunque sea la verdad.

Y no solo eso. La cascada de advertencias sobre las consecuencias de la independencia están convirtiendo de hecho unas elecciones autonómicas en lo que los secesionistas desean: un plebiscito.

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