El serial político va del drama al infantilismo

Ni el mejor equipo de guionistas escribiría un capitulo semanal de tanta intensidad como el que deparan las noticias en España


Ni el mejor equipo de guionistas escribiría un capitulo semanal de tanta intensidad como el que deparan las noticias en España. «La gente vuelve a hablar de política en las casas y bares», se comenta con asombro. ¿Y qué hay mas interesante que la política desde hace un año si abdica el rey, dimiten altos dirigentes como Rubalcaba, se autoinculpa por delito fiscal un personaje histórico como Jordi Pujol, se descubren escándalos como el de las tarjetas negras de Caja Madrid y se detiene por unas horas al todopoderoso numero dos del Gobierno de Aznar, Rodrigo Rato, un hombre que pudo presidir España y que fue gerente del Fondo Monetario Internacional? Y si, como en las mejores series, no faltan personajes en desgracia ganada a pulso como Bárcenas o Granados. Aparecen actores nuevos como Pedro Sánchez, Pablo Iglesias y Albert Rivera y situaciones de tensión como el referendo por la independencia de Cataluña. Con gente inteligente, como el rey Felipe VI y algunos otros, y «tontos con papeles» en puestos directivos. Pongan ustedes mismos los nombres en esta última categoría. La lista es amplia.

Esta semana el guion se superaba. Rodrigo Rato era detenido por la policía fiscal y acabó tapando lo demás pero un par de días antes nos había llegado la crónica de la pataleta infantil de Izquierda Unida y algunos nacionalistas en el Parlamento Europeo negándose a saludar al rey de España en visita oficial. ¿Qué tendrá que ver la legitima reivindicación republicana con la educación mínima de saludar al jefe del Estado? El editorial de El País fue rotundo: «El boicoteo al rey de España certifica el infantilismo como enfermedad política de IU». De nuevo pudo apreciarse el instinto mediático de Pablo Iglesias, que asistió sonriente al saludo con el Monarca y rompió el protocolo para regalarle la serie televisiva Juego de tronos y la torpeza de los eurodiputados de IU, formación que pretende absorber Podemos pero que quizás no llegue a tiempo porque puede autodestruirse antes. Hace unos días también se negó a pedir la libertad de los presos políticos venezolanos, algo incomprensible para los militantes herederos del Partido Comunista que luchó por las libertades y apoyó con sacrificios, como todos, la Constitución democrática que incluía el reconocimiento de la Monarquía.

Por si fuera poco, la versión catalana de IU ha jugado un papel penoso en el proceso independentista catalán a modo de monaguillo de Esquerra Republicana y ahora abdica de sus siglas en las elecciones municipales en Barcelona y coloca a sus candidatos detrás de Ada Colau. Un influyente directivo bancario catalán resumía su desconcierto así: «Siempre respetamos la sensatez combativa del PSUC y no podemos comprender como sus herederos de IC renuncian a presentarse en la capital del Mediterráneo. Si Antoni Gutiérrez levantara la cabeza...»

Por suerte para ellos detuvieron unas horas a Rodrigo Rato. Se libró de la prisión pero su arresto fue retransmitido casi en directo. Y no se evitó la imagen humillante de su entrada en un coche policial mientras un agente le empujaba la cabeza. Confieso que me impactó aquello y recordé la seguridad aplastante que transmitía Rato en su despacho del FMI, cuando me concedió una entrevista para un documental valorando sus posibilidades de volver a la política española al único puesto que rechazó y después procuró sin éxito: la presidencia del Gobierno. Aznar le planteó ser su sucesor, Rato creyó que no era el momento y cuando estaba decidido, se lo propusieron a Rajoy. A su vuelta de Washington, de donde dimitió aun no sabemos por qué, trató de entrar en bancos y empresas regentadas por amigos que él mismo había colocado allí, pero no lo admitieron. Quedaba una plaza libre aunque arriesgada: la presidencia de Caja Madrid ya encaminada a desembocar en Bankia. Las cuentas estaban maltrechas después de una gestión borrascosa y se avino a maquillarlas, según se le acusa. Total: un drama para él, para los empleados, para los preferentistas, para las arcas públicas y para el PP. Un drama en la política española con dirigentes izquierdistas de por medio comportándose como niños. Es lo que hay.

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