Pujol alude a una carta de su padre que justificaría su fortuna, pero no la aporta

Argumenta ante el juez que la herencia la constituía un dinero ilícito


Barcelona / Colpisa

Más de dos horas de explicaciones, de justificaciones y hasta de excusas. Pero Jordi Pujol no aportó ni un solo papel ni un documento ni una prueba de que la fortuna que su familia ocultó más de treinta años en Andorra provenga, como asegura, de la herencia no declarada de su padre, Florenci Pujol, y no de actuaciones ilegales, como sería el cobro de comisiones por adjudicaciones amañadas de la Generalitat.

Bastante más sereno que en su intervención ante el Parlamento catalán, el expresidente no se acogió a su derecho a no declarar y respondió todas las preguntas de la jueza Beatriz Balfagón, de la Fiscalía, de su defensa, aunque no de la acusación de Manos Limpias. En catalán al inicio, y luego en castellano (cuando la traducción simultánea pareció agobiarle), el expresidente insistió hasta la saciedad en que la fortuna del Principado que le ha costado a él, a su mujer y a tres de sus hijos la imputación por fraude fiscal y blanqueo no es fruto de comisiones ilegales. «El dinero no proviene de la corrupción ni del erario público», afirmó tajante. Es más, dijo poder probar que todo es fruto del «legado» de su padre porque este dejó un documento manuscrito en el que disponía que su dinero debía pasar a su nuera y a sus nietos. Pero no presentó ese supuesto papel, que presuntamente custodia la matriarca Marta Ferrusola, y que le ha sido requerido una y mil veces por la jueza y Anticorrupción.

La versión de Pujol fue que su padre, antes de morir en 1980, contaba con una fortuna que llegó a los 140 millones de pesetas (unos 840.000 euros). Un dinero, según admitió el propio exfundador de Convergència, de origen «ilegal» ya que provenía de las operaciones cambiarias de divisas ilícitas de su progenitor durante la dictadura. Su padre no quería que ese dinero, que no podía declararse, enturbiara el futuro político de su hijo y fue por eso, sostuvo el expresidente, por lo que dispuso que fuera para sus hijos y para Marta Ferrusola sin pasar previamente por el fisco.

Jordi Pujol afirmó que él simplemente se limitó a cumplir el deseo de su padre -«nunca quise saber nada de ese dinero», llegó a decir a preguntas de la jueza- y que dejó que un amigo íntimo, Delfín Mateu, se ocupara de la gestión de la fortuna en Andorra. Y fueron los buenos oficios de Mateu y de los gestores de los bancos del Principado en la «inversión en productos financieros» los que hicieron que los 140 millones de pesetas se convirtieran al paso de una década en cerca de unos 500 millones de pesetas. «¿Y por qué no regularizó esa fortuna antes?», fue la pregunta de la jueza. «Tenía miedo», fue la respuesta de Pujol.

La magistrada Balfagón y la Fiscalía también le pidieron que aportara los extractos bancarios de esos movimientos para demostrar que solo el éxito en las inversiones financieras de la herencia de Florenci Pujol explican la fortuna opaca del clan en el Andorra. Según la Agencia Tributaria, la familia Pujol ocultó a Hacienda 12,4 millones de euros en patrimonio y otros 4,14 millones en renta solo entre el 2010 y el 2013. La respuesta fue: «No se me ha ocurrido» aportar esos papeles.

Jordi Pujol, según fuentes presentes en el interrogatorio, descargó en varias ocasiones la responsabilidad del dinero en Andorra en su mujer, puesto que, de acuerdo con su versión, Marta Ferrusola sí que fue heredera de ese legado no declarado y, durante la minoría de edad de sus hijos, lo administró con ayuda de los asesores. Pero Ferrusola, a diferencia de su marido, prefirió guardar silencio. La mujer, que tiene todas las claves de cuánto dinero tenía el clan fuera de España y por dónde pasó esa fortuna hasta que fue supuestamente regularizada el pasado verano, prefirió atenerse a su derecho a no declarar.

Los tres hijos del expresidente imputados se presentan como víctimas

Marta, Mireia y Pere, los tres hijos del matrimonio Pujol-Ferrusola imputados por la fortuna opaca de Andorra, exhibieron una estrategia procesal en su declaración cuanto menos curiosa: presentarse como víctimas del legado en negro de su abuelo Florenci, casi como herederos a la fuerza de un patrimonio multimillonario. Los tres, que no se acogieron a su derecho a guardar silencio, ofrecieron una versión muy parecida. Solo en 1992, cuando ni siquiera todos los hermanos habían cumplido la mayoría de edad, supieron por su madre que básicamente eran millonarios, pero que su fortuna estaba en Andorra y que no era del todo legal. Según el testimonio de los tres, para entonces, doce años después de la muerte del abuelo y gracias a las buenas inversiones de los gestores de la herencia opaca, cada uno de los siete hermanos contaba con unos 62 millones de pesetas «expectantes», es decir si se vendían con éxito los productos financieros. Ante esta coyuntura, alegaron ante la jueza Balfagón los tres hermanos imputados, simplemente la aceptaron y fueron haciendo uso de ese dinero durante años, sin hacer nuevos ingresos adicionales, aunque quien llevaba la voz cantante en las inversiones era Jordi Pujol Ferrusola, el primogénito que no está imputado en este procedimiento

Confesaron que solo se decidieron a regularizar la fortuna cuando en primavera del año pasado comenzaron a publicarse las primeras informaciones sobre el dinero que la familia estaba moviendo al otro lado de la frontera. Ninguno de ellos presentó un solo documento de los bancos.

 

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