Bajo el síndrome Ana Mato


Hay dimisiones dignas y las hay que son fruto de la deshonra. A menudo, la frontera es solo la oportunidad. La de Ana Mato, además de forzada, ha sido tan tardía que ha perdido cualquier valor. Algo parecido le sucede a Rajoy. Llegó al debate a rastras y con una batería de medidas contra la corrupción que en la mayoría de los casos suenan a viejas, porque ya las ha presentado en más de una ocasión. No es que no sean aceptables, no. Aunque en general sean aún insuficientes, muchas de las propuestas son correctas y, en conjunto, un interesante paso adelante. El problema es otro. El problema es la falta de credibilidad del discurso. Porque llega muy tarde. Porque siempre se ha resistido a tomar decisiones firmes, y cuando lo ha hecho ha sido siempre a destiempo y forzado por las circunstancias. Y porque propone diálogo cuando se encuentra con el agua al cuello. Difícilmente va a encontrar ahora quien le eche una mano, aunque convendría que así fuera. Tiene razón en su advertencia contra el populismo, pero debería empezar por asumir su responsabilidad en ese auge. Quizás sea cierto, como dice, que los corruptos son una minoría, pero el caldo de cultivo en el que han florecido, incluida la tolerancia cómplice, estaba muy extendido. Prueba de que aún no ha asumido esto es la defensa que ayer hizo de Ana Mato. Pero aún tiene otro problema Rajoy: ya ocupaba cargos públicos cuando sus principales contrincantes todavía estaban en el cole. Y tal como están las cosas hoy, tener un pasado es tener un grave problema.

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