El salto de la prensa rosa a la de tribunales

La vida de la cantante, poseedora de 40 discos de platino, cambió tras su relación con el exalcalde de Marbella, Julián Muñoz


redacción / la voz

Desde los siete años lleva Isabel Pantoja (2 de agosto de 1956, Sevilla) subida a los escenarios. Hija de artistas (cantaor y bailaora) y con una voz indiscutible, triunfó ya antes de cumplir los 25 años, en Sevilla y Madrid, en teatros y en televisión (Estudio abierto). También antes de los 25 se enamoró de Francisco Rivera, el torero más famoso del momento, con quien tras un romance de película contrajo matrimonio en la primavera de 1983. Esa fue la noticia del año para muchos españoles, no que se realizaran los primeros trasplantes de hígado y páncreas, que el Gobierno de Felipe González nacionalizara la empresa Rumasa ni que se aprobaran varios estatutos de autonomía. Eran dos admirados personajes del corazón y poco importó entonces que él hubiese estado casado con Carmina Ordóñez. Había triunfado el amor y los españoles se pegaron al televisor para oír el sí quiero.

Esa felicidad continuó con el nacimiento de Francisco José Rivera, Paquirrín, al año siguiente. Y se truncó en septiembre con la muerte del diestro de una cornada en Pozoblanco (Córdoba). Las imágenes de cómo Avispado, el toro, lo sentenció dieron la vuelta al mundo. Y, sin saberlo, el astado también escribió alguna hoja del libro de la vida de Isabel Pantoja.

Los españoles volcaron hacia ella el cariño que le brindaban a los dos. Fue la viuda de España. Cautivó a todo el mundo, a unos por admiración y a otros por compasión. Tras catorce meses de duelo, en noviembre de 1985 reapareció con el tema Marinero de luces en un recital benéfico presidido por los reyes Juan Carlos y Sofía, y volvió a llenar espectáculos con su arte y su bata de cola.

Una nube de paparazis vivían pendiente de ella y era tal el interés por publicar cosas suyas que las revistas del corazón se peleaban por sus imágenes. Vendió una exclusiva por 25 millones de pesetas (150.000 euros), que ya es parte de la historia de las mejor pagadas. Se cotizaba alto también en sus actuaciones, unos doce millones (72.000 euros) frente a los ocho (48.000 euros) de Rocío Jurado.

Llega el cine

Incluso se atrevió con una película: Yo soy esa (1990), y con otra: El día que nací yo. No hubo una tercera. Los espectadores le castigaron esas dosis de egocentrismo. Acababa de comenzar su década amarga. Su vida personal comenzó a dar tumbos. Hubo un romance no confirmado con José Coronado y otro con Diego Gómez (empleado de un casino), este anunciado cuando estaba a punto de acabar. Pero fue el tercero, con Julián Muñoz, un excamarero que llegó a alcalde de la golosa Marbella, el que provocó en el 2003 una incómoda nube de paparazis a su alrededor, su propio viacrucis y el cambio de escenario y vestuario: las tablas por el juzgado y la bata de cola por las gafas negras que impiden leer la mirada.

Para los jueces, la viuda de España se aprovechó de los billetes que florecían en la Costa del Sol para, entre otras cosas, aguantar su restaurante en Fuengirola. Según ella, con su trabajo no solo mantenía a sus hijos sino que ayudaba al propio Muñoz. Pero la veda contra la voz de la copla estaba abierta desde hacía tiempo. Hasta se había puesto en duda en su momento el trámite de la adopción de su hija Chabelita, y las trifulcas por la herencia de Paquirri con los dos hijos que este había tenido con Carmina Ordóñez tampoco le ayudaron nada.

El espectáculo estaba servido con el salto de la prensa del corazón a la de los tribunales. Los ingredientes se mezclan: fama, pasión, poder y dinero. Todo el trabajo escénico de años (40 discos de platino por haber vendido más de cuatro millones de álbumes en 17 años) se ve dilapidado. Julián Muñoz, en la cárcel; el bolsillo, desgarrado; y sus hijos, ahora Kiko y Chabelita, no paran de dar disgustos a la princesita, como la llamaba su padre. Y ella, ya abuela, en prisión. Es lo que algunos han querido ver como la maldición de Lola Flores, que le habría echado a la jovencita nacida en Triana cuando le arrebató a Paquirri el corazón que la Lola de España quería para su hija Lolita. Nos queda la copla.

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