barcelona / la voz

«Votamos por el honor y el respeto de mis abuelos, de mis padres y de todos aquellos que han mantenido viva la idea de una Cataluña independiente». Así de solemne se expresaba ayer Tomeu, un barcelonés de 40 años que, paradójicamente, salía a media mañana del Palau Robert sin haber podido depositar su voto. «Me han dicho que tengo que votar en otro local». Probablemente, su sufragio no se contabilizó en el millón largo que ya se había expresado en las urnas poco después de la una del mediodía y que supuso el grueso de las papeletas depositadas ayer en los centros catalanes habilitados en lo que se ha dado en llamar «el proceso consultivo».

Lo cierto es que las ganas de expresar ese voto ya se palpaban de buena mañana cuando, media hora antes de la apertura de los locales, se formaban colas en muchos de ellos. Decenas de miles de catalanes optaron por votar en el primer momento, recelosos frente a las veladas amenazas de retirada de las urnas: «No solemos ir a votar tan temprano, pero hoy es una ocasión especial», comentaba una señora que salía a primera hora de un colegio en Nou Barris acompañada de su marido y su hijo: «Nos hemos hecho una foto y todo», añadía. De hecho, en todos los colegios podían verse votantes tomando imágenes para inmortalizar un momento histórico con el que pocos contaban hace unos años. Por muy descafeinada que haya sido esta consulta, la Cataluña independentista disfrutó ayer respondiendo que sí, que sí.

«Los de España se enfadarán»

«¿Y los de España qué dirán?», le preguntaba un niño de no más de cuatro años a su abuela mientras salían de un colegio. «Pues los de España se enfadarán, porque vamos a ganar», le contestaba la señora. Durante toda la jornada resultaba relativamente fácil hablar con los votantes que confirmaban sin ambages su posición favorable a la independencia y a la secesión de España. La inmensa mayoría entendía que el resultado iba a tener nulas consecuencias jurídicas: «No es por el resultado, esto es una manifestación de fuerza», confirmaba una voluntaria en un colegio de la Barceloneta. Hasta allí se tuvo que desplazar este cronista para encontrar a un elector que manifestara abiertamente su posición contraria a la independencia, un votante optimista, ya que apostaba porque iba a ganar el no: «De todos modos, salga lo que salga, el Gobierno hará lo que quiera. Yo pienso que en vez de preocuparse tanto por esto tenían que ayudar a la gente que no tiene trabajo, que hay mucha hambre y mucha miseria», decía Emilio, de 28 años. A su lado, un hombre mayor asentía: «A mi nieto le han ofrecido trabajo a cinco euros la hora. ¿Usted cree que hay derecho?».

A esas horas, sobre la una de la tarde, la lluvia obligaba a los votantes a refugiarse en los colegios y disolver los corrillos que se habían formado en el entorno donde, entre otras cosas, los voluntarios ofrecían la posibilidad de firmar contra el Gobierno español por las trabas puestas a la consulta.

Una parte muy importante de la ciudadanía contraria al desafío soberanista pasó de largo e hizo el vacío al proceso consultivo. Sobre todo los de mayor edad. Sin embargo, la reiterada prohibición por parte del Gobierno y el Constitucional provocó un efecto rebote llevando a votantes partidarios de mantener a Cataluña dentro de España a expresar esta posición en las urnas. Fomentar el no voto es muy difícil. Pese a todo, la mayor parte del no se expresó en silencio y casi todo el sí, con algarabía.

Ya por la tarde, la afluencia de votantes descendió sustancialmente. La alegría de la mañana se fue disolviendo. El ambiente festivo en el que se mezclaban entusiastas electores de todas las edades, muchas veces formando familias enteras, algunos con banderas o camisetas cuatribarradas, desapareció con la luz del día. Más allá del resultado y de la participación, Cataluña había vivido un día histórico en el que cientos de miles expresaron en una urna por vez primera -quién sabe si única-, su deseo de que Cataluña sea independiente. Nunca lo olvidarán.

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Algarabías y silencios en la jornada del 9-N