barcelona / la voz

«No me considero conservador y soy catalán; quiero que se conserve la cultura catalana, pero no estoy a favor de la independencia. Sin embargo, iré a votar porque creo que hay que hacerlo». Así se expresaba ayer, horas antes de que abrieran los colegios electorales en Cataluña, David Torreblanca, un vecino de Cornellá de 31 años, hijo de andaluces y fotógrafo de profesión. Su postura no será mayoritaria. En Cornellá, una localidad de la periferia barcelonesa que el dúo Estopa ha hecho famosa en toda España, no resulta sencillo encontrar partidarios de la independencia.

El índice de participación será muy bajo aquí: «Yo no pienso ir a votar porque estoy en contra de todo esto», afirma Demetrio Moscoso, nacido hace 78 años en Alfoz y residente desde hace 50 en Cataluña. Dice estar harto de todo el proceso y acaba por venirse arriba en su discurso: «Yo he nacido en España y no quiero que me toquen ni la cabeza de un alfiler. Y si pudiera irme de Cataluña, lo haría». Probablemente no habla completamente en serio, pero en este bastión del no, los mayores dicen que no irán a votar, mientras que algunos de los más jóvenes quieren dejar constancia en urna de su punto de vista.

Si es difícil encontrar independentistas en Cornellá, dar con partidarios del no en el barrio de Gracia es casi imposible. En el corazón nacionalista de Barcelona, las banderas esteladas copan el barrio junto con carteles pidiendo el doble sí para la votación de hoy: «Yo voy a ir a votar sabiendo que esto no tiene consecuencias jurídicas; solo por dignidad», expresa Marta García, una vecina de 60 años. El concepto de dignidad es el protagonista de esta pequeña encuesta callejera, la palabra fetiche que aparece más pronto o más temprano para justificar la participación en una consulta de la que ni siquiera había ayer constancia de que pudiera llevarse a cabo con normalidad. «Lamento que sea tan difícil ejercer el derecho democrático de la participación», explica Joan Carles, un joven diseñador gráfico de 31 años, muy crítico con los políticos catalanes y, por supuesto, con los españoles: «Lo único que me anima es que este proceso está empujado por la sociedad civil. Si los políticos no nos acompañan, nosotros les obligaremos», afirma.

Perfectamente bilingües

Tanto en Cornellá como en Gracia, queda de manifiesto que la jornada de hoy, por mucha intensidad que le haya rebajado el Tribunal Constitucional y el Gobierno, es algo más que una costillada. La Generalitat, pese a ceder el protagonismo de la consulta a los voluntarios, ha echado el resto para conseguir la más alta participación posible. El jueves, en las principales bocas de metro de Barcelona, los voluntarios repartían una publicación de ocho páginas perfectamente bilingüe, animando a la participación; el último esfuerzo de una campaña que ha incluido el buzoneo en toda Cataluña de las condiciones para poder votar y que ha provocado la denuncia contra la Generalitat por el uso fraudulento de los datos del censo.

En realidad, el nivel de participación será la clave para determinar el éxito o el fracaso de lo que los informativos catalanes llaman «el proceso consultivo». Las fuerzas contrarias a la independencia lo saben y presionan a sus bases para que no acudan a votar, aunque pedir el no voto es siempre una cuestión complicada y que ha alimentado en toda Cataluña el proceso soberanista: «Esto es como lo que pasa con los niños: nos han dicho tantas veces que no, que ahora va a tener que ser que sí», explicaba con pasión una vecina de Gracia. Lo que nadie espera para hoy, ni en Cornellá, ni en Gracia, ni en ninguna parte, son incidentes. La discrepancia, de momento, se vive en Cataluña con el sentido común que caracteriza a este pueblo.

Presión en la calle

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Cataluña vive hoy algo más que una costillada